Revista LUGARES Nro. 79
Pág. 70 - 75
Texto y Fotos: Soledad Gil
REVISTA LUGARES
TANDIL
El 29 de febrero de este año se cumplieron 90 años de la caída de La Movediza. Noticia suficiente para ver cómo anda Tandil tras casi un siglo sin la piedra. Mi colega Rossana Acquasanta tiene la teoría de que el diario local El Eco se las ha arreglado para mencionarla de alguna forma todos los días desde su aparición.
Lo primero que hice cuando llegué a La Protegida, flamante posada con vista a las sierras, fue hojear el diario: estaba por refutar la teoría de Rossana, cuando la joven gerente Yanina Massa me comentó que Tandil acababa de reflotar la idea -siempre vigente de volver a colocar la piedra en su lugar. Todavía no prosperó pero está confirmado: la Movediza es -sigue siendo- un icono tandilense que sobrevive hecho tres grandes pedazos a los pies del promontorio donde hacía equilibrio.
Ir a ver sus restos es parte del programa, como lo son las canteras de granito de las que salieron todos los adoquines de Buenos Aires; como los sala mines y los quesos; como las sierras en sí. Tandil es, a 336 km, la escapada más próxima que permite hacer el sano cambiazo de llano bienquerido, eterno e inundado, por contundente paisaje quebrado. Creer o reventar. Otra geografía provoca otros ánimos y la eficacia serrana está garantizada.
Eso sí: insistimos la última vez, y lo seguiremos haciendo. ¡Evite la Semana Santa! Entre su ubicación estratégica y el Via Crucis que organizan desde hace 25 años en el Anfiteatro del Parque Independencia, lo cierto es que no cabe un alfiler y el aspecto de la ciudad muta por completo.
Otra, en cambio, es la atmósfera durante cualquier fin de semana, incluso de los largos, ya sea recluido en el spa de lujo La Posada de los Pájaros, las estancias, hosterías o alguna de las cientos de cabañas que aparecieron en todas direcciones, y de variable categoría.
No es el caso de La Protegida. La posada de Juan Nazabal está puesta con todo. Llegamos de noche y la descubrimos con sus luminarias encendidas a full, el restaurante listo para la cena -abundante y deliciosa-, la piscina iluminada, las 15 habitaciones impecables. En fin, un proyecto bien hecho y altamente recomendable, sobre todo para amantes del golf, puesto que está a tiro de piedra de los flamantes 18 hoyos de Valle Escondido.
Al día siguiente, tras la perdición casera del desayuno, partimos a explorar los alrededores. Así descubrimos el "Rancho" de las cabañas Brisas Serranas, un lugar ambientado tipo pulpería donde sentarse a tomar algo y de paso ver buenas y variadas artesanías.
Y aunque teníamos que investigar en las cabañas, lo cierto es que queríamos curtir sierra. Para eso va uno a Tandil, ¿no? Así que enfilamos hacia El Centinela. De paso, se había hecho ya la hora del almuerzo y en el cerro hay dos confiterías, una abajo y otra en la cumbre. Entre ambas, la gran noticia de Tandil, que nos contó Susana Blanc, la mujer de Luis Cerone. Mientras escuchamos, nosotros no paramos de masticar una suculenta tabla con todos los ingredientes, entre los que se destacó un excelso lomito ahumado.
La historia fue así. Susana, que conoce bien a su marido, intuía que no tenía que preguntar aquel día en que Luis se levantó y le dijo "¿a que no sabés qué le falta a Tandil?", pero igual lo hizo.
"Una aerosilla", le respondió Luis. Y a Susana le alcanzó para saber que iba a ser él quien la pusiera. La compraron en Bariloche, adonde había llegado desde un centro en Suiza. Colocarla fue toda una hazaña y la inauguración, una gran fiesta: "vino Tandil entero y todos sacaron su ticket, pero muchos no lo usaron porque les daba miedo subirse", recuerda Luis.
Con la aerosilla construyeron también la confitería de arriba, que atiende Virginia, la hija de ambos. "Ahora sí se puede decir que somos una verdadera villa serrana-turística: desde la cima se ve toda la ciudad, hay juegos para chicos y la repostería que prepara Susana". En efecto, las tortas, alfajores y dulces de El Centinela son tan conocidos como sus picadas, marca registrada del parador de abajo, el original, inaugurado a mediados de los '90. Al principio, no fue fácil llevar la gente hasta allí, por más que la vista es espléndida y El Centinela el único heredero en pie desde los tiempos de la Movediza.
"Susana hacía pasta frola y torta de ricotta y no venía nadie.
Nos la pasábamos comiendo sus tortas hasta el viernes, cuando volvía a hacer y oooootra vez...". Pero un día llegó uno, y después otro. Entonces, Luis decidió quitar una mesa de las cuatro que había... "y al fin de semana siguiente se llenó". Así, boca a boca, se fue haciendo la fama del parador, que hoy es alto obligado de un fin de semana tandilense.
Con el carozo de la última aceituna en la boca, nos fuimos a saludarlas a Mete Sañudo y Mariana Collardin a su Jardín de Té. Las chicas se instalaron en un jardín divino del centro y por $5,50 se puede tomar un té magnífico, con tortas y saladitos. Claro que no pudimos probar bocado, aunque todo parecía muy apetitoso. Igual, los dulces no necesitan explicaciones: son de Titi Campbell, la madre de Mariana y toda una alma-mater de las berries en la Argentina. Las frambuesas de Titi, por ejemplo, ya son un éxito, y ella las domina en mil y una versiones, incluso en panes tipo dulce de membrillo, como para refundar con honores el postre vigilante.
Cuando cayó el sol, ya estábamos listos para pasar por Epoca de Quesos. Ahí, al pie del cañón, como siempre, estaba Teresita Inza. Su boliche de 14 de julio y San Martín sigue siendo lo más parecido a una embajada de Tandil, y ella, sí señores, una intachable embajadora: por eso manda a cargar los viejos sifones, junta manteles de hule como los de antes, prueba quesos de aquí y de allá, decora, mejor dicho, busca que las cosas estén como fueron entonces... Y le sale.
Pero como le robaron la idea de servir la picada con galleta de campo, ahora la presenta de otra forma, que les dejamos de sorpresa para que la descubran personalmente. Una tabla en Epoca es casi un deber, además, por supuesto, de un gran placer. Satisfechos con los cuentos de Teresiea, sus encurtidos y embutidos, estábamos listos para llegar a Ave María, el refinado casco de Asunción y José Zubiaurre.
Allá volvimos porque nos encanta y comprobamos que sigue siendo una auténtica joyita de Tandil. Asunti nos sorprendió con el nuevo Austin modelo '68 con el que recibe ahora a los pasajeros que llegan no motorizados.
En la casa, todo está impecable como siempre. Se sirven las picadas pantagruélicas cuando cae el sol -a la que no le fallamos, claro-, se come como los dioses, y se duerme cual angelito en las soberbias camas de las ocho habitaciones. Si hasta el jabón es "casero" (100% artesanal), de modo de no darle respiro a la sensación de reina que una ejerce sin el menor esfuerzo.
De puertas afuera, Ave María es campo serrano del más puro, matizado en su autenticidad con 40 hectáreas de parque soñado que la propietaria original, Mercedes Santamarina, plantó para hacer más gratos los paseos por el bosque y enmarcar el camino desde la ruta hasta la casa. Hay robles, cedros, magnolias, araucarias. Además, si va cuando afloja el frío y se anima a la pileta, la de Ave María es una gloria, integrada como está con los campos sembrados.
Y si anda atento en los jardines, quizás se percate de la noticia de más peso. Lorenzo, un novillo de 300 kilos que se crió guacho y se convirtió en la nueva "mascota" de la casa. En realidad, para cuando llegamos Asunti lo tenía ya bajo amenaza de asado porque lo que empezó siendo un chiste, acabó poniéndose negro azabache como la bestia. Se rasca contra un arbolito y lo descuaja, se come las calabazas, aplasta las lechugas de la quinta, y uno lo llama "Loooorenzo" y él viene al galope junto con su amigo el perro Petunia, y la boca llena de dalias. Un amor, el novillito.
Con Asunti fuimos a visitar a Pablo Lozano y a la Feria de Artesanos (ver recuadro), terminando la provechosa jornada en La Tranca, nueva parrilla del centro, puesta con mucha gracia por los emprendedores Mariana Giachetti y el Chicato. Todo, los mozos, la carne, las ensaladas y el lugar, conforma una agradable opción para comer en las mesas con sombrillas del patio, o cualquiera de los salones interiores de esta agradable casona.
Al final, usted puede quedarse con la impresión de un intenso tour gastronómico, y no lo vamos a negar. En Tandil se come, y bien. Pero no es todo. Con Movediza o sin ella, las sierras siempre ejercieron una gran atracción. Pero para conocerlas no es necesario recomendación alguna. Están por todas partes, se valen por sí solas y no defraudan.