Revista LUGARES Nro. 69
Pág. 92 - 101
Por: Rosana Acquasanta
REVISTA LUGARES
SANTIAGO DEL ESTERO
Santiago del Esteeero?, exclamaron algunos. "Aparte de las termas de Río Hondo no hay nada", dijeron otros... A mi juego me llamaron: buscar aquello que no se ve. La Nada precisamente.
Conducía por la ruta 9 después de dejar Córdoba en un amanecer impecable. Me faltaban más de 400 km para llegar. Atrás quedaban las últimas ondulaciones del camino que corre entre las sierras de Sumampa y Ambargasta. A partir de aquí el mundo se volvió una planicie.
Santiago del Estero no me atrajo a primera vista. Llegué a amarla sólo dándome cuenta de que el paisaje está dentro de la gente. Para eso primero me puse al día con su historia y después dejé que mi imaginación volara: así logré incorporar el ritmo del lugar, los sonidos, la pasión por la música, la pasión por su arte, el innato sentido del humor, el hablar cristalino y puro. Cada santiagueño es un Director de Turismo del lugar donde vive. Por eso a esta tierra hay que escarbarla a fondo, meterse dentro.
La Madre de Ciudades.
Mi primera impresión de la capital fue de caos, saturada de cables, de gente, bocinazos, un desorden de bicicletas y motos. Para colmo el cansancio lo magnifica todo. Necesitaba un oasis con urgencia. Oasis: aire acondicionado, una cómoda cama, una buena ducha, una pileta, una rica comida.
Desesperada, busqué la mayor cantidad de estrellas en un folleto que conseguí en la municipalidad. El Hotel Carlos V fue mi salvación. "Santiago es espectacular", me dijo Graciela Paladea, del departamento comercial del hotel, una santiagueña que me abriría una de las puertas a esta provincia desconocida.
Santiago del Estero es la ciudad más antigua de la Argentina. Fue fundada por Francisco de Aguirre en 1553 a orillas del río Dulce; en ese entonces dependía de Santiago de Chile hasta que en 1563 pasó a integrar la gobernación de Tucumán. Más tarde partirían desde aquí las expediciones fundadoras de Salta, Jujuy, Catamarca, La Rioja, Tucumán y Córdoba. Con esto ganaría el buen nombre de Madre de Ciudades.
Se dice que cuando llegaron los primeros españoles, habitaban en las márgenes de los ríos Salado y Dulce aborígenes tonocotés, sanavirones y lules. Etnias bien diferenciadas entre sí, por cultura y estilo de vida, pero hermanadas en el cultivo del maíz, cuando la tierra todavía era fértil y estaba cubierta de bosques.
Entre las crecidas del río Dulce, saqueos, incendios y algún terremoto, de la arquitectura original de Santiago nada quedó. Su nuevo período edilicio comenzaría recién a fines del siglo XIX. Absalón Rojas, gobernador entre 1886 y 1889, es considerado el refundador de la ciudad por sus importantes obras a favor de la modernización.
La Plaza Libertad es el ombligo alrededor del cual se encuentran los hitos más relevantes. El Museo Histórico de la Provincia, Dr. Orestes Di Lullo, funciona en la casona más vieja de la ciudad (1820), con sus amplias galerías, dos patios internos y nueve salas que hilvanan los aconteceres santiagueños. Mi guía fue Luis Garay que es sinónimo de museo, un erudito de pies a cabeza. A dos cuadras está el Museo de Ciencias Naturales y Antropología Emilio y Duncan Wagner. Sería imperdonable pasar por alto esta grandiosa colección arqueológica. Tiene once salas el museo y constituye uno de los más valiosos en su especialidad.
En lo religioso, Santiago es una cantera. No en vano también se la denomina Madre de Iglesias. Pero yo sólo visité el Convento de Santo Domingo -que guarda en su interior una réplica del Santo Sudario, obsequiada por el Rey Felipe II a Santiago del Estero y traída por los jesuitas en 1585- y la Catedral Basílica Nuestra Señora del Carmen, que fue la primera diócesis del país. Mi interés, en esta ocasión, lo focalicé más en el aspecto histórico y antropológico.
Primero fueron indígenas
Con la dominación española, decretaron llamar indios a todos por igual. Las comunidades indígenas fueron reorganizadas en Pueblos Indios -fines del siglo XVI- mediante ordenanzas virreinales, en un proceso llamado de indianización. Sujetos a la autoridad eclecial, esos pueblos se nuclearon alrededor de alguna capilla. Santiago llegó a tener unos 37, que serían el sostén de la región gracias al obraje de paños (tejidos), la agricultura y la ganadería, y subsistirían mucho más allá del período de la colonia.
Pero ya muy fusionados con el español y con el negro, a quien las mujeres indias preferían para formar familia, porque el hijo de esa unión, que era zambo, aunque pertenecía a la categoría social más baja, era libre y por lo tanto no pagaba impuesto: no nacía ni esclavo ni indio. Las poblaciones de Barrancas Coloradas, Atoj-Pozo, Pitambalá, Mula Corral, Sumamao, Manogasta, son vestigios de esa vieja estructura colonial. A fines del siglo XIX, inmigración y ferrocarril producirían una nueva transformación.
Surgió el comercio y con él fueron surgiendo nuevos asentamientos a la vez que se despoblaban los existentes. Por eso Santiago del Estero tiene una "geografía" duplicada: un eje lo trazan los ríos, que representa la antigua distribución, y el otro lo trazan los ferrocarriles, que es la nueva realidad inaugurada en 1880.
Artesanos del alma
José Froilán González. Un patio con un gran algarrobo, bajo su sombra se dispersan troncos de ceibo, cueros colgados. Froilán es hombre de rasgos fuertes, todo sonrisa. Hace 38 años que construye bombos. Corta ceibos adultos, por lo menos de 25 años. Es una madera esponjosa, fibrosa y muy húmeda. Por eso cede. Después los nivela y les da con el hacha un formato liso por fuera.
Golpeando la gubia con una maza cava el interior del mismo. Comienza por un lado, lo da vuelta y sigue del otro lado. Lo trabaja en forma de embudo. El espesor en bruto queda de 2 cm. Para que el instrumento suene bien no alcanza con la calidad de la madera. También hay que tener unos buenos parches: "El cuero es de cabra u oveja y en lo posible nonato. Porque a medida que el feto crece, el cuero se espesa. Y de eso depende cl sonido, si no sería muy latoso, muy alto el tono", comenta. Hasta los palillos poseen su secreto. Todo un arte. Sus bombos dan vueltas por el país, pasan las fronteras, llegan hasta Bruselas, Hamburgo, París.
Selva Contreras. Hace 30 años que trabaja la chala. Con voz suave me aclara que "estos muñecos se conciben de generación en generación, yo he seguido este legado". Sus figuras representan la femeneidad. La vestimenta alude a las abuelas y bisabuelas en diferentes actividades, típicas de la zona. Para Selva la chala tiene un misterio. Le encanta su textura y la maneja como una tela.
Le gusta el movimiento, por eso las muñecas reflejan diferentes momentos del trabajo de la mujer del monte. Además diseña pesebres, la sagrada familia, la adoración de los reyes magos y pastores. Los pequeños personajes son de una belleza especial, mezcla de dulzura y elegancia. En la ciudad de Rottemburg, Alemania, existe un museo exclusivo donde se exponen los mejores pesebres del mundo y desde hace tres años cuenta con uno de los de Selva.
Javier L. Paz. Metido en el revuelto taller, ajeno al mundo exterior, cubierto de aserrín, rodeado de maderas y de guitarras, se encuentra este luthier de 75 años, único en su oficio. Con un hablar tranquilo, me cuenta del pino abeto, de la caoba de Brasil, del arce, del jacarandá, del algarrobo, de la quina, del nogal, y de la influencia que éstos tienen en la sonoridad. "Las maderas que mejor sonido dan son el jacarandá y la quina, son para guitarra de punteo de madera dura. Para una de acompañamiento se usa una más blanda, como el nogal o el algarrobo". Guitarras, violines, arpas, mandolines, bandurrias, charangos, entran y salen para recibir algún retoque de don Javier. Con orgullo resalta que las guitarras que él hace "aguantan el calor, se adaptan al clima, no como las que venden en Buenos Aires que en el verano mueren porque son de madera terciada, enchapadas." La de jacarandá es la más cara y la más difícil de conseguir. Sus guitarras están esparcidas por todo el país.
Las tejedoras
Me había propuesto llegar a pleno monte y Rodi Villagra se prestó a ser mi guía. Manejaba por un camino de tierra hacia Atoj-Pozo cuando vi a una viejita encorvada por el peso de sus bolsas. A partir de ahí cambié mi rumbo con la única intención de dejar a doña Blanca en su rancho. Inmenso y bello, con la tierra quebrada y las diferentes formas de cactus dispersos aquí y allá, el monte me regalaba un paisaje diferente del que venía viendo. Varias veces la mirada de doña Blanca se fijó en la mía: silenciosa, atávica, sufrida. Esa mirada me haría volver a Santiago dos veces más. Mate y tortilla fue su forma de agradecerme por haberla dejado en su pequeño rancho. Después nos metimos por Charquina hasta el Bajo Chico, para dirigirnos a La Blanca. Paramos en lo de Juana Ibañez de Altamiranda. "No, yo ya no quiero tejer más, no tengo ni el telar armado, la Amalia puede ser que tenga algo". Al rato estábamos en lo de Amalia de Ramírez que tenía desplegado su telar en el patio de su casa. Con cuatro palos y una chapa lo cubría de alguna lluvia traicionera. Ahí nomás llegó el mate, y sentadas alrededor del telar se armó un diálogo muy interesante. "No tiene salida nuestro trabajo y eso a uno lo desgana", admitió Juana. "A nosotras no nos gusta tener un intermediario, a la plata no la ves más y menos al tejido. Esto nos crea una desesperanza muy fuerte. Ya hace un año que no sabemos nada de nuestras mantas. Así a uno no le dan ganas de trabajar".
A ritmo del telar de Amalia, hablamos de esquilar la oveja, lavar e hilar la lana, hacer el ovillo y luego el torcido. Lavar la lana nuevamente y hervirla para sacar el olor de oveja y la grasa, para concluir con el teñido y volver al ovillo. El color lo sacan del algarrobo, el mistol, una planta que se llama pata... Y también con la yerba mate y el hollín que queda pegado en las paredes de la cocina.
Hasta que se urde pasan entre 20 y 30 días, y recién ahí se puede empezar a tejer. "Hay que seguir la simpleza de las líneas que nos muestra día a día la propia naturaleza, especialmente en esta tierra en la que hemos nacido y que no cambiaría por nada en el mundo. Me gusta el monte", subraya Amalia. Antes de irme le encargué a Juana que me hiciera una manta de un color verde; de ese suave que se ve en las plantas. Saqué $50 y se los di. En mi segunda pasada por Santiago, su marido le había armado un telar nuevo, de una linda madera trabajada con su hacha. Juana había retomado el tejido.
Seguimos camino hasta Atoj-Pozo, un atardecer de película se extendía por todo el desierto. Pasamos por lo de doña Eudocia Del Valle, tejedora de ruanas y ponchos; descubrimos una capilla escondida en Shispi, y llegamos hasta Garciano donde viven Mirta y Hugo Villavicencio con ocho de sus once hijos, todos cumplen una función en el telar. Aquí la historia se repetía: hace un año que esperan saber sobre el destino de sus tejidos y mantas.
Santiago, patio adentro
Mi viaje terminó donde había empezado: en la ciudad capital. Y fue con guitarreada, un asunto muy de las casas, de los amigos o de los bares. Invitada al cumpleaños de Vitillo Avalos, viví dos noches de folclore puro. Se lo debo al Gringo Bravo Zamora, considerado uno de los mejores bombistos de Santiago. Me quedó grabada la fuerza de Mariano Paz entonando Aunque Charqui, la dulzura del Canqui Chazarreta en Mujer Santiagueña, el sentimiento de Alberto Paz y Perico Rodríguez en La Amorosa. Tres zambas de aquellas. Y por supuesto no faltó la chacarera. Este ritmo tiene algo con este pueblo que lo hace bailar hasta el amanecer.