Revista LUGARES Nro. 68
Pág. 84 - 88
Texto y Fotos: Julia Caprara
REVISTA LUGARES
PIGÜÉ

Llegaron de Aveyron -sur de Francia- para encontrarse con una tierra nueva donde construir sus hogares, criar a sus hijos y escribir otra historia. Pero el de Bravard no es el único nombre de resonancia francesa en la zona; a cada paso se encuentran las huellas de aquella colonización. Sin ir más lejos también hay rastros notables en las casas de campo y estancias, que son, por otra parte, la mejor opción para alojarse en Pigüé.
La Nancy.

Olga, Nancy, Susana y Hugo Martí son los dueños de La Nancy, a 25 km de Pigüé. El único gran lujo de la casa principal, de siete habitaciones, amplia, blanca, llena de recuerdos, es la calidez de sus dueños. Con energía casi adolescente en su papel de anfitriona, Olga organiza las actividades, atiende a los huéspedes y cuenta la historia familiar.
Además de fiaca, en La Nancy se pueden hacer visitas a la laguna de Puán, mountain bike, cabalgatas, pesca y golf, gracias a un convenio con el golf de Sierra de la Ventana y el de Pigüé, de nueve hoyos.
La Lucía.
La fachada del casco es una mezcla exquisita de art nouveau y art déco. La estancia conserva piezas de arte y buena parte de su mobiliario original. Gabriela Champredonde, bisnieta del fundador, me guía en un recorrido por esas maravillas. Sillones, mesas, lámparas, tinteros... Cada objeto, una obra de diseño. Las pinturas de los cuartos son de Numa Ayrhinac, pintor local que alcanzó reconocimiento internacional, también autor del retrato de la bisabuela Lucía, que cuelga en una pared del living.
La Lucía tiene otros encantos: cabalgatas y caminatas guiadas por las sierras, juegos de mesa para los días de lluvia en el salón y una espectacular comida casera de inspiración francesa con platos como fondue, crépes y aligot, suerte de puré de papa con queso.
Las Grutas.
La estancia está ubicada sobre la herradura de piedra que forma la Gruta de los Espíritus, al pie de la sierra y cerca de las lagunas Encadenadas. Y es el lugar que deberían elegir para alojarse en Pigüé quienes quieran dedicar parte de su tiempo a escalar o a la pesca del pejerrey. Negrita Sbarbati -así pide que la llamen- cuida cada detalle de los amplios cuartos, los dos comedores y la sala de estar de Las Grutas. Gran parte de las 1.700 hectáreas de la estancia están dedicadas a la producción de pasturas, maíz y soja. Pero es otro paisaje el que atrae a los turistas: avenidas de cedros, un monte de frutales y cerezos en las laderas del cerro vecino, donde se puede avistar animales autóctonos como el gato de los pajonales, el zorro gris y un centenar de especies de pájaros.
La Corita.

Nito y Luz María Oustry abrieron las tranqueras de La Corita -una cabaña agrícola ganadera de 300 hectáreas- en el `97.
Como la casa es de uso sólo familiar, armaron programas por el día: show de folklore, tango y destreza gaucha. Una propuesta for export que ya atrajo a más de mil franceses.
La casa principal, diseñada en 1917, tiene reminiscencias versallescas. En el parque los canteros rebosan de rosas, dalias, copetes, jazmines y bignonias. En el interior, deslumbran el cielorraso, las aberturas y el piso, de pinotea traída de Aveyron.
No es lo único francés: en La Corita se sirven comidas típicas como farzú, cogotes de ganso rellenos y cartier, muslo de ganso o pato cocinado y servido como fiambre.
La Montaña.
Cuando compró el campo en 1968, Francisco Méndez halló puntas de flecha, restos de cerámicas y morteros que lo llevaron a investigar en los libros. No tardó en concluir que el lugar había sido primero un asentamiento de pampas y luego -entre los siglos XVII y XVIII-, de araucanos. Esas huellas, una colección de dos mil piezas, se exhiben hoy en un minimuseo frecuentemente visitado por paseos escolares. Además, en el monte hay una cueva con pinturas rupestres y un alero con señales primitivas.
La Tramontana.

Preparada para turismo de aventura, es un coto de caza de ciervos y jabalíes elegido por muchos extranjeros. Lo cuenta Mario Báez --quien junto a su mujer, Patricia, dirige La Tramontana-, mientras se encarga de que el costillar se dore parejito sobre las brasas. Después del asado hacemos una excursión, mitad a caballo y mitad en un todo terreno que es una mezcla de karting y jeep, a las sierras de Cura Malal. Allí vemos un par de parapentistas. En las noches estrelladas se enciende el fogón en el refugio de madera que construyeron los Báez.
La Esther Lina.

Parece un castillo en medio de la pampa. El elegante caserón francés, que fue de los Frayssinet y desde hace más de 20 años pertenece a la familia Sol, conserva sus vitreaux y sus faroles enormes en la escalera de acceso, frente al parque de 15 hectáreas. Tiene de todo para pasarla bien: cancha de tenis, paseos en carruaje por el campo, trekking, safaris fotográficos, ascensos a la sierra de Cura Malal y otras maravillas.