Revista LUGARES Nro. 37
Pág. 60 - 73
Por: Julia Caprara
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
TRAS LAS SIERRAS
Los monasterios de cualquier religión han tenido siempre la virtud de instalarse en la mejor parte de un paisaje montañoso, a menudo en lo alto, lo más cerca posible del imperio divino, siempre apartados del mundo. Lo hacían basados en poderosas razones místicas, y en verdad no se equivocaban: sin los reclamos de la vida cotidiana ni distracciones fatuas, hay más garantías de salvaguardar la paz interior.
Quienes concibieron La Posada del Qenti aprendieron bien la lección, imaginándola en un punto estratégico de la geografía cordobesa, cuyo clima serrano es históricamente apreciado por los poderes benéficos que ejerce sobre la salud de los mortales.

La Posada queda a 900 metros sobre el nivel del mar, distante unos pocos kilómetros de la ciudad de Córdoba, y a tiro de piedra de Carlos Paz, pero lejos de cualquier barullo urbano. Arroyos, minas de cuarzo, manantiales de agua mineral y el telón las Sierras Chicas al fondo la protegen.
En el Qenti la consigna es dormir fenomenal en camas mullidas de sábanas cariñosas, desayunar lo justo y recuperar las energías necesarias para salir de caminata por las sierras un par de horas, comer bien y livianito, siestear breve pero profundo, darse remojones en la pileta climatizada y en el jacuzzi, dejarse enderezar con buenos masajes y bañarse en el spa donde las aguas hidrogenadas borbotean de salud sobre la piel, mientras por las enormes ventanas llega el regalo de un paisaje que sólo puede devolver sosiego al espíritu. Sensacional.

Un par de días en este centro de salud y la vida toma otro color. Para weekends se planificó el tratamiento de belleza y relax que incluye, necesariamente, una mejora en la piel, liberándola de la fatiga del smog y el mal trato que inflige andar a los apurones. Si se apunta a una recuperación integral, nada como distraerse en este retiro cordobés una semana, luego de la cual el programa terapéutico abordado deberá continuar en casa propia. Hay métodos revitalizantes varios: suizo, rumano -le estimulación metabólica- y ADN estadounidense, entre otros.
Bajar de peso es facilísimo: los menúes contienen de 500 a 600 calorías, y la cocina es, en este aspecto, insobornable. No más llegar, el chequeo es un trámite fundamental, de manera que el equipo médico pueda diagnosticar con veracidad qué tratamiento conviene seguir.
La historia de este descanso serrano comenzó hace dos años de la mano de los hermanos Cané, Miguel y Victoria. Atienden las necesidades de quienes allí acuden un equipo de profesionales, entre médicos, masajistas, fisioterapeutas, cosmetólogos, dietistas, y demás expertos en obrar los prodigios de la recuperación. Un 20-25% de clientes son cordobeses; el resto lo conforman personajes mundanos de la política, del espectáculo y del deporte, que viven la experiencia del Qenti como si en un oasis redentor estuvieran.
Las mejoras son permanentes en esta posada que proyecta, además, contar con huerta orgánica y granja propias asesoradas por personal del INTA. Por ahora Pedro, un conocedor de yuyos brujos y de los otros, sigue a cargo de la quinta original.
Quienes recelan de este tipo de retiros psico-corporales, harían bien en revisar tales prevenciones. No son ningún opio-al contrario, devuelven mucho vigor perdido- ni obligan al encierro total tipo claustro. Es la gran diferencia con los monasterios. Jugar al tenis o al golf, andar a caballo, largarse a merodear por la Pampa de Achala, el Valle de Punilla, o Traslasierra, ir a bucear a la cercana Laguna Azul, e incluso volar en helicóptero, son propuestas para combinar perfectamente con las terapias reparadoras de la posada. En el Qenti hay campanarios sin campanas donde la única voz que repica es la del cuerpo.
Hacia Los Cóndores

La segunda etapa de nuestro viaje llegó con el frío nocturno de la montaña, que nos obligó a rescatar los sweaters del bolso. Nuestra marcha hacia Traslasierra continuaba en ascenso; allá abajo los caseríos iluminados marcaban la distancia que íbamos poniendo entre el cielo y el valle. La noche se hizo niebla.
En plena Pampa de Achala, La Posta aguardaba en una extensión de 1.080 hectáreas. Llegamos con el previsible cansancio después de un recorrido que por suerte no planteó dificultades. Libres de nuestros bártulos y ya en el living, nos hundimos en mullidos almohadones mirando el fuego de la gran chimenea -crujir de leños, el relax nos envolvía- hasta que la mesa estuvo servida. Sopa de zapallo, pollo al verdeo y un rico vino tinto malbec.
La Posta tiene su historia y nos la contó Eduardo Pinto. Primero, dijo severo el hombre, hay que ubicarse en 1826, cuando la sal era traída desde La Rioja por el anguloso sendero de las Altas Cumbres, hoy ruta provincial 20. Exactamente a mitad camino entre Villa Dolores y la ciudad de Córdoba, a 2.300 metros de altura, se hacía el recambio de caballos. En 1915 el gobernador Ramón J. Cárcano hizo construir una posta en ese mismo lugar, enlace de las rutas del Cuyo y Chile con el centro del país. La misma fue hotel hasta 1949, casa de familia después y, antes de ser abandonada, hospedaje de quienes trabajaron en la obra del nuevo camino. Por fin, el que relata la historia apareció en escena para rescatarla del olvido: la compró en septiembre del 93, y la restauró con la idea de volver a rehabilitar su condición de hotel de montaña con su merecido nombre: La Posta.
La atmósfera está muy bien lograda, con esa calidez que transpiran los hoteles serranos de todas partes. Reciclada y decorada amorosamente en tonos pasteles, su interior guarda un estilo rústico que combina texturas de madera y piedra con muebles antiguos y el eclecticismo de los sillones de ratán. La casa amable y serena luce grandes ventanales que ensanchan el espacio hacia un exterior de rotunda aridez, sin concesiones. Notable contraste entre ambos mundos resulta conmovedor.

El hotel se autoabastece de luz y gas, tiene 9 habitaciones con baño privado, más un albergue con 24 cuchetas. De más está decir que dormí muy bien y acepté el desayuno -medialunas, dulces caseros, café humeante- con fuerzas renovadas. Antes de rumbear hacia el destino de cóndores, recorrí las inmediaciones del hotel y a unos escasos 50 metros, bajando por las rocas, descubrí una pileta natural con agua de vertiente. Luego supe que la gente suele pegarse aquí sus chapuzones cuando el buen tiempo lo permite.
Con Ramón, nuestro guía; partimos Federico y yo cerca de las 11 de la mañana. Sólo 21 kilómetros nos separaban de la reserva. Nos acercaron en camioneta hasta la tranquera de un campo privado, desde el cual también se accede al Parque Nacional Quebrada del Condorito. El programa preveía 6 horas de caminata, entre ida y vuelta. Había que llegar hasta el balcón, mirador exclusivo de la reserva, por un sube y baja montaraz de ocho kilómetros. Ramón conocía perfectamente los atajos y los tres, en silencio total, avanzábamos por la inmensidad de la Pampa de Achala. Lamenté no tener el walkman, tanto como para estar a solas con mi música mientras me internaba entre esas formaciones graníticas que mi imaginación representaba a su antojo.
Los gavilanes -constantes vigías de la reserva- planeaban sobre el duro paisaje, apenas quebrado por una vegetación de tabaquillos y maitenes. El lago San Roque se hacía espejo de la desolación rocosa. A diferencia de mis compañeros que llevaban gran ventaja en la marcha, mi andar era lento, más entretenida estaba yo en tratar de reconocer cuanto me rodeaba que en mantener el ritmo del trekking. Así fue que de lejos vi una forma negra y enorme. Aluciné con el milagro de un águila pastoreando entre las rocas, disminuí la marcha, dejé de respirar, me arrastré casi a paso de tortuga para no espantar la posible bestia alada tamaño king size. Ni águila ni cóndor, pero sí jote. No uno, sino dos, a los que Federico estaba fotografiando mientras tomaban sol. Me reí de mi ignorancia.

Cerca de las dos de la tarde escuchamos el correr del río Condorito. Habíamos llegado. Una caída abrupta de unos 800 metros, la fuerza del curso de agua bajando de la sierra, y delante nuestro, allí estaban los carroñeros -de lejos parecen diminutos- bañándose en los chorrillos. Gran error olvidarse los binoculares, por suerte podíamos ver a los cóndores con el teleobjetivo del fotógrafo.
Nos sentamos en la comisa con la esperanza de poder apreciar de cerca al menos a uno de estos majestuosos buitres americanos. No era el momento adecuado, nos advirtió el guía, ya que las corrientes de aire aptas para el vuelo son las de la mañana y la tarde. Igual no aflojamos y allí nos quedamos, casi 2 horas, con terquedad de ingenuos. Unas loicas-pájaros con plumas coloradas en el pecho, cuello y cabeza a modo de festónrevoloteaban cada tanto ante nuestra paciencia.
Por fin el despegue suave de un cóndor despertó nuestro ánimo y avanzó hasta nosotros en un vuelo de reconocimiento; casi sobre nuestras cabezas desplegó las alas hasta sus dos metros de envergadura. Su figura cubrió el paisaje celeste, sentí terror instantáneo, pero la sombra duró apenas segundos, esfumándose tras las rocas como un suspiro inaudible. ¿Dónde había quedado mi valentía? Esas dimensiones me superaron, mi moral de ser urbano quedó desintegrada ante la magnitud del cóndor que de lejos parecía un pájaro más. Ahí entendí cuán alto vuelan, qué fuerza impresionante despliegan en el aire.
Conmovidos hasta la mudez, esperamos otra demostración del siguiente cóndor que nunca llegó. De nada valieron ruegos ni cruce de dedos. Moraleja: quien quiera verlos en acción deberá tomarse el trabajo de madrugar y llegar hasta sus dominios temprano. O esperarlos hasta bien entrado el atardecer, un lujo que no nos pudimos permitir. Será la próxima vez.