|
Revista LUGARES Nro. 90
Pág. 62 - 69
Por: Cristina Viturro
REVISTA LUGARES
PIGUE
"El aire que se respira aquí es muy puro. Es
Aubrac en el mes de julio. La colonia es una vasta planicie con praderas naturales donde se levantan acá y allá, montículos. La tierra es negra, parecida al abono y muy fértil". Así, diez días después de llegar desde su Aveyron natal, describía Francisco Gay
sus primeras impresiones del lugar donde hoy está Pigüé. Corría el año 1884 y junto con 162 de sus paisanos, Gay había llegado a la región como colono, siguiendo la iniciativa de dos compatriotas,
Clemente Cabanettes y Francisco Issaly, y un criollo de sangre irlandesa, Eduardo Casey. Entre los recién llegados había una maestra, Julia Bras, y un sacerdote, que dio la primera misa el día de Navidad.
En enero cosecharon trigo por primera vez y ya nunca más se fueron. Sus descendientes siguen en este sitio -cuyo nombre significa, en el lenguaje de los indios, "lugar de encuentro"-, donde tuvo lugar la Primera Conscripción de la República Argentina y que cuenta entre sus hijos ilustres a Numa Ayrinhac, pintor y escultor franco argentino que se hizo famoso por sus retratos, ya canónicos, de Eva y Juan Domingo Perón.
A 580 km de Buenos Aires y 130 de Bahía Blanca, Pigüé se encuentra en las inmediaciones de la Sierra de Cura Malal y la de Bravard, ambas parte del macizo de La Ventana. Los paisajes serranos enmarcan y atraviesan campos donde se cultiva trigo y se criaron en otro tiempo ovejas, y más tarde, vacas Aberdeen Angus. Las estancias, cuya labor agrícola-ganadera nunca se detuvo, abren sus tranqueras a quienes llegan en busca de los calmos paisajes rurales y un silencio que emociona, sólo interrumpido por el canto de los pájaros. En esos escenarios, que se dejan explorar caminando o a caballo, tradiciones e historia completan la experiencia del viajero, en un marco hogareño y de inalterable cordialidad, según acostumbran a prodigar los dueños de casa.
La Nancy
Casi a la entrada de Goyena -un pueblo de 300 habitantes a 25 km de Pigüé- está La Nancy, estancia de los hermanos Martí. Olga, la anfitriona, relata hechos del lugar, donde ella y sus hermanos nacieron
y celebraron sus respectivos casamientos. El campo, de 600 hectáreas, perteneció originalmente a sus abuelos, y en 1927, sus padres Domingo Martí y Sebastiana Acuña, instalaron en el lugar una cabaña donde criaban ovejas de raza Lincoln; muy cerca de la casa se conserva todavía la rara construcción que servía de bañadero a los animales.
En la actualidad, hay producción de trigo y se engorda ganado Aberdeen Angus; participar de las diversas tareas rurales es uno de los principales
atractivos que La Nancy ofrece y del que los chicos suelen disfrutar más. Con las sierras asomando en el horizonte, el lugar se presta para hacer largos paseos a caballo o en sulky. Olga resulta una anfitriona de privilegio, es servicial, divertida y también, el
factótum de La Nancy. Ella misma se encarga de darle sabor a una cocina casera deliciosa (su guiso carrero es imperdible), del confort de los huéspedes y de organizar paseos como el de la cabalgata por
las sierras de Las Vertientes, un campo en Sierra de la Ventana a 70 km de distancia, que perteneció originalmente a la familia Bemberg. Buena conocedora de la zona, Olga propone visitas a sitios de interés de los alrededores: el monasterio de las clarisas en
Puán, un cementerio judío abandonado que queda de camino a esa misma ciudad, o la Ermita de Luján en la Sierra, en Saavedra.
Para quienes se resisten a salir de la estancia, en La Nancy se puede jugar al volley y a las bochas y, cuando el tiempo lo permite, se habilita la pileta en el tanque australiano.
La casa es sencilla y amplia, tiene una habitación con baño privado y varias dobles con baños compartidos. No ha perdido su característica de vivienda rural y es por eso que, tal vez, acuse el rigor climático en los días invernales. Sin embargo, el casco de La Nancy está preparado para albergar con comodidad a grupos numerosos de jóvenes o chicos, ya que desde 1994 se realizan allí cursos de inmersión al idioma
inglés.
La Lucía
Entrar al campo de la familia Champredonde es una forma privilegiada de conocer de cerca la historia de una de las familias fundadoras de Pigüé. Agustín Alejandro Champredonde había llegado junto a sus
padres en el contingente de colonos averoneses y aprendió el oficio de relojero. Años más tarde compró las hectáreas de La Lucía y se dedicó a la cría de lanares de raza Lincoln y Karakul. El campo, a 7 km de la ciudad, sigue hasta hoy activo (ya no con ovejas) bajo la administración de sus descendientes. Gabriela, una de sus nietas y su madre, Carmen, abren -atentas, amabilísimas- las puertas de una villa de estilo art nouveau que, construida en 1927, sigue manteniendo las pinturas de las paredes, los muebles y los adornos originales. Resulta conmovedor entrar en el escritorio del dueño de casa y encontrar los rótulos de los cajones, en perfecto orden, escritos de su puño y letra con pluma y delicada caligrafía.
No menos sorprendentes son las lámparas con flecos de mostacillas de cristal que iluminan y adornan las habitaciones, la pianola del suntuoso living o una victrola que, de verdad, llora viejos tangos. Cuenta Gabriela que, si alguien se resistió a abrir la casa al turismo, ése fue su padre: después de todo era la casa donde había vivido, con su mobiliario primitivo, la que hoy disfrutan los visitantes, que hasta juegan en la antigua mesa de billar y anotan los tantos
con el ábaco de madera, junto a los tacos.
Las habitaciones de La Lucía son cálidas y tienen baño privado, excepto dos de ellas, que forman una especie de suite. En el comedor principal, con un pequeño salón de fumar, se sirve los sábados por
la noche una fondue de queso, obra de Carmen, madre de Gabriela, que es quien se encarga de la sabrosa cocina.
En la casa pueden alojarse hasta 11 personas, pero también es posible plantar carpa en un área que tiene electricidad, fogones y sanitarios.
La belleza del campo de La Lucía está a tono: en sulky, a caballo o a pie, se pueden hacer largas recorridas y subir un cerro próximo desde donde se tiene una vista espléndida de la cercana ciudad,
con el fondo del Cura Malal. En el mismo cerro y con la guía de especialistas en turismo de aventura, se pueden hacer rappel, travesías en mountain bike, y volar en parapente cuando el viento es propicio.
"Sólo Adán faltó en este paraíso", dejó escrito China Zorrilla en el libro de visitantes de La Lucía. Y de verdad, no se equivocaba.
Las Grutas
Queda a unos 30 km de Pigüé, en un valle entre la Sierra de Cura Malal y la de Bravard. Sólo recorrer el camino hasta el casco, significa disfrutar de uno de los paisajes más hermosos de toda la localidad. La casa -construida en 1914- y las hectáreas circundantes (cerros incluidos), pertenecen desde 1953 a la familia de Negrita Sbarbatti, la anfitriona. Mientras su marido y su hijo se encargan de la explotación del campo, ella se dedica por entero a los huéspedes, a quienes deleita con una cocina tan sabrosa como tentadora; los higos en almíbar son, sencillamente, celestiales.
El casco es una típica construcción de principios de siglo, alrededor de una galería central que se asoma a una terraza con césped. Un bosque de pinos y cedros plantados por Pascual Sbarbatti, el padre de Negrita, rodea el jardín del frente de la casa. Hacia el este,
el límite lo forma un cerezal que debe ser una gloria en primavera y más allá, un bosquecito de acacias y sauces bordea un arroyo al pie del Bravard. No hace falta más que cruzarlo y trepar unos 15 minutos por la sierra: entre crataegus y montecitos de aromos listos
para florecer, se tiene una vista privilegiada del bellísimo Valle de las Grutas.
El paraje es ideal para hacer caminatas: una de las que recomienda Negrita es la del Abra Encantada. Se trata de un trekking de dos horas hasta llegar a un lugar en la Sierra de Cura Malal donde hay
lagos naturales (ideales para los chapuzones de verano), bordeados por matas de hortensias. También se puede intentar llegar a la Gruta de los Espíritus, una caverna en la ladera del Cura Malal que fue
un sitio sagrado para los indígenas. "Si algo llama la atención al pisar el suelo de la gruta -relata Eduardo Holmberg, que la recorrió en 1884, en su informe al gobernador Dardo Rocha-, es la gran cantidad
de figuras, de color rojo, que adornan sus paredes, figuras con las cuales, aparte de toda intención simbólica, se ha querido representar caras humanas, aunque privadas del importantísimo órgano llamado
nariz"...
La caminata a la Gruta de los Espíritus lleva algunas horas pero se puede hacer sin problemas; en recorridos más difíciles (incluso aquellos que se hacen a caballo), que implican adentrarse en las sierras, Negrita aconseja contratar un guía en la Municipalidad de Pigüé. Anote también que en los arroyos de los alrededores se pescan truchas.
Las habitaciones tienen baño compartido, excepto una. Hay calefacción en la casa, y aunque no alcanza a disipar el frío, este detalle cobra carácter secundario frente a la extraordinaria belleza natural
que el entorno despliega. Por algo los amantes de la vida al aire libre a ultranza se dan el lujo de acampar en el predio de la estancia.
La Esther Lina
Algo debería obligar a quienes visitan La Esther Lina, a llegar hasta la casa atravesando la avenida de cedros que conduce a ella desde la ruta. Así nadie se perdería el placer de recorrer esos tres kilómetros de camino lleno de pájaros y atravesado por rayos de sol. Ni bien el trayecto concluye, aparece, imponente, la fachada del edificio principal que se recorta del fondo de la Sierra de Bravard, a seis kilómetros de distancia.
La Esther Lina está a 25 km de Pigüé, camino a Coronel Suárez y fue, originalmente, la residencia de la familia de Enrique Frayssinet, uno de los colonos fundadores, que la hizo construir cerca del 1900,
para vivir con su mujer y sus nueve hijos.
Desde hace 30 años pertenece a la familia Sol: Marcela y su hija Laura son las que reciben en una residencia sorprendente por su belleza y su fastuosidad, y también por el esmero y la dedicación
con que está conservada y mantenida. Una morada imponente por donde se 1a mire. El living gigantesco tiene una chimenea de bronce fundido, diseñada por Numa Ayrinhac, que reproduce las fauces de un león.
El artista también reflejó en sendos frescos, el paisaje que, desde la entrada de La Esther Lina, se aprecia si se mira hacia Coronel Suárez y hacia Pigüé. Por añadidura, es el autor de un enorme óleo sobre tela que adorna el comedor principal. Este ámbito conserva la boiserie original, igual que el antecomedor y la escalera que lleva a dos habitaciones del piso superior. La sala de música, en cambio, tiene los muros ilustrados con diseños geométricos en pintura
tornasolada, perfectamente mantenidos. Los techos de zinc estañado y los pisos de granito, con sus zócalos redondeados, dan una idea de la suntuosa concepción edilicia.
Hay capacidad para diez, en habitaciones con baños compartidos: unos y otras también guardan el estilo original, con pisos de listones de pinotea, blancos sanitarios ingleses y bellas molduras en paredes
y techos. Los muebles están en un todo de acuerdo con el estilo del edificio que, a pesar de sus dimensiones, está convenientemente calefaccionado. Si el tiempo decreta lluvia, es una buena excusa
para atrincherarse en la sala de ping pong, cómoda y enorme.
La Esther Lina está rodeada de parque; allí están la pileta, la cancha de tenis y un bosquecito de árboles frutales, en donde brilla un níspero florecido. Además de recorrer el campo a caballo o en sulky, se organizan excursiones a la cercana Abra del Hinojo, un lugar entre las sierras próximas que invitan a caminar, escalar y pescar. La cocina es variada y, si el tiempo lo permite, acostumbran hacer comidas al aire libre.
|