Revista LUGARES Nro. 97
Pág. 85 - 87
Por: Archivo Lugares
Fotos: Nacho Calonge
REVISTA LUGARES
SAN PEDRO
Hace exactamente un año, las tranqueras de esta estancia se abrieron para recibir huéspes. Queda campo bien adentro y los 35km que de Tapalqué al casco conducen, son un rosario de sembrados y arboledas que da gusto recorrer.
Si es amante de los pájaros, la observación y captura fotográfica en continuado le ocupará todo el trayecto: hay tal cantidad y variedad de aves que corre el riesgo de no llegar nunca a la propiedad de María José Eyherabide y Daniel Cuello. Pero lo logrará y se sentirá feliz por ello: la casa es grandiosa y el espacio que la contiene, un derroche de eucaliptus que trazan sendas e inventan boscosidades plenas de serenidad. Suman 80 mil (como lo lee) y los hizo plantar don Pedro, padre de María José e hijo de aquel Pedro Eyherabide, vasco francés oriundo de Saint Etienne de Baigorri, cuyo apellido significa camino del molino.
La estancia data de 1903 y llegó a tener siete mil hectáreas. En principio, el lugar sólo se usaba para la cría de caballos de carrera, pero después se añadió la de ovejas, que sumaron más de 60 mil. Hoy son 700 las hectáreas que rodean el casco original, donde pastan las vacas y funciona un tambo dedicado a la elaboración de masa para mozzarella -que venden, por supuesto- y quesos para consumo propio.
La siembra del girasol confitero (el que se come), amén de maíz y sorgo -dos alimentos para el ganado- es ley en estas tierras. Hay un monte pródigo de ciruelos, perales, manzanos, membrillos... E incontables moreras cuyos frutos también renacen transformados en dulces, halagos para el desayuno.
Recorrer la propiedad entera en brek, demanda más de tres horas, instructivo entretenimiento que enseña al visitante a mirar el entorno con otros ojos, al ritmo de un tiempo que ya fue. Como muestra, basta con andar por la pista de vareo, llegar hasta el tambo y los establos para tomarle el gustito al paseo. Los reacios al transporte con tracción a sangre hacen lo propio en Jeep. Y, claro, están los caballos, siempre listos para un galope hasta una laguna de 30 hectáreas que se guarda en la estancia, o por donde le plazca al jinete.
Hay faisanes de varias suertes que se dejan ver en las inmediaciones del galpón. Son éstas criaturas muy altivas que presumen de un plumaje vistoso, bellísimo, y de un carácter violento; tan malas pulgas tienen que lanzan picotazos cuando alguien se les acerca demasiado. La piscina añade un atractivo más al parque, donde además señorea un molino muy especial diseño Eiffel, del que sólo hay tres en la Argentina, y todos están en la provincia de Buenos Aires.
Cuando el buen tiempo lo propicia, es costumbre de los anfitriones poner mesa a la sombra de un gigantesco magnolio, cercano al molino, cuyas ramas llegan al suelo de tan ubérrimas; el placer de comer un asado bajo esta fresca que induce al relax y a eternizar las sobremesas, es inigualable.
La casa mantiene intacta esa estampa orgullosa con que despuntó en 1911. Se construyó por mandato de doña Josefa Irigoyen -natural de Iruñeta, Navarra-, esposa de don Pedro padre. Arriba están las dependencias para uso exclusivo de la familia, mientras que la planta baja es territorio de los visitantes, encantados de hacer fiaca junto a la gran chimenea, hundidos plácidamente en sus sillones.
A una hora de la estancia se pueden visitar las lagunas Blanca Chica y Blanca Grande, y el arroyo Tapalqué -ya que estamos- con su balneario de piedra. Pero, a quién le importa lo que puede haber fuera de este privilegio.