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TIERRA DE AGUA


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ARGENTINA
Revista LUGARES Nro. 77
Pág. 48 - 63
Por: Ana Schlimovich

REVISTA LUGARES

TIERRA DE AGUA


Iberá es como los amores difíciles, se hace desear. Seis horas nos llevó atravesar en una 4x4 la distancia que separa el aeropuerto de Posadas de la Colonia Carlos Pellegrini. Los primeros 100 km son de asfalto fácil, pero una lluvia densa había convertido los 120 km del camino de tierra en un espeso pantano. Por fortuna Pedro Noailles, nuestro primer anfitrión, domina los surcos resbaladizos con la elegancia digna de quien conoce su tierra. A pura luz de estrellas llegamos a Ypa Sapukai -el grito de la laguna, en guaraní-, la hostería que Pedro inauguró hace poco.

Nos recibe una cabaña tan cálida como su dueño; la madera predomina y armoniza con el verde intenso del selvático jardín. Sólo se oyen grillos, ranas y un sonido ajeno, el de la usina.

Pedro está luchando para que la reubiquen en las afueras del pueblo, porque la falta de planificación hizo que quedara en pleno centro. Bueno, centro es una manera de decir, la colonia Carlos Pellegrini tiene 600 habitantes y a lo sumo 3 casas por manzana. El viento se lleva el ronroneo de los motores hacia otro lado y un concierto de chicharras se adueña de mis oídos.

Llegar de noche tiene ese encanto de dormir y "aparecer", al despuntar el día, en un paisaje completamente nuevo.

La vida despierta con un revuelo de pájaros rindiendo tributo al amanecer; el estallido es alocado, como si fuera el último. La lluvia y el sol combaten a muerte por la jornada. Para nuestra suerte, el vencedor es el sol. Luego de un suculento desayuno correntino, con chipá, pan casero y mermelada de mamón, partimos con Pedro a descubrir la laguna Iberá, una de las 60 que componen esta reserva natural: 1.300.000 hectáreas que son hogar de las cuatro especies declaradas monumentos naturales provinciales -el lobito de río, el aguará guazú, el venado de las pampas y el ciervo de los pantanos-, entre otros tantos animales que habitan libremente en esta inmensa región.

Con orgullo, Pedro acerca su bote a cuanto bicho se aparece y nos instruye con entretenidas explicaciones. Despacito nos estacionamos junto a un enorme yacaré overo, que ni se mosquea con nuestra presencia; hasta tocarlo podemos, aunque Pedro no lo recomienda. Sólo hay que voltear la mirada para ver una hilera de carpinchos zambulléndose en el agua, un Martín pescador posado en una rama, una pareja de garzas blancas, chajás revoloteando en equipo.

Las amapolas, irupés y jacintos de agua terminan de colorear el paisaje. Parecería que toda la escena está preparada para nosotros, el avistaje de fauna y flora es inagotable y no tiene igual. Al atardecer, Tarquino, correntino hasta la médula y ayudante de Pedro en la hostería, nos guía una vez más por los canales estereros. El sol nos regala una acuarela viva sobre el espejo que se forma en la laguna; es la despedida del día y de Ypa Sapukai.

Nos vamos a Posada de la Laguna donde nos espera Elsa Güiraldes. De cara a la costa, la galería iluminada se agranda a medida que nos acercamos con el bote. La llegada desde el agua es sublime. En la posada reina un blanco impecable, la amplitud y el exquisito gusto de Elsa. Un comodísimo sillón en el salón principal nos brinda un conversado descanso antes de la cena, acompañado por vino, aceitunas enormes y galletas caseras con guacamole. Antonia Maidana nos mira fijo desde el cuadro que Elsa pintó, y las ganas de conocer esa mujer de mirada franca surgen de inmediato. La cena está lista, servida a la luz de las velas en la mesa junto al ventanal con vista al estero.

La comida es deliciosa. Gazpacho, peceto con salsa agridulce y guarnición de papas, y de postre un bomberá -suerte de merengue italiano tibio- exquisito. Se nota que Pancho, el hijo de Elsa, es chef, y dejó su marca en la posada. Las amplias habitaciones, despojadas hasta el punto justo, prolongan la sensación paz que se respira en Iberá.

Llega el alba y nos levantamos para ver amanecer, pero apenas sale el sol se lo devoran las nubes. Para compensar desayunamos riquísimo con budines, café caliente, jugo y mermeladas caseras antes de volver a dormir con el sonido de la lluvia. Dos horas más tarde, con el cielo que tiende a despejarse, estamos listos para recorrer Colonia Carlos Pellegrini: Elsa tiene que pasar por la Fundación Acarapá-A -en guaraní, levantar cabeza- que está llevando adelante desde el `95, así que nos sumamos al plan. Al llegar a la Casa de Día-el establecimiento de esa entidad- todos los ojitos apuntaron hacia nosotros.

Nuestra presencia es más impactante que el postre que están comiendo. Amalia, una voluntaria, promueve un saludo en conjunto. En la salita debe de haber unos 50 chicos de todas las edades, tres computadoras, una biblioteca llena de libros, tele con video y muchos dibujos colgados en la pared. Sólo se come si se estudia, ese es el trato. Hay clases de inglés, computación, tejido y horticultura. Son 80 los chicos que participan de las actividades.

Elsa sueña -a la par que trabaja- con elevar la calidad de vida de estas personas que suelen ser víctimas de la ignorancia y el descuido. Tal vez en un futuro cercano pueda hacer realidad un proyecto -completaría el objetivo de cuidar el Iberá-que consiste en llevar a la colonia hacia el eco-pueblo, un pueblo auto-sustentable que al estar integrado a su ambiente garantice las necesidades básicas de agua limpia, alimento sano, vivienda adecuada, saneamiento responsable, trabajo e interacción social. La labor es dura, las expectativas grandes.

Un trueno ronco amenaza con más lluvia. Iberá se vuelve más seria, más soberbia. La colonia duerme la siesta aprovechando el nublado y su fresco. La mente descansa, los sentidos se regocijan.

Antonia Maidana es la representación exacta de su retrato. Los ojos juntos, las orejas grandes y la misma timidez. Caemos de visita en su casa y mientras prepara torta frita en su cocina de barro nos cuenta alguna que otra cosa, salvo la edad, que la esconde de coqueta que es. Tiene nueve hijos declarados y uno que el marido nunca quiso reconocer. Casi todos viven en Buenos Aires, mientras que ella nunca salió de su tierra y deja en claro que de Carlos Pellegrini no hay quien la mueva.

Enseguida nos convida torta frita caliente; nos prefiere con la boca llena así no hacemos más preguntas. Como Antonia, la mayoría de los paisanos sólo conoce ese entorno aislado, hermético. Al resto del mundo lo descubren por el canal 7 y uno brasileño que transmite a diario las mejores novelas, por eso en Pellegrini se habla correntino y portugués. "¿Y qué tanto hay pa' ver acá?" se pregunta intrigada Doña Maidana, que no entiende a qué vienen los turistas a Iberá.

Tal vez nunca se percate del tesoro que guarda su tierra.

Del reino de Antonia partimos hacia el Centro de Interpretación de la Reserva Faunística. Aquí, una maqueta nos permite conocer los esteros en su totalidad y Roque, el guardafauna a cargo, se explaya en datos y explicaciones. Así nos enteramos que por los esteros pasaba antes el río Paraná y que una de las razones de la importancia de este humedal es que produce su propia agua.

La poca profundidad -sólo tiene ocho metros- hace que el agua se evapore y retorne como lluvia; esta retroalimentación permanente convierte al sistema en una de las fuentes de agua dulce más importantes del mundo.

Al anochecer, Elsa nos lleva a conocer nuestro nuevo hospedaje, la hostería Ñandé-retá, es decir, nuestra tierra. Cielo y César Noailles son los dueños de esta pintoresca cabaña ubicada entre árboles frondosos que la protegen de las elevadas temperaturas correntinas.

Estrella Losada, quien hace honor a su nombre, es la nueva administradora del lugar. Llegó a Iberá como guía naturalista y el hechizo de esta provincia le cayó encima; no sólo se enamoró de esta tierra, también la flechó la mirada de José, un auténtico gaucho de ojos celestes al que eligió por marido. Estrella brilla, contagia su energía y nos cuenta historias de santos populares, como el famoso San La Muerte, un pequeño esqueleto con guadaña que, gran paradoja, para tener poderes debe ser bendecido por un cura y ser llevado preferentemente debajo de la piel. Mientras se lleve puesto, la muerte no acecha. El santo de la fuerza es San Són y Santa Liberata ampara a presos y prófugos de la justicia. También están los santos-gauchos justicieros, como el Gaucho Gil, que para convertirse en santo tuvo que morir trágica o injustamente. Después vino el milagro y su difusión. Si estos tres pasos no se cumplen, no hay santo.

El sincretismo religioso, producto de la mezcla entre guaraníes y españoles, conlleva a una doble conciencia religiosa y un doble lenguaje. Aquí todo se mezcla, los mitos como el del Pombero -el señor de las aves a quien hay que dejar tabaco en la ventana para entablar amistad- con la misa mensual de la pequeña parroquia. Se mezclan la borrachera y las andanzas entre consanguíneos. "El correntino a la prima se le arrima", cuenta Estrella resignada.

Unos agnolotis caserísimos, amasados por María, llegan humeantes a la mesa. De postre, un clásico y exquisito queso con dulce de mamón. La charla se extiende hasta tarde con Cielo y Estrella -vaya si habrán tenido que encontrarse estas dos mujeres de pura cepa- en una acogedora sala de estar del último piso. Los grandes ventanales dejan entrever la arboleda y el campo infinito. Una habitación cálida y en composé me invita a descansar profundamente. Mañana es día de cabalgata.

Don Ocampo, capataz de la estancia San Antonio, se ha perfumado para la foto. Sombrero chato, pañuelo liberal -celesteanudado al cuello, faja, bombacha, polainas turquesas y espuelas. En los pies, alpargatas, aunque en general "se anda en pata". Intenta ponerse serio, pero la sonrisa lo puede. Personaje si lo hay, don Ocampo ha llegado a preguntar, durante la visita de unos extranjeros a su estancia, por qué los turistas ingleses hablan mal el español.

La anécdota la cuenta José Martín, este baqueano de ojos celestes, descendiente de polacos, que tanto gusto da escuchar. José está a cargo de la cabalgata por el Camba Trapo, un área de esteros, palmares y monte a 15 km del pueblo. Montados a caballo disfrutamos del paisaje y de las historias que José revela sobre sus paisanos, que para explicar sus malestares cuando van al médico, reemplazan los nombres de las partes del cuerpo humano por los de animales, los seres que más conocen; que a las parejas de novios o hermanos de distinto sexo se las llama casal, como a la pareja de aves; que a la escuelita rural por la que pasamos antes algunos chicos tardan dos horas en llegar a caballo.

El mismo tardó varios años en terminar la escuela y no por vagancia sino por distancia. Después de la cabalgata, José y Estrella nos llevaron a almorzar a la casa de la familia Martín.

Los guisos cocidos a leña que prepara la madre de José no tienen nombre, imposible no repetir. La sobremesa se extiende hasta bien entrada la tarde. Entre el queso casero con dulce de leche, el tecito de hierbas para la acidez y el juego de ingenio hecho en el momento con alambre por la hermana menor -que tanto nos costó resolver-, cualquier excusa es buena para seguir disfrutando de esta familia tan amena. Antes de irnos nos presentan a Pipilo, un pollo "guacho" con el cogote pelado que sólo acepta comida cocida, a menos que tenga demasiada hambre. Pipilo sigue a la familia a donde sea, se dice que es el pollo más caminador de la colonia.

De regreso al pueblo, paramos en un monte espeso. A medida que avanzamos esquivando ramas y pantanos, Estrella nos explica todo lo que vamos encontrando: plantas extrañas, huellas de animales y sonidos de aves. Después de un intenso trekking resulta un verdadero placer llegar a la hostería, en donde nos aguarda un té calentito con torta y panes caseros.

La última noche de nuestro viaje la pasamos en la Posada Aguapé. El aguapé es una flor amarilla simplemente hermosa que crece a la orilla de los embalsados, al igual que la posada. Ana Paula Iglesias y su marido Senad son los nuevos encargados; el destino, que hace tiempo los unió en Bosnia, los trajo ahora a los esteros. Mientras recorremos la casa -una construcción típicamente correntina de fines del siglo XIX, con habitaciones en hilera que ostentan nombres de lagunas y arroyos locales, y esa bendita galería tan necesaria para contrarrestar soles y lluvias- vamos descubriendo la delicadeza y la austeridad de María Paz Galmarini, dueña de la posada. Ana Paula nos cuenta que Aguapé está dedicada a su fundadora, la madre de María Paz, que falleció antes de ver su sueño concretado. Y lo cierto es que la dedicación se percibe en cada detalle.

El mobiliario parece sacado de un cuento, los roperos de eucalipto quemado con paredes de alambre para que la ropa se airee, fueron hechos a medida por un artesano de la zona; las banquetas de campo, una batea de principios de siglo... Una pareja de caballos pasta delante nuestro y el cielo estrellado nos cubre por completo. La cena, servida delicadamente a la luz de las velas, es un agasajo de sabores deliciosos que disfrutamos en silencio. ¡Qué rico se come en Iberá!

La jornada concluye con un descanso glorioso; llega la mañana, agradablemente fresca, y nadie quiere irse. Deben estar imantados los esteros. Agradecemos a Ana Paula -y con ella a todos nuestros anfitriones- por habernos hecho sentir tan cómodos. Saludamos a los diez yacarecitos que nacieron hace poco cerca del embarcadero y nos vamos por ese camino embarrado que hace de guardián para que llegar hasta acá no sea tan fácil y la inocencia nunca se pierda en el Iberá.



 

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