Revista LUGARES Nro. 64
Pág. 50 - 55
Por: Rosana Acquasanta
Foto: Carolina Aldao
REVISTA LUGARES
SIERRA DE LOS PADRES
Son apenas un puñado de calles irregulares que se curvan en el sube y baja del terreno escarpado, y casi todas tienen nombre pero no apellido. Calle Arturo, calle Gabriel, Juan o quien sea. Deduje que tendría que ver con la identidad de los jesuitas, los primeros habitantes del lugar.
Pero no bien expuse mi teoría, me fue desestimada por un lugareño -nada que ver- alegó, aunque tampoco me supo explicar por qué razones entonces, si no son las religiosas, puede un nombre propio ir por el mundo sin apellido que lo sostenga. Ni idea, fue la respuesta y ahí terminó todo.
Dentro de la Reserva Integral Laguna de los Padres y a unos 500 metros de la RN 226, está el Museo Tradicionalista José Hernández, que funciona en lo que fuera parte del casco de la antigua estancia Laguna de los Padres (1882), vasta propiedad de Eusebio Zubiaurre. Declarada de interés patrimonial por la Municipalidad de General Pueyrredón, la casa principal consta de tres cuerpos, con planta en U, sistema de doble galería (interna y externa), en las que se reparten ocho salas de exposición permanente.
Pisos y decorados son los originales. Los objetos indígenas, armas y elementos de trueque fronterizos, instrumentos rurales, material fotográfico, mapas y documentos de las primeras estancias regionales, además de mobiliario, vestimentas, etc. a partir del siglo XVIII, componen los atractivos del museo. La única relación entre la ex estancia y el autor del Martín Fierro, es su paso ocasional por la propiedad en los años en que su padre realizaba trabajos allí y solía acompañarlo.
Fue gracias al golf que los habitantes de Mar del Plata se decidieron a mirar hacia ese paréntesis inmerso en la placidez rural. El paisaje escarpado, el orden provechoso de los sembradíos, las arboledas ricas en pinos y eucaliptus y la frescura sin par de sus dos lagunas sedujeron a los hastiados del bullicio urbano.
Después del prolijo verdor de los greens, empezó como sin querer el despuntar de una casita de fin de semana por aquí, otra por allá, y al final, de tanto estirar el weekend, muchos terminaron quedándose a vivir en la calma chicha de las sierras. Hoy este ínfimo enclave cuenta con una población estable que no quiere saber nada con alterar el ritmo amable del tiempo y se da el lujo de imaginarse muy lejos del mundanal ruido marplatense.
Un ejemplo clásico es el de Enrique Guissani-49 años, contador oriundo de Pehuajó- quien se instaló en Sierra de los Padres hace tres años y participa de las actividades promocionales del Sierra de los Padres Apart Hotel & Spa, inaugurado en febrero del año pasado. Este hospedaje pertenece a don Osvaldo N. Lavia, otro personaje orgulloso de pertenecer al retiro serrano. El hombre se pasea sonriente por el hotel en bermudas, zapatos y calcetines, puro en mano, y saluda a cuanto huésped se cruza como si a todos conociera, imponiendo a ese refugio un ambiente muy familiar.
De spa, en sentido estricto, el hotel no tenía, al cierre de esta nota, más que el nombre. ¿Y entonces, cómo es que que ostenta esas siglas sinónimo de salud? Muy simple: a don Osvaldo le encantó que spa coincidiera con las iniciales del nombre del establecimiento. Y quedó. Convengamos en que tiene su gracia. Hay una pileta en el parque, sí, pero con eso no basta y don Osvaldo lo sabe.
Así que los planes de crecer con un espacio específico de hedonismos tal como los mandatos spa exigen -sauna, jacuzzi, masajes, terapias de relax y control de peso, etc.-ya están en marcha.
Mientras tanto, lo que sí funciona en serio y en concreto es el programa de actividades de campo que se coordinan directamente desde este hotel. Caminatas por las sierras, días de campo, más el plato fuerte de las cabalgatas. Todas estas propuestas son lideradas por Hugo Giménez, marplatense residente de Sierra que no disimula la autosatisfacción por vivir en libertad y a costa de lo que más le gusta: el campo y los pingos.
El y su mujer, Silvina Rosenthal (masajista profesional de caballos, suele prestar sus valiosos servicios en el hipódromo de San Isidro), los entrenan domándolos a la manera indígena, es decir, seducción mediante, ejerciendo lo que se denomina "doma racional sin violencia". Y los resultados saltan a la vista: animales dóciles, saludables, cariñosos al mango.
Lo comprobamos con Carolina el día que llegamos a la casa de Hugo & Silvina, un remanso campestre llamado El Benteveo, al que se accede por el camino Juan Manuel Bordeu, a tres kilómetros de la entrada a Sierra de los Padres, y después de pasar la llamada "quinta de los pavos reales": acá estas aves se pasean entre otros bichos domésticos, para atracción de todos los viajeros.
Así que fue llegar a El Benteveo, aspirar hondo esa exhalación de árboles frondosos que envuelve casa y potrero, y sin mediar relincho, se nos acercó trotando un potrillo que lo más pancho restregó su hocico contra mi espalda y cabeza en son de bienvenida. Muy enternecedor.
En este retazo del campo es donde se lleva a cabo el programa más que agradable de cansarse en el ascenso a la sierra de la Estancia Paitití, o Sierra San José, para volver a la hora justa en que un jugoso asado espera, a punto y crujiente, al amor de las brasas.
Las cabalgatas son bien tranquis, ya sea a la Laguna Brava por el día, ya sea la variable nocturna -cuando hay luna llena- con final gourmet de cena fría y champagne a orillas de la Laguna de los Padres. Otra posibilidad de a caballo es arrimarse a esta laguna en plan salida mañanera, pasando por la estancia La Esperanza, más inesquivable chanchán de asadito en el citado ex puesto de estancia.
Después, a dormir la siesta del chancho a la sombra del ciprés centenario, o de cualquier otra que prodigan las arboledas. Juegos campestres como bochas, taba y hasta una guitarreada si el ambiente se presta, son ahí, en El Benteveo, parte del disfrute.
Sierra de los Padres tiene un dignísimo mini zoo -El Paraíso- para gastar el día completo con los chicos, al aire libre y en donde la diversidad de vegetación constituye de por sí otro ítem de interés. Este micromundo cuenta con alguna que otra casa de té, restaurantes por supuesto y la excelencia de una cerveza artesanal que elabora Luis Alberto Ciantino en versiones rubia, rojiza y negra. Materia prima de ley, agua de napa profunda, toque marcado de lúpulo y tiempos insobornables en los procesos de elaboración, hacen de La Misión un loable ejemplo de bondad cervecera. Amén.