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Revista LUGARES Nro. 38
Pág. 76 - 83
Por: Soledad Gil
Fotos: Federico Quintana

REVISTA LUGARES

RAICES DE ABOLENGO


La Catedral Empezamos como Hernando de Lerma en 1582, por la plaza. Enseguida nos dimos cuenta de que allí anida la esencia salteña, colonial y ceremoniosa, tranquila y hasta remolona. Por eso no dudamos en alojarnos en donde todo pasa y a un paso de todo: el Hotel Salta, en la esquina de Caseros y Buenos Aires.
A Salta hay que darle tiempo. No vale correr de balcón en museo, y de museo en monumento. Nos sentamos en un banco frente al Cabildo, y de inmediato reparamos en la veleta de hierro forjado que representa a un paje, flor de liz en mano. Estuvo durante años en el museo de Luján y luego fue a parar allí arriba, rebautizado como "el diablito del Cabildo" por los locales. Orgullosos de nuestro descubrimiento, y sabiendo que se trataba del edificio más antiguo de la provincia, partimos raudos a conocer el Museo Histórico del Norte. Nos recibió Teresita Gutiérrez, quien se apresuró a decirnos que fue sede de gobierno hasta 1889. Después, su destino cambió, y en esa larguísima serie de arcos que balconea a la elegante plaza funcionaron restaurantes, puestos de fruta, de ropa y otra clase de innobles comercios. El senador Carlos Serrey tuvo la buena idea de expropiarlo en 1936 y el maltratado Cabildo obtuvo su título de Monumento Histórico Nacional en 1946. En sus salas se exhiben objetos pertenecientes a los tres grandes períodos salteños -indígena, colonial y liberal-, de modo que una visita guiada, de las que se realizan prácticamente cada hora, es la mejor manera de obtener un amplio panorama.
Frente a la colección de "imágenes de vestir" nos contó Teresita que esas figuras y sus trajes eran, según la tradición, responsabilidad de las solteras y las viudas de cada familia, quienes debían cambiar sus atuendos todos los años. Quién hubiera dicho que de ahí viene el "quedarse a vestir santos" para las que prolongan el duelo de la viudez o el celibato.

La Catedral Volvimos a la plaza, y desde el mismo banco, vimos cómo el sol le daba entonces al monumento a Arenales rodeado por 14 mujeres, forjadas ellas por Arturo Dresco en los talleres del Arsenal de Guerra de la Nación. Eran las provincias existentes hasta entonces, y así quedaron como privilegiadas testigos del crecimiento de palmeras y guayacanes, y de todo aquello que ha sucedido en ese estratégico lugar.
Seguimos, como reza la tradición, por la Catedral, emplazada al Norte de la Plaza Mayor. Allí escuchamos la historia del Señor y la Virgen de los Milagros, que protegieron a la ciudad durante los terremotos de 1692 y 1844. El primer templo ya estaba construido cuando llegó la imagen del Cristo Crucificado, en 1593. Dice en una de las naves: "esta es la verdadera imagen del Señor crucificado que el Obispo Victoria envió desde España a la iglesia de Salta en 1592. Por modo milagroso, flotando sobre las aguas llegó al Callao desde donde fue traída a esta ciudad".
Intrigados, avanzamos. El templo actual, de un amarillo seguro y contundente, es obra de Monseñor Risso Patrón, quien lo construyó entre 1854 y 1878. Los fondos provinieron del impuesto más importante de la época, el impuesto a la sal, a razón de "dos reales por carga de mula y un real por carga de burro".
En el Altar Mayor, una gigantesca custodia con sus rayos de madera dorados a la hoja, lleva la firma del Padre Luis Giorgi, el mismo que proyectó la Iglesia de San Francisco. La Catedral incluye un capítulo importante de la historia regional en el Panteón de las Glorias del Norte (la primera capilla a la izquierda de la entrada) donde tras un largo trajín -de capilla en cementerio y de cementerio en Catedral- puede decirse que finalmente "descansan" los restos de "Güemes el incorruptible, Alvarado el ecuánime y Arenales el austero". Junto a ellos se hallan también Doña Martina Silva de Gurruchaga, heroína de la Batalla de Salta, los soldados desconocidos de Zipe Zipe, los restos del Coronel José Antonio Fernández Cornejo, el Teniente General Eustaquio Frías y Don Facundo Zuviría. En un acorde agudo y estremecedor, frente a la reja del Panteón, Salta nos conmovió con su historia.
Eso sin contar la procesión del Milagro, punto cúlmine de un novenario que comienza el 6 de septiembre y concluye el 15 del mismo mes. Se trata de la segunda manifestación religiosa en importancia después de la Peregrinación a Nuestra Señora de Luján, en la que participan más de 150 mil personas que llegan de toda la región para acompañar al Señor en su pedestal de claveles rojos y a la Virgen, rodeada de miles de claveles blancos.
Entre héroes y milagros, veletas y rayos de sol, Salta se nos fue ofreciendo como una huidiza morocha al compás de una cueca, que frente a la iglesia, en un giro y como por desliz, nos mostró la enagua.

En las alturas de San Francisco.

Iglesia San Francisco Carlos Mamanis entró a trabajar a San Francisco en 1948, a los 17 años. Es sacristán y actual guía del museo. Repite su discurso, no como una lección aprendida de memoria, sino como quien muestra su casa en continuo y orgulloso sinfín. Ya no puede subir las peligrosas escaleras de madera apenas apoyadas en el campanil; por eso el año pasado -cuando la iglesia fue nombrada por el Papa Basílica Menor- entró Sebastián Flores, también de 17 años, a ayudar a Mamanis en faenas como ésa. Sebastián nació por ahí cerca, pero antes de terminar la primaria partió hacia el campo a ganarse el jornal. Trabajó luego en una mina de Socompa, como ayudante de cocina, y volvió hace poco a Salta. Le preguntamos sin pensaba pasar, como Mamanis, los próximos 50 años al servicio de los padres franciscanos. "Y, puede ser", nos dijo ocultando la sonrisa y encongiéndose de hombros. Mientras tanto, y hasta que herede formalmente el puesto, está terminando sus estudios, y es el encargado de tocar las campanas todos los días, a las 8:30, a las 12 y a las 20 horas. Religiosamente.
El cargo no es poco. Los franciscanos están en Salta desde su fundación, antes que los jesuitas y los mercedarios. Su iglesia hace honor a esa presencia centenaria. Sin embargo, tuvieron que pasar casi dos siglos desde que Lerma sentenciara "una manzana y una cuadra para casa y convento del señor San Francisco" hasta que se comenzara efectivamente con la construcción de la actual iglesia. Sus colores terracota intenso y amarillo huevo son la imagen misma de Salta. Pero la iglesia no es sólo un icono arquitectónico. En 1867, abrió sus puertas para refugiar a los salteños cuando el caudillo catamarqueño Felipe Varela invadió la ciudad. Cuentan que estaba "de bote a bote, llena de señoras y niñas...". Además, amparó a las víctimas de la epidemia de cólera en 1886 y 1887.
Salta nos sonreía con toda la boca, y nosotros respondíamos, alargando cada paso. En el Complejo Cultural San Francisco, sobre la calle Córdoba, pedimos permiso para visitar la biblioteca, la más valiosa de toda la región, con 15.000 volúmenes y varios incunables, entre ellos un tratado de astronomía de 1483. En la iglesia, visitamos la imagen de cera de San Severo realizada con los huesos del Santo, los restos de Francisco Gurruchaga, fundador de la Armada Nacional y los de doña Macacha Güemes, hermana del General.

San Francisco Afuera, Sebastián nos desayunó de la diferencia entre campanil y campanario. Campanil, como el de San Francisco, es la torre que nace desde el piso y termina, obvio, coronada por campanas; campanario es aquel que nace del techo de la iglesia, independientemente de su altura. El campanil de San Francisco tiene 54 metros y es el más alto de Sudamérica. Fue diseñado por el Padre Giorgi, construido por Francisco Righetti, e inaugurado el 4 de octubre de 1882, con motivo del VII centenario del nacimiento de San Francisco. Alberga a la famosa Campana de la Patria, de 1.406 kilos, fundida en 1813 con los cañones que Belgrano tomara a los españoles después de la batalla de Salta.
Nosotros no pudimos con el genio y quisimos subir a conocerla. Aún recuerdo las palpitaciones y el quasi infarto que me dio al importunar a una de las palomas ocupantes que se asustó con mi presencia. Peor le fue a Federico que cree que por maldecir en la escalada, se le cayó un lente preciadísimo de su bienamada Leica. Males aparte, la vista de la esquina de Córdoba y Caseros desde arriba es extraordinaria. Cuando el sol cae retirándose despacio de la superficie urbana, y en la torre se ilumina el verde plomizo de las campanas -sobre todo el de la gran Campana de la Patria- nos preguntamos cuántos cañones habrán hecho falta para obtener esos tañidos celestiales (que escuchamos desde abajo). Es que en efecto, antes de encariñarnos con las palomas decidimos bajar, rojos del rojo de la iglesia desde el pelo hasta las zapatillas.

Destellos de Plata.

Los Jardines de Arnaga Volvimos a pisar tierra como hechizados. Creíamos ya no caber en el deslumbramiento, cuando en nuestro camino se cruzó Horacio Bertero. Él nos explicó cómo es que Salta reluce en su platería. Nadie es profeta en su tierra. Bertero, oriundo de San Antonio de Areco -en donde sí tomó clases con el célebre Draghi- eligió esa ciudad para darle al punzón noche y día hasta conseguir una destreza que encandila. Llegó hace doce años, merodeó por el neoclásico francés y el español, hasta que finalmente decidió que lo suyo iba a ser recuperar el barroco americano. Uno, yo por ejemplo, mortal ignorante, no hacía más que mirar sus cuchillos, sus mates, el chifle que hizo para una exposición en Grecia, la azucarera refulgente mientras pensaba "qué gloria que alguien se dedique a esta altura de la centuria a recuperar el barroco americano, si esas maravillas pertenecen al barroco americano". Detallista hasta el tuétano y empecinado en no dejar la creatividad en el camino, Bertero elige como su mejor pieza un cuchillo caronero de un 1,05 metros que le presentó más de un desafío. En estos días masculla la posibilidad de irse a España a estudiar la figura humana, tan maleable y dinámica, pero endiabladamente esquiva a la eterna e inmóvil belleza de la plata.
Con Bertero comimos en Il Garda, una de las joyitas de la mesa salteña. El, y algunos otros oriundos no importados, nos recomendaron La Casona como el reducto con las mejores empanadas. Dimos fe, pero también convalidamos el famoso Patio de las Empanadas, bastante más turístico y fané si se quiere, pero rico y muy entretenido.
Para el final dejamos el convento de San Bernardo, que lleva ya más de 150 años en manos de la Orden de las Carmelitas Descalzas. El bellísimo portal de algarrobo es anterior al convento mismo -en su dintel se lee "año de 1726"- y fue ofrendado por una familia como pago de una dote para el ingreso de una de sus hijas.
Cuando la sombra ganó los relieves de la puerta, nos fuimos hasta el Cerro San Bernardo, el preferido por los salteños para andar en bici y hacer footing, a ver los últimos colores de la tarde. Llegamos justo el día antes de la inauguración de la nueva confitería y restaurant, con la mejor vista de la ciudad, así que nos quedamos con las ganas.

Paz en San Lorenzo.

Hotel Salta Para prolongar la despedida, decidimos que no podíamos dejar Salta sin dar una pequeña vuelta por San Lorenzo. Cargamos combustible y tomamos derecho la avenida Entre Ríos.
En el camino, poco más de 10 km, nos sorprendió la cantidad de barrios cerrados que están surgiendo a la usanza actual. Pero San Lorenzo está verde y tranquilo como siempre. Conserva su dichoso microclima que hace mucho más tolerable el verano, y a sus fieles, que no lo abandonan en invierno.
Entre ellos, primera en el ranking, está Inés Ortiz de Cárdenas, quien cambió sus décadas de librera en el centro de la city salteña por la tranquilidad de su finca Arnaga al pie del río Castellanos. Tiene seis habitaciones con baño privado y 14 años de "cancha" en las lides de atender viajeros. El nombre del lugar es, no podía ser de otra manera, una cita de Rostand, el autor del Cyrano. Sus huéspedes la eligen por su emplazamiento extraordinario, su parque bien cuidado con pileta y caballos, y porque Inés es la hospitalidad en persona.
En plan hotel, un lugar nuevo, impecable y difícil de ser ignorado es Eaton Place, de Eugenio Iturrieta. Eugenio es porteño pero vivió 15 años en el exterior. Esta insólita mansión de seis habitaciones fue primero su casa, construida por su hermana Ana María Iturrieta y Javier
Cruz, propietarios a su vez de El bordo de las Lanzas (ver LUGARES 24). Cuidada en todos los detalles -una de las pasiones de Eugenio son las antigüedades-, Eaton Place tiene una magnífica pileta y una casa de invitados perfecta para quienes buscan mantener la independencia sin dejar de lado la atención personal.
Distinto es el caso de Selva Montana, en el corazón de la villa, que con sus confortables 18 habitaciones con correctísimos baños privados, apunta a un público que ve más la selva que el árbol. En efecto, Werner Grafe llegó de Alemania a trabajar como ingeniero forestal a Bolivia y luego a Santa Fe. Lo suyo es más el aire libre que los pequeños detalles. Anduvo escrutando la zona hasta que hace cuatro años enamoróse de San Lorenzo e hizo las movidas necesarias para trasladarse allí con familia y todo. A diferencia de Eaton Place, donde los niños no son la idea más feliz, Selva Montana es ideal para familias de expedicionarios que no tengan problema en salir a comer por la zona o utilizar el servicio delivery, ya que no tienen restaurante. Además, es el único hotel por donde pasa a buscar pasajeros el MoviTrack, la invención de otro alemán, Frank, que recorre la Puna con explicaciones en cuatro idiomas.
Allí dormimos nosotros, y esperamos a nuestro guía, Federico Norte, con quien a la mañana siguiente comenzaríamos tres extraordinarios días de aventuras.


 



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