Revista LUGARES Nro. 80
REVISTA LUGARES
SAN LUIS
Accesible e idónea para tenerla en cuenta a la hora de planear escapadas breves, la provincia de San Luis siempre parece justificar un regreso. A la diversidad de paisajes, el agradable clima y la buena onda de su gente, hay que sumar el irreprochable estado de sus rutas, lo que significa que se la puede recorrer panchamente en auto, como pudimos comprobarlo una vez más.
Para arrancar con el itinerario que nos habíamos propuesto, primero hicimos base en la capital, y de paso cumplimos con riguroso recorrido urbano para constatar, por ejemplo, que ésta es una ciudad de lo más tranquila, generosa de plazas, y que a la tardecita las confiterías vecinas a la Pringles convocan multitudes.
Al mentado foro dan el Colegio Nacional (de 1869), la Escuela Normal de Niñas y la Catedral --con fachada de estilo neoclásico y columnas de líneas corintias-, templo que empezó a construirse en 1883 y se concluyó 61 años más tarde. Desde este punto, la calle San Martín conduce a la plaza Independencia, otrora el ombligo colonial; frente a ella destaca el convento de Santo Domingo y a un costado, la fábrica de alfombras artesanales propone un alto para ver los telares en acción. Doblando por la calle 9 de julio está la palaciega sede del gobierno, casa inaugurada en 1913, muy ornamentada y con amplios patios interiores.
De Las Quijadas
Salimos de la ciudad temprano y con tiempo despejado. Rumbeamos al norte por una ruta -la RN 147- prolijamente asfaltada y una hora después llegamos al Parque Nacional de Sierra de Las Quijadas.
Más fácil el acceso no puede ser. Muchos comparan este hábitat con el famoso Cañón del Colorado; son 150 mil hectáreas donde viento y agua cavaron en las entrañas de las sierras una gigantesca cuenca -llamada Potrero de la Aguada- y cuyas paredes (algunas llegan a los 200 metros de altura) aparecen talladas como colosales graderías que recuerdan los templos de Lhasa en el Tibet. Nada más fácil que perderse en esta desolación de abismos y precipicios, de barrancos que se antojan infranqueables, de silencio y atardeceres que todo lo incendian. ¿Cómo se habrán sentido esos gauchos matreros y prófugos de la justicia, como el célebre Bairoleto, que llegaron hasta acá en busca de un alucinado refugio?
La Sierra de Las Quijadas forma parte del Cordón de las Serranías Occidentales; visto desde arriba el Cordón tiene forma de elipse, con el eje mayor -de unos 35 km de extensión- orientado en sentido norte-sur. El apilamiento milenario de arenas y fangos petrificados le da la intensa coloración rojiza a este terreno de naturaleza un tanto inestable. Declarado Parque Nacional en 1991, es éste un santuario natural en el que hace millones de años habitaron dinosaurios, tal como lo demostró el hallazgo de huellas y restos fósiles.
Hacia El Sur
Cerca de Juan Jorba, sobre la RP1 que va a La Punilla y separa a San Luis de Córdoba, aparece la entrada a El Chamico, estancia de los Alonso Massey, a la que llegamos desde la ciudad capital en poco menos de dos horas. Recorrimos una avenida de álamos plateados, olmos, eucaliptos, cipreses, lambertianas, pinos y acacias para llegar hasta la casa principal, que reparte su espacio entre un gran living, cinco habitaciones -una en suite- y la amplia cocina. En este lugar se respira un aire muy particular, signado por el toque de exclusividad que sus propietarios buscan darle y el culto que aquí se le rinde al polo. Graciela y Eduardo Alonso Massey son verdaderos adictos a este deporte: crían caballos especiales, tienen dos canchas en el campo y hacen clínicas de polo.
Al margen de esta pasión, la estancia, de 1901, mantiene viva una tradición agrícola ganadera que la supo distinguir como establecimiento modelo. Hoy se aplica a la cría de Aberdeen Angus y al cultivo de maíz, soja y girasol.
No faltan una pileta -enooorme- con un quincho (que en verano se convierte en bar), ni una pista de aterrizaje de mil metros para los que llegan hasta aquí en avión particular. Para distraer las horas, además del polo, están los paseos por el campo, cabalgatas, tenis y tiro al blanco.
La Toma
Luego de pasar la noche en El Chamico y de despedirnos de nuestros amables anfitriones, tomamos nuevamente la ruta provincial 1 para llegar a La Toma. En la llamada capital del ónix nos esperaban para guiarnos hasta El Manantial. En el camino hicimos un alto en Posta de Fierro, en el único bar que registra esa zona semi desierta, donde nada más parece importar el cerro El Morro. Esta elevación es la puerta sur del valle y antiguo atalaya para avistar a la indiada; ahí también hay cavernas y una laguna. A su alrededor surgieron poblaciones y estancias que, gracias al impulso del ferrocarril, tuvieron su auge en los primeros años del siglo XX.
Atravesamos el pueblo por la avenida Mármol Onix, poblada de tiendas que venden artesanías realizadas con piedras de la zona; las mismas que venden en Buenos Aires alrededor de la Plaza San Martín. Al final de la avenida enganchamos el camino de ripio y no lo abandonamos hasta llegar al campo de la familia Ortiz Suárez.
Nos recibieron Fernando y José Ortiz Suárez, la mujer de éste -Caty Pealock, neocelandesa simpatiquísima- y la hija de ambos, Indiana. La casa es de 1855, con grandes paredes de adobe, no tiene electricidad y está rodeada por corrales de pirca. Amplia y rústica, a esta morada no le faltan encanto ni comodidades, ideal para recalar en plan aventurero. Algo así es lo que hicieron Caty y José, quienes aquí se instalaron después de dedicarse a viajar por el mundo.
Ella cocina como los dioses y gracias a su origen las comidas, que elabora con vegetales procedentes de la huerta, tienen un toque diferente; a los guisos, asados, tortillas, salsa de remolacha, etcétera, la habilidosa Caty suma la elaboración de panes y dulces con frutas también propias.
No más llegar nos subimos a los caballos y salimos a una recorrida de cinco horas por la propiedad; la meta: llegar al Tiporco. Trepamos hasta los 1.100 metros, altura en la que la vegetación es cada vez más escasa y achaparrada: Alcanzamos el cráter de una pequeña ollada volcánica, que se originó hace millones de años y dejó como última manifestación un cerro de piedra andrecita.
Bajamos hasta el puesto El Abuelo -en activo hasta la década del '70- a los pies de un curso de agua; bajo sus antiguos aleros, hicimos un alto y nos embobamos ante la magnitud del paisaje. Cuando descendimos hasta las canteras Gran Córdoba y Santa Isabel, pudimos observar los cortes de la piedra y los diferentes tonos verdosos del ónix, el mineral de la zona que -según Fernando- no es mármol, como muchos creen. La confusión tiene que ver con la dureza, que los hace tan parecidos.
Ya era de noche cuando, después de completar el circuito, regresamos hasta la base del Tiporco.
Nos esperaban con empanadas que, para nuestra sorpresa, cocinaron en un horno de barro construido ahí adrede. Toda una delicia que devoramos, felices, bajo una intensa luz de luna llena.