|
Revista LUGARES Nro. 42
Pág. 52 - 61
Por: Soledad Gil
REVISTA LUGARES
SIERRA SALVAJE
Los cardos punzan con su lila intenso el dominio amarillo de girasoles, trigo y pastos secos. Azuzan el viento frío, intimando a la geometría ondulada de Tandil y La Ventana, la zona con más "acción" orogénica de laprovincia de Buenos Aires. Los designios de ambas regiones se bifurcan en Azul casi en el cruce de las rutas 3 y 51. Para dirigirse hacia La Ventana, nuestro destino de esta vez, hay que tomar la 76 derecho, derecho, derecho...
La súbita interrupción del horizonte en manos de esos cerros oscuros es de por sí un beneficio. Entre tomadas y pendientes ocultas, Julie y yo conseguimos abrirnos paso con éxito hasta La Sorpresa, de Ana Olson. Su bisabuelo, Diego Meyer, llegó de Bremen a Bahía Blanca y su abuelo fue el creador de los primeros nueve hoyos de la cancha de golf de Sierra. A propósito, los golfistas no deberían omitir este circuito quebrado por naturaleza en el que profesionales y amateurs encuentran diversión. Por ser una cancha con poca gente, se mantiene en excelente estado y sin polución.
Hace tres años Ana sumó el turismo a la agricultura y la ganadería. Acondicionó cuatro habitaciones de la casa de su suegra una sueca aficionada a la pintura en madera que llegó de Escandinavia en los tiempos de su coterráneo Tornquist -el fundador del vecino pueblo- y desde entonces lleva a cabo grato alarde de hospitalidad. Además, los ventanales de La Sorpresa están estratégicamente ubicados frente al paisaje mejor forjado de la zona: sembradíos verdes, ocres, dorados y oscuras tierras aradas con paciencia que se rinden a los pies de cerros veteados y profundos.
Observar ese panorama desde arriba era una tentación irresistible, a la que cedimos al día siguiente. Por eso, el Parque Provincial Emesto Tomquist, que invita con sus rejas francesas de puertas siempre abiertas a escalar hasta el célebre Hueco, fue nuestro objetivo. En efecto, al revés que la Movediza en las sierras de Tandil (que un buen día rodó cuesta abajo sin caer no obstante en el olvido colectivo), la "ventanita" -mejor conocida como el Hueco- de Sierra de la Ventana goza de buena salud. Desde la cima de los 1.134 metros del cerro, la abertura tiene otras dimensiones. En realidad se trata de una cueva a la que se le cayó el fondo, dejando a la vista un marco de ocho metros de alto, cuatro de ancho y doce de profundidad. Aunque hemos de confesar que lo vimos en fotos, porque nos entretuvimos en el centro de interpretación y se nos hizo tarde (el ascenso está permitido hasta las 12 del mediodía). Sin embargo, dicen que el panorama desde arriba vale el esfuerzo semi-agotador de las cinco horas de ascenso. Una encuesta casera nos dio un sí unánime como resultado. Además, el sendero está super indicado, el Parque es visitado por unas 50 mil personas por año y entre decenas de pechitos colorados, picos de plata y un par de águilas mora, el éxito de la excursión está garantizado. Enseguida quisimos saber qué eran los "endemismos" a los que tanto se referían los locales. Para eso, fuimos en busca Fabricio, el guardaparques. El nos explicó que se llama endemismo a las especies vegetales y animales cuya distribución es sólo conocida en un determinado lugar, de modo que si se extingue allí, implica su desaparición irreversible de la faz de la tierra. En esa situación se encuentran unos 20 especímenes, en su mayoría del pastizal serrano pampeano, junto con la iguana de cobre y el sapito de la sierra.
Entre las especies invasoras introducidas, los caballos salvajes y los pinos son los principales desvelos del personal del Parque. Pero, claro, también ellos son parte de la naturaleza y la solución no es una regla de tres simple. Los caballos que empezaron siendo seis en los
`50 hoy son más de 600. El espectáculo de estampidas, nacimientos y potrillos -todos con crines y colas al viento- es bellísimo e indiscutible, pero no hace falta mucho para darse cuenta de que allí no hay jardinero, sino que son las tropillas a sus anchas las que ralean el medio que alguna vez compartieron con mulitas, yacarés, venado de las pampas y guanacos.
De todo esto hablamos mientras Fabricio nos llevaba por la Reseva Integral, a la que sólo se ingresa con guardaparques y en forma restringida. El circuito consta de 8 km en vehículo particular y una caminata para ver la Cueva del Toro, la naciente del Río Sauce Grande, las pinturas rupestres del alero Corpus Christi, decenas de aves y por supuesto, los conflictivos pero esculturales caballos. Otra alternativa, también guiada, es la Garganta del Diablo, un cañón interesante para los aficionados a la geografía serrana. Además del ascenso al cerro, son "autoguiados" los senderos hacia los Piletones (permitido hasta las 15 horas) y la Garganta Olvidada (hasta las 17).
Otra escalada posible y muy recomendable, fuera de los límites del Parque, es la del Cerro Tres Picos -el más alto de la zonacon 1.234 metros, espejos dé agua en la cima y un par de libros para que los visitantes firmen en la cumbre. El primero de ellos ya está más que amarillento, pero ambos constituyen un documento valioso y muy entretenido. Eso sí, no busque nuestras firmas. Esta vez no tenemos excusas: no fuimos porque nos dio una fiaca...
Al día siguiente, resolvimos que merecíamos un descanso. El intento fallido de subir a la Ventana nos había dejado extenuadas. Así fue que nos pusimos en manos de Marcela y Celia, de la estancia Mahuida-Co. Ambas son guías de turismo "importadas", pero felizmente radicadas en Sierra, como se conoce al simpático pueblo "capital" de la región.
En Mahuida-Co, sí que hay para entretenerse. Gerardo Wendorff, piloto y aventurero por naturaleza abrió las puertas a sus criaderos de llamas y ñandúes, los grandes bosques de robles, nogales y damascos que plantó su padre y hoy son dueños de una gloriosa sombra y dulcísimos frutos. Con los Wendorff en pleno -Teresa madre e hija, Sebastián, María y Santiago-montamos un picnic serrano de lujo. Llegamos como reyes, sin equipaje alguno y con una llama con alforjas made in USA que llevó toda la carga hasta la cima. Y allí nos instalamos a contemplar el panorama desde el espontáneo balcón serrano. Luego inspeccionamos los potreros donde ñandúes asoman sus cuellos curvos entre pastizales y conviven en sorprendente equilibrio con chivos negros de Camerún, saltarines antílopes, unos pocos ciervos y escasos guanacos.
Al otro día, no teníamos ya cómo evitarlo: el cuerpo clamaba por un poco de acción. Nos anotamos en una de las cabalgatas de Horacio Delgado. Los Delgado también vinieron en dulce montón: Marta, su mujer, y sus hijos Mara, Florencia y Hernán junto con Gastón -amigo de los Delgado- y Teresa Ramos Mejía, la mujer de Gerardo Wendorff y muy diestra jinete. Al final éramos un batallón, pero nadie habló mientras atravesábamos el campo de trigo maduro. Andábamos en fila y las patas de los caballos chirriaban sobre las espigas doradas, entonando una música seca, aguda e inolvidable. Cruzamos potreros gobernados por los mugidos de las vacas y llegamos hasta la subida que nos dejó a pocos metros de la meta. Recorrimos a pie el resto del trayecto hasta llegar a la cueva con pinturas rupestres, helechos y unas piedras perfectas para sentarse a recobrar el aliento. Después de una buena mateada y unas galletitas dulces emprendimos la vuelta, mientras los últimos rayos de sol abrazaban largamente las sierras.
Esa noche llegamos a Cerro de la Cruz, la estancia que Eduardo Ayerza compró en 1935 cuando enamoró del lugar. Allí montó la primera cabaña de polled hereford de la Argentina. En la puerta estaba Angélica, mano derecha de Gertrudis Marenco, quien dirige el destino del casco estilo inglés diseñado por Alejandro Bustillo en piedra y madera, a imagen y semejanza del entorno. Apenas cruzamos el umbral enmarcado por jazmines supimos que nuestra estadía iba a ser provechosa: amabilísimas las cinco habitaciones con baño privado, un gozo sentarse a la mesa donde desfilan las más ricas fórmulas de comida casera, un lujo el río privado donde arrulla la corriente el placer de la lectura. Además de las cabalgatas dentro de la estancia y la escalada al Cerro de la Cruz, el plan de actividad se completa con la pileta, la cancha de tenis y seguirle el tren a Gunter, el perro rottweiler de Gertrudis que con apenas un año no ha madurado lo suficiente como para cambiar el paso gentil por el galope irrefrenable.
Desde Cerro de la Cruz completamos el circuito. Dejamos para el final lo que alguna vez fue el principio: el Club Hotel Sierra de la Ventana, inaugurado el 11 de septiembre de 1911 en un paraje magnífico a 1500 metros del camping de Villa Ventana, la villa residencial que está ahí nomás de Sierra.
Su valor es meramente histórico puesto que lo queda es menos que una ruina. Sin embargo, admirar sus fotografías e imaginar una estructura de 173 habitaciones y 58 baños, mármoles y arañas implica comprender que la belleza de la zona estuvo clara desde el principio. Funcionó sólo seis años, hasta 1917, cuando Yrigoyen prohibió los casinos en todo el país. Reabrió en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, para albergar allí 330 tripulantes del Graff Spee que en poco más de dos años restauraron gran parte de las instalaciones. La heredera Sara Sangford ya lo había vendido al gobierno pero todavía no había comenzado la larga saga de saqueos que sufrió más tarde. El deterioro fue tal que estuvieron a punto de demolerlo varias veces. En 1980 fue adquirido por el Frigorífico Guaraní y comenzadas las anheladas tareas de reconstrucción. No por mucho tiempo: misteriosamente, la noche del 8 de julio de 1983 la historia del Ex Club Hotel Sierra de la Ventana ardió en llamas, y desde entonces su porvenir parece haberse extinguido junto con el fuego.
Sierra Chica, el castillo que construyeron los Tornquist en 1905 y El Retiro, de Floro Lavalle, una de las estancias originales de la zona, cuyo casco ilustra al pueblo desde antes que fuera pueblo, en 1904, son testimonios vivos de que el esplendor del Hotel no fue una ilusión. Más que una cuestión de mármol, es una cuestión de altura, de verde, de cardos floridos. Quienes todavía duden tienen una ventanita abierta allá arriba para asomarse y comprobar los encantos de la sierra.
|