Revista LUGARES Nro. 65
Pág. 60 - 75
Por: Rosana Acquasanta
Foto: Néstor Paz
REVISTA LUGARES
SAN MIGUEL DE TUCUMAN
La Casa del Gobiernoes la máxima expresión de arquitectura francesa que los progresistas erigieron entre 1908 y 1912, el lugar exacto donde estaba el viejo Cabildo. Desapareció cada piedra de esa primera sede, y tampoco quedaron rastros de los demás edificios de la época virreinal.
Salvo la casita de Tucumán -que data de 1760 a 1780-, varias veces remodelada y reconstruida en 1943, no hay otra memoria edilicia de los orígenes de la ciudad. Al Cabildo lo habían levantado en el flanco oeste de la plaza, para que el sol de la tarde no encandilara a los políticos durante sus sesiones. Hoy la sede gubernamental enciende sus luces cuando Febo desaparece y es imagen clásica verla perfilada de centenares de bombitas que la recortan en la noche tucumana.
La plaza de la Independencia, o plaza Libertad, sí quedó donde la trazaron en 1685 y fue, durante siglo y medio, un solar descampado con un solo árbol, que era donde los malhechores recibían su merecido: la ejecución. Lo primero que despuntó fue una pirámide federalista -1841-, luego fueron los naranjos. A la pirámide la reemplazó una columna cilíndrica 23 años más tarde, recordatorio de la independencia, hasta que en su lugar apareció el bronce de Belgrano -1883- y la plaza se pavimentó con baldosas de piedras traídas de Hamburgo. Ya en el siglo XX, se le dijo adiós al creador de la bandera para que el espacio lo ocupara La Libertad, magnífica escultura en mármol de Carrara de Lola Mora.
-¿Ve que algunos de los pilares donde se enganchan las cadenas están dañados?-me advirtió un señor, señalando el cerco de gruesos eslabones que rodea el pedestal de La Libertad.
-Ajá.
-Pasó hace muchos años... -¿Y nunca los repararon???
-En parte sí. Resulta que una mañana aparecieron rotos, las cadenas arrancadas. Fue una conmoción, imagínese...
-¿Y al final se supo quién lo hizo?
-Se supo pero yo no me acuerdo. El tipo confesó que lo había hecho porque era una contradicción que siendo la estatua de la libertad estuviese encadenada. No estaba tan loco.
No sería el primer encuentro con la locuacidad tucumana, porque para charlas de andar por la calle las tuve de todos los matices e intenciones. Hasta una mujer que pedía en la catedral me relató una batalla tártara con tal de que le dejara una moneda, la pobre. Pero volvamos a la historia.
De movida, se llamó "San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión" el asentamiento que en el sur de la provincia legitimó el Capitán Diego de Villarroel por mandato de su tío, el gobernador Francisco de Aguirre. Lo hizo un 31 de mayo y era 1565 cuando en Ibatín y sobre la ribera del río del Tejar, este enclave -necesario en la consolidación de la ruta entre el Río de la Plata y el Alto Perú- se cimentó.
Claro que en ese lugar la gente vivía de penuria en sobresalto; cuando' no eran las inundaciones con sus secuelas de enfermedades, eran los belicosos diaguitas. Por fin el rey Carlos II de España dio el permiso para que la ciudad se trasladara a la margen derecha del río Salí, su actual emplazamiento, lo que se concretó entre el 24 y el 29 de septiembre de 1685, por orden del gobernador Fernando de Mendoza y Mate de Luna.
Por años no aconteció en esos pagos -cuya gobernación comprendía San Miguel, Santiago, Catamarca, Salta, Jujuy y La Rioja- más que un crecimiento paulatino y tranquilo. Edificaciones pomposas se alternaban con la humildad del adobe, más allá de la "urbe" fueron despuntando chacritas y así hasta el siglo XIX. Pero ya romper lanzas con España significó un gran revuelo.
Nadie quedó sin participar activamente en la Batalla de Tucumán -1812- librada en el Campo de las Carreras -cerca de la actual plaza Manuel Belgrano, el héroe de esa contienda- y bajo la protección de la Virgen de la Merced. Hay frescos en las paredes de la iglesia de la "Virgen generala" que rememoran los días sangrientos de la derrota española, como páginas coloreadas de un viejo libro escolar. Esas representaciones naif encierran tanto fervor como los severos relieves en bronce de la declaración de la independencia -otra obra de Lola Mora- que se aprecian en la que fuera la residencia de doña Francisca Bazán de Laguna, escenario de la jura en aquel no tan lejano 9 de julio de 1816.
A mí las columnas torneadas de la casita de Tucumán me recuerdan el repulgue de la empanadas. Me pasa desde los días de la primaria, cuando tenía que dibujarlas y daban un trabajo bárbaro que no quedaran torcidas, pero igual quedaban torcidas. Después llegaba la fecha patria, comíamos empanadas a parvas y antes de morderlas le dedicaba un pensamiento a la entrañable casita. Esta vez, después de añares de no pasar por San Miguel y frente al blanco inmaculado que luce la histórica sede, la analogía volvió a mi memoria. Así que para completarla nos fuimos con Néstor a comer un par de este rico "invento" norteño con una cerveza helada.
San Miguel acaba de ser declarada Ciudad Histórica gracias a la gestión de Adolfo Nicolaus, director de la Oficina de Turismo de la Ciudad, que además es contador y cuentista. Tal cual. El hombre cuenta cuentos y quienes lo conocen dicen que no hay veladas más desopilantes que las compartidas con su humor inagotable. El logro de un reconocimiento oficial al patrimonio tucumano está bien, pero Nicolaus no la tiene fácil. Uno se pregunta cómo van a hacer para que ese cogollito histórico permanezca a salvo del caos urbano que invade el centro.
En la ecléctica catedral -frente a la plaza de la Independencia- descansan los restos de varios prelados ilustres y del prócer general unitario Gregorio Aráoz de Lamadrid, y se guarda la cruz de madera fundacional. Además de este recinto neoclásico, otras arquitecturas surgieron entre mediados y finales del siglo XIX. A pocos pasos, la iglesia de San Francisco -recuerda a sus homónimas salteña y catamarqueña- se levanta en un lugar donde supo estar el templo y colegio Santa María Magdalena, de la Compañía de Jesús, que tras la expulsión de los jesuitas y un breve paso de los dominicos, lo tomaron los franciscanos y lo reconstruyeron.
En el solar que perteneció al gobernador José Frías pervive la casa -pegada a la de Gobierno- que ocupara su hija Lastenia con su marido, el doctor Angel Cruz Padilla. Piezas talladas de diversos orígenes, un rico mobiliario europeo, pinturas y un nutrido número de objetos del arte chino, se exponen en los cuartos de esta "casa chorizo" donde el adobe resiste los embates del tiempo, restauraciones mediante. La arquitectura responde a la vertiente italianizante de la época y es la única muestra que queda en esa calle; incluso ahí supo estar aquélla en la que nació el doctor Juan Bautista Alberdi.
A la vuelta de la esquina, el Museo Folklórico Manuel Belgrano es claro ejemplo de vivienda poscolonial que perteneciera al obispo Colombres, donde falleció en 1859. Manzana de por medio, la iglesia de Santo Domingo, o basílica de Nuestra Señora del Rosario - erigida por los dominicos- alberga una imagen cuzciueña de la Virgen del Rosario, la más antigua que posee la provincia.
La residencia del gobernador José Manuel Silva, lo fue también de su nieto Nicolás Avellaneda y ahora es Museo Histórico. Se la ubica fácilmente, con el frente en color terracota, a escasos 50 metros de la catedral. Conocida como la casa de las cien puertas, aquí se luce la tradicional estructura "a patios".
El edificio de la Legislatura, la iglesia de las Hermanas Dominicas, la morada solariega del obispo Colombres (que está en el parque), también están en la lista de las arquitecturas del XIX. Con el ingreso al siglo XX el esplendor de Tucumán siguió sumando ejemplos de estilos variados hasta el período art déco, expresado en la esquina de Junín y San Martín. Por su parte, la fachada del siempre activo Centro Cultural Alberto Rougés, el jockey Club, el ex Banco Provincia, el Hotel Plaza, acusan con más o menos énfasis el academicismo francés.
En los espacios tucumanos con destellos del buen hacer artístico no hay que olvidar la plaza Alberdi, con un conjunto escultórico dedicado a Juan Bautista -otra obra de Lola Mora-, doctor en letras e hijo dilecto de la ciudad. Enfrente a esta plaza, la estación del ferrocarril Mitre es otro exponente edilicio de fines del siglo XIX.
La última mañana la dedicamos a la Fundación Lillo. En el lugar exacto donde el sabio Miguel Lillo vivió (1862-1931), entregado a su gran pasión, la Naturaleza, no pudimos menos que embobamos con el legado de valiosas colecciones del mundo animal y vegetal. Un museo de zoología, salas de biología, geología y paleontología, amén de una increíble biblioteca y un parque que reúne una apreciable colección de botánicas autóctonas, son las piezas primordiales del universo Lillo, cuya tumba se guarda entre las frondas del jardín. Imperdible es poco decir.
Pipones de "baño científico", Néstor y yo nos fuimos derechito al Grand Hotel relamiéndonos con el aire acondicionado de nuestros cómodos cuartos con vista al Parque 9 de Julio. No es fácil trabajar en la capital tucumana con sofocos que a finales de febrero pasaban los 40°: simplemente era imposible. Pero a la tardecita, otro gallo cantaría: duchaditos y emperifoliados partiríamos rumbo a Yerba Buena, barrio residencial donde se concentra toda la movida nocturna de los tucumanos.
En las afueras...
A tiro de piedra de San Miguel se suceden pueblitos y costumbres para descubrir en cómodas escapadas de medio día. Desde ruinas jesuíticas a mercados de trueque, desde las artes plásticas a los dulces caseros.
Yerba Buena
A sólo 12 km, por la R302, este suburbio chic tiene la virtud de estar a tiro de la ciudad y a resguardo de todos sus inconvenientes. Otro aire. Es más fresco por empezar. Arboledas, casas bajas, un golf y un tiempo de siestas sin culpa y noches que arden de gente hasta la madrugada. Sépalo de una vez por todas: la movida tucumana está acá. En todas sus expresiones.
El cotizado pintor Luis Lobos de la Vega -alias Lobito, 91 años, sigue componiendo sus magníficos impresionismos norteños vive aquí "desde siempre, porque yo llevo una vida monótona; me casé a los 41 años, todavía sigo con esta maravillosa mujer -la señala-, pinto, y ya está, mi vida es muy simple". Su talento no estuvo ausente en Expoarte y artesanía 2000, la primera muestra que reunió a un importante número de creativos de Yerba Buena, organizada por Marta Carrasco y Lucía Fagalde, dupla imbatible que ya está trabajando para la siguiente edición.
Lules y Famaillá
Al sur, por la R301. Antes de cubrir los 20 km que llevan al pueblo de Lules, a la derecha de la ruta, aparecen, campo adentro, las ruinas jesuíticas... Son una ruina. ¡Qué pena! Las obras de restauración están detenidas hace un año y medio y Norma Contreras, que hace una década está al cuidado de este patrimonio olvidado, no puede esconder su desasosiego: "las lluvias están dañando lo poco que queda y con los trabajos sin terminar, los turistas no vienen". Respira hondo la diminuta tucumana y relata que "el asentamiento es de 1613, el más antiguo después del de Córdoba."
La iglesia -paredes de casi un metro de espesor- es un entramado de andamios, con un altar de quebracho blanco hecho de piezas encastradas y un San José también de madera, pero revestido con yeso para que no se deteriore. Detrás del altar, está la entrada al túnel que en realidad "son dos: uno que conduce a los cerros y otro a San Miguel, a la iglesia de San Francisco", tapado en el `75.
Al lado del templo, los restos de lo que fueran los claustros, confirman la observación de Norma Contreras: se están viniendo abajo. En un rincón, un arbusto recuerda que "ahí descansó Belgrano después de la batalla de Tucumán: se creyó derrotado y le vinieron a anunciar que no, que había ganado, era 1812. Y en 1814, San Martín durmió aquí, en su camino al norte para relevar a Belgrano en la posta de Yatasto. Desde 1800 este lugar fue la Posta de San José y en 1878 llegó Lastenia Blanco, la primera maestra de la zona, "trabajó hasta 1911 y está enterrada debajo de la palmera", ahí, junto a la entrada de la iglesia.
El Cadillal
26 km por la R9 y la 347. Nada parece alterar la calma en este pago vecino a la capital tucumana. El señor Armanini trasegaba arrope de una gran olla a botellas recién lavadas cuando llegamos a su casa. Su mujer, Sara, tiene fama de buena "dulcera" y nos mostró orgullosa las últimas creaciones: dulce de naranja con rulos, mermelada de mandarina, y excepcional chutney de morrones que dignifica cualquier carne fría. Acá, toda fruta que Natura nos da puede terminar en un frasco: 25 variables y una producción diaria de 120 kilos que mantiene su buena calidad desde que empezaron, hace seis años.
-¿Y el dulce de sandía?
-No, ya no lo hacemos porque la gente desconfiaba... No tuvo éxito.
Snif. Pero por suerte las tentaciones sobran y entre cuaresmillos, limas, cayotes, quinotos y zapallos, la sándia quedó olvidada.
El Cadillal es una villa de lo más tranquila, con calles empinadas, mucho verdor, casas holgadas y el dique Celestino Gelsi, que inventa el agua necesaria para que los habitantes se sientan completos. ¡Ni los Armanini se privan de practicar alguna actividad náutica!
A Simoca
50 km por la RN38. La entrada al pueblo se anuncia con el monumento al sulky, síntesis inequívoca de lo que allí sucede: los lugareños llegan en este medio como ya es tradición, para celebrar su feria semanal al aire libre en la que no faltan chanchos vivos ni yuyos brujos ni tortillas al rescoldo. Un ambiente colorido y bullicioso que es puro clamor popular.
Cigarritos de chala, especias, la facha insuperable de los quesos, artesanales sin vueltas. "Este todavía no cuajó, en un ratito va a estar listo para que se lo pueda llevar", nos advierte la vendedora. En una camicería probamos arrollado de chancho, versión local del queso de ídem. En cambio el bolanchao-unos cascotes grisáceos- es una incógnita. "Se hace con mistol", nos dicen, y tomo nota: frutita roja silvestre, se muele con harina de maíz tostado. Más que comer, se chupa el bolanchao, que se apila junto al dulce de higo de tuna. Hay parvas de panificaciones norteñas en las que no faltan los pastelillos, ni el pastel de novia con su jugoso relleno de pollo con orejones. Un manjar.
El trueque y compra-venta de animales vivos "por bulto" -o sea, sin pesarlos- es ley en Simoca. Cada tanto oíamos chillar un marrano, como en la fiesta de San Martino. "Para San Martino mata tu cerdo y bebe tu vino", sentencia el dicho gallego. Ahora ya sabe el sentido de "a todo chancho le llega su San Martín".
El sol nos achicharraba los sesos, nos licuaba el cuerpo. El mundo ardía a finales de febrero, mezcla de infierno con sauna, pero nosotros, como si nada. Por último, elegimos una mesita a la fresca -es un decir- de los techos peludos en uno de los tantos ranchos que hay dispuestos a alimentar a puro tamal, chorizo largo y flaco de cerdo, ensalada... Pese al esfuerzo por no llevarnos el mercado puesto, terminamos acarreando dulce de higo de tuna, pan de chicharrones, mixturas de yuyos, un short de baño, queso... ¿Simoca? Para yepetirlo.
Me pierde le camino
que sube en zigzag a Villa Nougués, entre monte y sombras hasta los 1.250 metros de altura. Me pierde descubrir las orquídeas que viven agarradas a los troncos húmedos de los árboles, y me pierde mirar el mundo desde Vila Lolette, la casa-hotel de los García Hamilton que allá arriba recibe con mucho savoir faire. La villa sigue igual a sí misma, con el pulso relajado que el calor impone por naturaleza. A un lado la iglesia, al otro la hostería de los Terán. Casonas aquí y allá.
En Vila Lolette dan ganas de eternizarse, dejando que las horas se vuelvan días. Pero esta vez sólo nos quedamos a comer, rito que aquí sigue siendo un placer: los pastelitos de pollo con hongos son decididamente deliciosos y el flan, un pecado venial difícil de empardar. Después partimos raudos para San Javier.
La urgencia tuvo que ver con los parapentes: estábamos en la terraza disfrutando de los últimos bocados cuando pasó una vela fucsia a dos palmos de nuestras narices casi raspando la copa de los árboles. Después apareció otra y otra. El cielo azul estaba lleno de gente que volaba. ¡Qué ganas de estar ahí arriba pajaroneando! ¿Seguiría Sergio Bujaza-alias la hiena- al mando de esos locos lindos? Pronto lo averiguaríamos.
Al llegar a Loma Bola -la pista de lanzamiento- había velas desparramadas en el pasto y una banda de jóvenes en plena acción; algunos salían y otros aterrizaban. El encuentro con Sergio y su troupe fue muy simpático, y por supuesto que este fanático maestro sigue firme frente a la movida. "Si te volvés para San Miguel, te llevo; sería un vuelo cortito porque tengo que estar en la ciudad en un rato... ¿Te prendés?" -me tentó la hiena-. Pero, ay, con mucho dolor de alma dije un no chiquitito: debíamos seguir. "Será para otra vez -dijo Sergio-, yo me largo porque se me hace tarde." Se acomodó el arnés, tensó la vela, dijo chau y salió volando.
Continuamos rumbo al norte, inmersos en el paisaje montañoso, verde y solitario. En el horizonte se perfilaban las Cumbres del Taficillo. Volveríamos a hacer este camino dos días después con Nicolás Paz Posse -un divino de 23 años, natural de Raco, que organiza cabalgatas muy interesantesquien nos ilustraría sobre cada pedazo de este remanso natural. "La cumbre que despunta por encima de las demás es el Cabra Orco, tiene unos 2.800 metros; orco quiere decir cerro." A los lados de la ruta Nico también nos marcaría un par de "poleras" -lugar de práctica de polo- y haras donde crían los caballos para este deporte.
Con Nico fuimos a la fábrica de quesos La Tuquita de Juan Carlos Perea, que aparece a la derecha del asfalto, un poco más adelante de la bifurcación que conduce a Raco. Vimos las cabras, los corrales, el tambo, y el espacio al aire libre donde el rebaño ramonea a gusto. Con la leche de estas cabras se elaboran a diario quesos que se pueden comprar ahí, o bien rastrearlos en la zona. Al lado hay un restaurante -ahora concesionado- donde los sirven. Ese día el calor era infernal, así que preferimos instalarnos bajo un árbol a picotear quesitos y saborear empanadas.
Muy agradable. Después, hacia el suroeste, directo a Raco. Yaco, dicen los tucumanos. Tiene música de Yupanqui el pueblito, porque sus calles llevan el nombre de sus canciones, en recuerdo del exilio que don Atahualpa vivió aquí. En un pestañear ya no quedó nada por ver hasta que el paisaje se abrió para revelar ondulaciones salpicadas de casonas, algunas de muy antigua data; aguas que siguen su curso, árboles por todas partes, caballos por ahí... En esta zona brotaron algunas estancias después que el capitán español García Medina donara las tierras a los jesuitas, en el siglo XVII. En su versión aggiornada, Raco es refugio apaciguador del calor estival, como bien lo subrayan las nuevas propiedades con sus piletas.
Sin un límite evidente, a Raco le siguió El Siambón. Pocas casas, una estación de servicio donde venden empanadas de cayote y gaznates que son una perdición, el Siambón Country Club -cancha de golf y un hotel tirando a alicaído-, una casa de retiro espiritual para religiosas, el monasterio Cristo Rey de los benedictinos y paré usted de contar.
El interior de la iglesia, despojado en extremo, nos recibió con misa cantada a capela y en latín. En total no había más de diez parroquianos, contando un par de monjitas. En el altar, la figura del padre julio Gotelli, italiano de barba blanca, delgado y fuerte, destacaba especialmente; su voz sonaba poderosa y dominaba en el ambiente con una pureza que erizaba la piel. Afuera, la tarde declinaba en una profunda quietud serrana.
Seis kilómetros al sur de El Siambón, se terminaba el asfalto del único camino que permite enlazar con la R301 para volver a San Miguel. Lo que seguía era un barrial intransitable. Así que después del toque místico, simplemente desandamos lo andado de vuelta a la ciudad, iluminados de luz crepuscular.