Revista LUGARES Nro. 38
Pág. 100 - 105
Por: Soledad Gil
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
PARQUE NACIONAL EL REY
Federico Norte nos pasó a buscar a las ocho. Llegó acompañado de Martina y Claudia, dos alemanas que estaban en Salta por el fin de semana y esperaban un día tranquilo, sin grandes sobresaltos.
Encaramos los primeros 110 Km. por la ruta nacional 34 hasta el cruce con la provincial 5. Hicimos unos 45 Km. y empalmamos con la 20. A 48 Km. está la entrada al Parque y desde entonces hay que permanecer atento: corzuelas, antas (o tapires), y pecaríes (o chanchos salvajes), son especies bastante comunes en el camino. No podemos quejarnos: las vimos todas, señalándonoslas como veletas de una ventanilla a la otra.
El punto de referencia en el Parque es la Intendencia, en donde es obligado hacer un alto para registrarse y recibir los folletos explicativos. Muy cerca de allí está el camping y el simpático hotel que permanece cerrado hasta encontrar un destino más feliz, en vías de concesión. Mientras tanto, quienes quieran hacer noche en los alrededores y no seari afectos a la carpa, deberán acercarse hasta el hotel Las Lajitas, a 85 Km. No es mala idea si el plan es explorar las 44.162 hectáreas del Parque en profundidad, conociendo tanto la selva de Yungas como el Chaco serrano, con la transición entre ellos incluida.
El Parque cumplió en junio sus 50 años. Cuentan que el craso error de sus últimos propietarios fue exhibir en la Rural de Palermo, un cedro de 24 metros cúbicos que habían cortado y transportado hasta Buenos Aires en tres camiones canadienses. El estanciero por el árbol muere. La envergadura del cedro levantó tal polvareda, que fue el último ejemplar talado: el 24 de junio de 1948 Perón expropió la estancia a sus dueños, que la habían adquirido hacía poco tiempo a la familia Patrón Costas.
Desde la Intendencia, son varios los circuitos posibles, divididos básicamente en tres sectores: el del río Popayán, el Pozo Verde y la Cascada Los Lobitos. En el río, donde está absolutamente prohibido pescar, se divisan perfecto los cardúmenes de sábalos, bogas, bagres y dorados. Para observar aves, la clave está en la Laguna Los Patitos a poco más de 1,5 Km. de la Intendencia, donde se reúnen macás, gallaretas, patos, martín pescadores, jacanas y garzas.
Otra alternativa es seguir, como hicimos nosotros después de almorzar y acompañados por Rafael Terán -el guardaparques-y su perro Bonzo, el sendero del anta que baja hacia el río. Nos sorprendió el verde, el calor y la cantidad de agua, aún en invierno. Nada hubiera indicado que estábamos en esa época del año, de no ser porque en un momento hubo que arremangarse pantalones y cruzar el río.
Desde afuera parecía muy fácil. Pero hacer equilibrio sobre un par de pies congelados no es tan sencillo, sobre todo si se trata de intentar mantener la ropa seca. Claudia decidió que la elasticidad de los jeans nunca sería suficiente como para no mojarse y se lanzó vestida y en patas. Su hermana, por el contrario, optó por sumergir la vergüenza en el agua helada: se quitó los pantalones y cruzó en paños menores. Federico Norte y el guardaparques, obviamente más preparados, hicieron gala de sus botas y zapatillas de repuesto. Nuestro Federico hizo lo posible por cruzar con sus kilos de equipo fotográfico sin ahogarse y yo atravesé a los insultos, pero con éxito, el gélido curso de agua que se me antojó más ancho que el Mar Rojo.
Quizás ustedes se pregunten por qué si hacía calor y había que cruzar varios ríos no optamos por un par de bermudas. La respuesta en alemán se dice "Zecken" que no son otras que las consabidas garrapatas y sus parientes menores, los diminutos polvorines. No transmiten enfermedades, fue lo primero que les aclararon a las chicas, mientras entre todos nos buscábamos manchitas ajenas sobre la ropa, como si fuéramos monos. En esta materia, sí acertó Fede Quintana, que, vestido de remera blanca veía a los intrusos de inmediato. Lo más apropiado es un mameluco, aunque la situación no es tan grave -excepto en enero y febreroy un pantalón largo, una camisa clara y un poco de repelente son suficientes.
Cuando conseguimos volver a vestimos, después de retorcer inútilmente los pantalones, regresamos a la camioneta, empapados pero contentos. En tierra, aire y agua, la fauna se nos había ofrecido en abundancia. Pero todavía había más. Desde la Intendencia, y a sólo cuatro kilómetros está la Cascada del Lobito, un pozo de agua sumamente tentador, en el que nos hubiéramos zambullido con gusto, de no ser porque no contábamos con traje de baño, y empezaba a oscurecer.
Tomamos un sendero y emprendimos el regreso entre nogales, cedros, robles, helechos y los primeros grandes árboles de la selva, pero sin incursionar en el camino del Pozo Verde, que implicaba nueve kilómetros cuesta arriba. El Rey recién comenzaba, pero para vida salvaje habíamos tenido un buen pantallazo. Nos derrumbamos sobre los asientos, justo cuando el cielo explotaba de rosas y celestes, y cedimos al sueño mucho antes de llegar a la civilización, mientras la luna asomaba sobre el Parque en su vigilia.