Revista LUGARES Nro. 37
Pág. 60 - 73
Por: Julia Caprara
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
TRAS LAS SIERRAS

En la bajada está el valle, con reflejos de álamos plateados. Como una estampa digna de Spilimbergo, el instante se volvió otoño, la luz confundida de verdes y ocres todavía incipientes. Era entrada la tarde cuando tomamos la ruta 14, que llega hasta el límite puntano de la provincia. Una tupida arboleda flanqueaba la marcha: estábamos en el Valle de Traslasierra y nuestro destino era llegar a San Javier y Yacanto, a los pies del Champaquí, un cerro que pasa los 2.800 metros, el más alto de Córdoba.
Tomamos un desvío a la derecha para conocer el Dique La Viña, que abastece de electricidad a toda la zona. El lago azul y una coraza de cemento forman el enorme embalse de las aguas del río Los Sauces y sus afluentes. El murallón de contención ostenta el récord de altura de toda Latinoamérica: 102 metros sobre el lecho de agua. El dique es visita obligada para contingentes de turistas, donde algunos hacen honor a la náutica y otros pescan pejerrey. La data del obraje, cuasi faraónico, indica que demandó seis años de trabajos, culminados en 1944 bajo la supervisión del ingeniero Santiago Fitz Simon.
De nuevo en camino, apenas habíamos avanzado unos setecientos metros cuando Federico pidió parar. La imagen de un águila metida en una jaula altísima llamó su atención: todos bajamos disparados para ver de qué se trataba. Ante nosotros teníamos lo que parecía ser un modesto comedor típico de ruta, entramos y nos encontramos con un parador insólito. Quincho techado, y además, un museo regional y zoológico. Nutrias, liebres, víboras, vizcacha, ñandú, jabalí y hasta un zorrito colorado: Todos bajo rejas. Un joven puma de un año y medio rugía ante las cámaras de Federico. El habitante alado de la jaula altísima resultó ser un águila mora de pocas pulgas que no paraba de hacerle frente a un pobre perro manco, pero cuando Federico se metió en su "guarida" se le pasó el mal humor y, cosa de no creer, hasta posó para la foto como si supiera. Una vieja águila blanca vigilaba el operativo. De repente los buenos modales de la vanidosa modelo se esfumaron y echó a patadas a nuestro fotógrafo.
¿De quién fue la idea de juntar tantos bichos? De Don Eduardo, señor entrado en edad y lugareño por 20 años, que desde niño tuvo la manía de coleccionar y estudiar cuanta zoología se le cruzó en el camino. Así que en este "pedacito de Cielo que Dios me regaló" -según sus palabras- armó su propio mundo salvaje.
Compartimos unos amargos con Eduardo y su mujer mientras nos ilustraban sobre la oferta gastronómica de Los 9 Platos, un menú único compuesto por eso: nueve platos muy variados con vino patero incluido. Lo más gracioso fue leer el aviso publicitario que advertía sobre un límite de consumo de hasta 50 litros por persona. Dijimos adiós adiós y partimos raudos.

El último suspiro del sol antes de desaparecer iluminó un cartel del camino que advertía: Villa de Las Rosas, "Zona no nuclear". Este caserío amable, con mucha vegetación y que fuera antiguamente la capital provincial del tabaco, ahora es refugio de quienes buscan materializar la utopía de un mundo pacífico e incontaminado, signo característico de los nuevos habitantes del gran valle de Traslasierra.
Era de noche cuando llegamos al Hotel Yacanto con los párpados a media asta y un hambre feroz que nos apresuramos a calmar de inmediato. Después trepamos la gran escalera de madera tallada que conduce a los cuartos. Pasillos enormes. Retratos de seres adustos que miran sin ver. Las habitaciones del Yacanto, también enormes, lucen como antaño camas de bronce y bañaderas con patas. Y del otro lado de la ventana, el perfume intenso de la lavanda. Muy inglés.

El hotel es una reliquia de la década del veinte, momento en que los ingleses a cargo de los ferrocarriles, que entonces llegaban hasta Villa Dolores, construyeron un lugar de descanso para el personal jerárquico de la empresa. El libro de firmas registra pasajeros desde 1922. Como parte del plan de esparcimiento, en 1932 se abrió una cancha de golf al lado del hotel. Cuando los trenes pasaron a ser patrimonio nacional, la concesión del hotel le fue otorgada al Departamento de Confiterías del Ferrocarril. Hasta que después de acumular pérdidas por años y pasar por diferentes manos, la familia Madero se hizo cargo del mismo en 1966.
Recuperado el honor y con su estilo original intacto, el histórico hotel recibe a sus huéspedes en un ambiente de época, muy nostálgico pero dignísimo, todo luce cuidado y bien mantenido. Hay pileta con agua de vertiente, jardín con acequias, canteros floridos, galerías rodeadas de tantos árboles siempre animados por pájaros y más pájaros, una cancha de tenis y el mencionado golf de 9 hoyos. Todos los fines de febrero aquí se juega el Gran Premio Yacanto, medal-play de 54 hoyos, un clásico del golf individual que dura 3 días.
Recorrimos San Javier, pueblo tranquilo y al parecer orgulloso de mantener vigente sus viejas costumbres. Los paisanos reunidos en el bar, los pingos atados en el palenque, la arquitectura de las casas originales sin alterar, las calles de tierra y la iglesia como corresponde, frente a la plaza. Es aldea favorita de artistas a la que llegaron hace seis años, dispuestos a beneficiarse del ritmo sosegado de una comunidad que ya capitaliza más de 200 años de historia. José Cozzani es uno de los orfebres más conocidos que compone maravillas con calabazas y apliques de plata -azucareros y mates-. Elio Maroccchi también trabaja la plata y la alpaca, pero orienta su producción a los objetos personales y decorativos.

En La Casa de Juana, colorido negocio camino al Champaquí, Elsi Torres prepara repostería criolla: colaciones, alfajores, arrope de tuna, huevos quimbos y licores presentados con lindísimos envases. Por el mismo camino, unos metros más adelante, seguimos con el shopping regional en Los Olivos, donde se venden los trabajos realizados por los artesanos de la zona; me gustaron mucho los de madera de olivo -cucharas y fuentes- y los canastos. Además el lugar es muy especial, un galpón amarillo rodeado por una ampelopsis, esa enredadera que tapiza las paredes de hojas como de parra y que en otoño se colorean de rojas tonalidades.
A modo de despedida organizamos una cabalgata. Anselmo Torres (h), nos esperaba con los caballos listos e iniciamos la subida hacia las Sierras Grandes, cada tanto nos cruzábamos con algún paisano que transitaba por el paisaje a lomo de mula. Ahí nos enteramos que las mujeres de algunos de estos lugareños suelen hacer empanadas y locros, pero sólo por encargo y para los que ocupan los bungalows que hay en el lugar. Al tranco íbamos por arroyos y piedras entre molles, quebrachos y espinillos. Un par de horas bastaron para llegar y apreciar desde lo alto valle y pueblo. Más allá del tupido bosque de pinos en la Quebrada del Tigre, despuntaba la blancura de la iglesia. La idea era seguir avanzando para llegar hasta donde están los pastores criollos y compartir con ellos la merienda de pan y quesillos, pero caía la noche y no quedaba otra que volver.
Anselmo es baquiano en andanzas tramontanas. Descendiente de los fundadores de San Javier, conoce como nadie la historia del pueblo y cada recoveco del territorio que alguna vez perteneció a los comechingones. Tenerlo de guía es un placer. Un programa buenísimo que él justamente propone es el cruce a caballo por el Champaquí hasta La Cumbrecita. Dura tres días y se augura inolvidable: el periplo es un rosario de quebradas profundas, montes de tabaquillo, sotobosques de helechos, senderos tupidos de grataeus -ese arbusto pinchudo con frutitas coloradas o anaranjadas- y el perfume expansivo de las mil y una hierbas aromáticas que pueblan las sierras. Dormir a cielo abierto y bañarse en los arroyos que Madre Natura provee, es consigna insoslayable en estos casos.
De regreso al hotel y a pedido de Florencia Madero, gozamos de unas sabrosas milanesas que el cocinero del Yacanto tuvo la gentileza de preparar en nuestro honor. Exhaustos pero felices, comimos y bebimos. Después fuimos al salón a ver una película de la que nunca supimos el final.