Revista LUGARES Nro. 79
Pág. 44 - 49
Por: Ana Schlimovich
Fotos: Alejandro Peral
REVISTA LUGARES
SAN MARCO SIERRA
En noche estrellada y guiados por un sendero de pitas, esas plantas carnosas de hojas grandes y puntiagudas, llegamos a la Hostería Cielo y Tierra, en donde Gustavo nos recibe con la más pacífica de las bienvenidas. En tono bajo y como respetando el sueño de la naturaleza, nos da la bienvenida y nos conduce a las habitaciones de la casa de estilo colonial que él mismo diseñó.
Es sábado y es buen momento para husmear entre las callecitas que siempre terminan en la plaza principal. El Restaurante de la alemana tiene el clima propicio y un menú que arranca con un quesillo de cabra de entrada, sigue con goulash y culmina dulcísimo con arrope de tuna.
Afuera se escucha la música que la parroquia, de 1734, disemina por altoparlante. En el locutorio, que vendría a ser la cartelera de San Marcos, repleto de avisos de cursos, talleres, presentaciones de libros y demás, anuncian que el baile se larga a las doce en punto en El Cuartito Azul, también frente a la plaza. Después de las doce y media hay que pagar un peso en la entrada.
El cuartetazo retumba en los vidrios y hace marcar el ritmo a la juventud del pueblo y alrededores. José Luis me invita a bailar, me agarra fuerte de las manos y me hace girar por todo el salón. Queda claro que acá se baila en serio. Pasando la puerta del boliche, el pueblo está sumido en un sueño profundo. Sólo El Bar de Cristina se mantiene en vela. Varios paisanos, incluido Ernesto Castro, el cantinero, rodean una mesa, en la que aparentemente se lleva a cabo un solitario sobre el que todos opinan. Al rato salta la invitación para un "chupino", como se le dice al truco, y poroto va poroto viene, el equipo de LUGARES demuestra sus agallas y sale ganador.
La hija de Gustavo tiene cinco años y apenas me ve me pregunta si sé jugar al ajedrez. Resignada ante mi respuesta negativa, mira un segundo el cielo azul y decide llevarme de la mano y con los ojos cerrados sin hacer trampa, a conocer la salita de meditación. El tour sigue por el jardín, en el que amigos y asiduos visitantes han plantado nogales, acacias e higueras, ahora grises por el frío. Fin del tour, la pequeña "guía" prefiere quedarse jugando con unas hojas-barco en el arroyo. Va a haber que ir a sacarse la curiosidad que motivó el singular cartel del Museo Hippie.
Bajo la sombra de los algarrobos y aguaribays que protegen el sendero que va a destino, nos cruzamos con Daniel Domínguez, "Peluca", fundador del museo y uno de los hippies que en las décadas de los '60 y '70 optaron por alejarse de los dogmas de la sociedad de consumo y asentarse en lugares como éste. Una casita blanca y redonda -que había sido especialmente construida para un parto natural- guarda en su interior las piezas que influyeron y forman parte de la vida de propio Peluca, de vecinos y visitantes.
Discos de vinilo de Spinetta, David Bowie, Bob Marley; libros de Castaneda y Lao-Tsé; obras de Marta Minujin, Martín Kovensky, Liliana Moresca; fotos del aquel grupo de pelo largo; y cientos de objetos que ayudan a entender un movimiento y un estilo de vida. Antes de irnos, y después de una difícil selección, nos llevamos unos títeres de dedo que parecen vivos, hechos por la mujer de Daniel, y dejamos nuestros mejores deseos dentro de una botella de vidrio que, junto a muchos otros, están construyendo un signo gigante y transparente de la paz.
El día entero transcurre con encuentros encadenados. Mario, dueño de la hostería El Limón, es, según dijo Peluca, "el descubridor de San Marcos". Mario sonríe y acepta haber llegado a este valle hace muchísimos años, atraído primero por la miel y más tarde por la energía misma del lugar.
En ese entonces, los años '60, participaba de los movimientos por la paz que eran fenómeno en Nueva York, y decidió trasplantar ese modelo, esa manera de pensar, a la Argentina. Mario habla mientras maneja, como si su historia fuera una de todos los días, nos lleva al Paihuén -el taller de Eliseo y Silvia y nos deja con todas las ganas de seguir escuchándolo. Más adelante sabremos que esa sensación será una constante, con tanto personaje interesante, en esta primera estadía en San Marcos Sierras. Silvia nos recibe con una sonrisa y aires de domingo, Eliseo duerme la siesta, pero ella no aguanta y lo despierta.
En la habitación hay telares de lanas catamarqueñas con tierra cordobesa e incrustaciones de piedra, cuadros que conducen a mundos mágicos, frascos de arrope, jabones artesanales, miel de mistol de color intenso, pastillitas de propóleos, membrillos. Todo tiene esa nota fresca de haber sido hecho en el lugar que eligieron como hogar, doce años atrás. Ahora es Eliseo el que habla mientras maneja. Pasamos por la casa de los Tulián, los descendientes directos del cacique comechingón a quien, en un hecho sin precedentes, le fueron devueltas sus tierras en 1806.
La familia está de gran reunión dominical, así que seguimos de largo para no molestar.
En el Monte de los Aloes nos despedimos de Eliseo. En el patio encontramos a Víctor Loza cortando hojas de aloe a una velocidad sin igual. "Y tiene 80 años" comenta su mujer orgullosa. Este hombre flaco y de manos fuertes obtiene las bondades del aloe desde que se curó gracias a esa planta y al médico japonés que se la recomendó.
Ahora se entiende que la velocidad de sus manos es proporcional a su agradecimiento. Cremas de todo tipo, brebajes, ungüentos, cada preparado guarda una serie de elementos químicos que promete ser eficaz. "El aloe ayuda pero no hace milagros" afirma Víctor claramente, como adivinando los pensamientos.
Cae la noche, asoma el cansancio y antes de cruzar el puentecito que une al pueblo con Cielo y Tierra, voy a sentarme junto al río San Marcos. El sonido del agua fluyendo es como un bálsamo para mis oídos. San Marcos Sierras quiere que conozca su esencia, me hace sentir su tiempo interno, perderme en su cielo.
La mañana del lunes sacude las perezas de fin de semana. Los chicos están en la escuela, mientras sus bicicletas, todas amontonadas y sin candado, los esperan afuera. Pasan carros tirados por caballos, abren los almacenes, cierran los restaurantes. La gente camina con ritmo de día hábil, pero la diferencia es casi imperceptible. Doblando a la izquierda desde la plaza, seguimos el cartel que señala al río Quilpo, el poco movimiento desaparece enseguida y otra vez nos encontramos solos con las sierras. En vez de seguir hasta el río nos desviamos a la Gruta de Lourdes, donde viven las hermanas Zalazar.
Pasando una cerca y un corral de cabras encontramos unas esculturas de algarrobo, "yo sólo tomo las travesuras de la naturaleza y les doy un toque final", dice Adela Zalazar, haciéndose la desentendida. Pero ya sabíamos de antemano que las hermanas Zalazar tienen una habilidad especial para manejar el telar y los pinceles, moldear la madera y el barro.
Aparecen carteritas con ventebeos bordados, un poncho "tejido a pala" que de tan apretado que tiene el punto es impermeable, cuadros diminutos y artesanías por todas partes. De los cinco hermanos de la familia Zalazar, sólo uno se casó y tuvo un hijo varón. Con apellido asegurado, Adela prefirió dedicarse a trabajar de lo que quiere y desarrollar su arte. Viajó para dar cursos de telar, participó en exposiciones y ya le dieron ganas de quedarse en su casa, en su jardín de cactos, aguaribays, vertientes de agua milagrosa y montañas. Unos patitos blancos nos conducen hasta el manantial que fue descubierto después de que la madre de Adela hizo una promesa a Lourdes, la Virgen del
agua. Todos los febreros se realiza una misa y las hermanas preparan chocolate y pan casero para el pueblo entero, con el dinero que la gente va dejando para la inmaculada.
A la tarde, ahuyentando la modorra de la siesta, vamos a la Posta del Gaucho para subirnos a los caballos que Sergio Pautasi amansa para los novatos. En la galería de la casa descansan las monturas. Alejandra, la mujer de Sergio, nos convida un mate y nos alcanza los alfajores caseros para comer durante el paseo, mientras su marido ensilla dos yeguas y un caballo. "¿Trabajando?" pregunta Sergio a su vecino, ya en camino, "acá, trabajando... con la mente" contesta Don Olmedo, sentado en una reposera, con esa facilidad cordobesa de retrucar al instante, cualquiera sea la frase.
Cruzando el río San Marcos comenzamos a ascender barrancas de piedra. El paisaje se llena de espinillos, molles, quebrachos colorados y chañares, esos árboles cuya cáscara hervida es buena para los bronquios. Siguiendo el curso del río llegamos hasta las vertientes de agua mineral gasificada, considerada por el Consejo Nacional de Climatología y Aguas Minerales como la Vichy argentina. Un descancito con mate y alfajores de limón nos hace olvidar del atardecer que está a punto de ocurrir del otro lado del Cerro de los Comechingones.
Ni siquiera el galope consigue que lleguemos a tiempo. El sol se despidió dejando un cielo fluorescente y una vista inigualable del dique de Cruz del Eje, los Terrones y el valle de San Marcos Sierras a nuestros pies. La vuelta se hace despacio y en silencio, guardando para cada uno esa perturbación que sólo sabe provocar la grandiosidad de la naturaleza.
Acompañados por Sergio vamos al pueblo en busca de otro gran personaje, Yamil Nievas del Castillo, a quien encontramos en un bar tomando una gaseosa y comiendo maní. Profesor de educación física, escritor y fundador del Museo Rumi-Huasi -Casa de Piedra. Yamil tiene ojos de saber mucho sobre su Tay-Pichín -pueblo lindo-, como se llamaba San Marcos Sierras antes de la llegada de los españoles. Y a pesar de que ya lo escribió todo en su libro La historia de un pueblo, hace un esfuerzo y nos cuenta sobre su museo y la lucha que lleva para conseguir un mínimo apoyo, sobre los proyectos culturales que por motivos similares quedaron atrás, sobre la Coordinadora Nacional de Referentes Culturales que se va reunir aquí por primera vez y sobre la repetición de esta historia argentina que insiste en marginar la cultura.
También habla de su San Marcos natal en la que por razones de energía cósmica la gente se cura de enfermedades, la naturaleza aflora con fruición y los ríos no se cansan de correr. "San Marcos es tierra sagrada -afirma Yámil con su gracia natural para contar. El que viene a sacar provecho sale repelido".
Dejamos el bar y vamos a buscar su libro.
Otro día de actividad intensa llega a su fin. Por suerte Gustavo me espera en la hostería para una sesión de reiki. A través de sus manos canaliza la energía universal y recorre los chakras del cuerpo. Cierro los ojos y me dejo llevar por el sonido del fuego que cruje en la chimenea.
Quién sabe cuánto tiempo más tarde, la renovación es completa. Una cena vegetariana pero contundente cierra la jornada.
En nuestro último día vamos a conocer el Quilpo, ese río de grandes y profundas piletas que atesora morteros hechos por los indios en las piedras. Vamos con Manuel Zalazar, paisano san marqueño, y Ricardo Nogueira, que nos vino a buscar para iniciar una travesía en 4x4. Don Manuel entrelaza frases hechas como "más mal llevado que sandía debajo del brazo" con palabras propias, y señala unas pequeñas cuevas de roca en donde supuestamente dormían los hippies. No alcanzo a entender lo que dice que ya está contando otra cosa.
Después de pasar las ruinas de lo que antiguamente ha sido una cantina, atravesar varias tranqueras y un vado, llegamos al campo Las Playas, donde está la Casa de Piedra. Don Manuel toma un palo como bastón y sin hacer caso de su renguera nos lleva con paso firme, intentando recordar el camino que ha sido borrado por la naturaleza. Luego de varios desaciertos damos con un bochón de granito blanco en cuyo interior se abre una enorme gruta alisada.
El libro de Yamil, quien redescubrió la gruta en 1976, relata que, según la leyenda indígena, La Casa de Piedra era un centro iniciático en el que los amautas -filósofos- enseñaban los conocimientos que Pachacamac y el dios Sol dieran a los hombres para que vivieran en armonía, paz y amor.
Hoy poco queda de las pictografías hechas por los indios y del respeto por el lugar. Don Zalazar -de quien, también a través del libro, nos enteramos que ha sido uno de los canteristas que trabajó en Las playas- dice que la gruta tenía estalactitas, pero han sido arrancadas. "Qué sabe el chancho de aviones si nunca ha mirado pa' arriba" rezonga Manuel en represalia por haberse perdido, cuando ve, ya en la retirada, que ni Alejandro, ni Ricardo, ni yo, entendemos cómo se asegura la tranquera.