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TREPANDO CATAMARCA


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Revista LUGARES Nro. 46
Pág. 28 - 39
Por: Rossana Acquasanta
Fotos: Gustavo Castaing

REVISTA LUGARES

TREPANDO CATAMARCA


La Ruta 60 Fortaleza, pueblo o comarca en la ladera. Eso significa Catamarca en voz quechua. "Con mil distintos tonos de verde" -según el cantar de Polo Giménez que, ahora lo sé, no es exagerado-, el paisaje catamarqueño es uno de los más deslumbrantes de la Argentina.
Montañas, valles y sol que cae a pleno sobre pueblitos pintorescos, ríos que serpentean buscando su camino entre las laderas de los cerros, calles desiertas a la hora de la siesta...

A San Fernando del Valle -la capital- no llegamos precisamente a la hora de la siesta sino poco después de las siete de la mañana, luego de volar unas dos horas -más desmayadas que dormidas- en el avión de Southern Winds. Vaya una a saber las razones por las que los aviones -también los de Aerolíneas- salen a horas semejantes de Buenos Aires: un verdadero suplicio para almas noctámbulas como Caro y yo.

Tratamos de recomponernos y salir de nuestro estado semi inconsciente -no sé si lo logramos- antes de arribar al Hotel Casino, punto de reunión y lugar tradicional de la sociedad catamarqueña desde su fundación, hace décadas. Varias generaciones han celebrado casamientos y fiestas importantes en sus instalaciones señoriales, de amplias aberturas y fornidas columnas.

Hoy el Casino mantiene en parte ese perfil, pero se renueva bajo la dirección de Massimo Ianni, ex Hyatt. Además de su casino, ofrece buen servicio y comodidad. Andrés Carrillo, joven gerente preparado en Suiza-donde comenzó su carrera hotelera-, fue un anfitrión magnífico y un aliado perfecto a toda hora.

Caravana en las alturas

Burros Salvajes La organización del viaje corrió por cuenta de Sebastián Madina-porteño con espíritu y raíces catamarqueñas-y Jorge Herrera, catarmarqueño auténtico y conocedor minucioso de cada recoveco local. El plan era hacernos conocer dos de los tantos circuitos posibles en la provincia, que yo dividí -según la proximidad con la ciudad- en menor, El Rodeo y Las juntas; y mayor, Termas de Fiambalá y Paso de San Francisco, cerca del límite con Chile.

El itinerario -un total de 1.100 km- tocó siete de los 16 departamentos en que se divide la provincia.

Formada por tres camionetas doble tracción y nueve aventureros, la caravana salió una mañana hacia el noroeste. Luego de unos 40 minutos de viaje por la ruta provincial 4, la primera parada fue El Rodeo, a 36 km de la ciudad. Se trata de una de las villas veraniegas más visitadas de la provincia: recibe alrededor de diez mil turistas por año, entre catamarqueños, santiagueños y tucumanos.

Enclavada en las estribaciones del Ambato, El Rodeo es una tierra de leyenda antiguamente poblada por diaguitas. Su nombre indígena es Niquixaco -pueblo de niebla-, originado en la neblina que cubre sus amaneceres. Empanadas, locro, y quesillo con jalea de higo como remate fue nuestro almuerzo en la vieja hostería Provincial, servidos por Julián, un mozo que recita el menú con gracioso acento local.

Al día siguiente recorrimos 12 km por la misma ruta 4 hasta Las Juntas, otra villa tradicional de veraneo donde confluyen varios ríos, y paramos en lo de los Herrera, una hermosa finca de campo de 900 hectáreas, ideal para combinar descanso con aventuras. La casa, de 60 años, techos altos de paja y madera de álamo, está deliciosamente decorada con toda clase de objetos comprados en viajes familiares por Oriente, Europa y América. Pero su mayor virtud es su ubicación sobre una loma con escalinatas que suben al jardín y bajan hacia la piscina en desnivel. En el jardín se mezclan los aromas de nogales, lavandas, lirios, hortensias, margaritas y variedad de pinos que vigilan los altos montes desde el cerro.

La aventura

Desde allí salimos a caballo hacia la Silleta, a 2.300 metros de altura. Recorrimos estrechos senderos hacia una hoyada entre bosques de pinos silvestres, álamos, sauces y campos ganaderos. Atravesamos los ríos La Salvia y Las Trancas, donde hay truchas arco iris de hasta cinco kilos. Sobre nuestras cabezas sobrevolaban los cóndores. Fueron tres horas de cabalgata ascendente, un verdadero desafío. Nos aventuramos por caminos de cornisa, bordeando abruptos precipicios y quebradas. El esfuerzo fue recompensado a mitad camino por unas sabrosas empanadas calentitas, y un jugoso asado en el refugio final.

La Luna Allí, agradecidos, dejamos a nuestros pingos para subir a las camionetas que nos esperaban para llegar por un camino arriesgado y divertido a Piedras Blancas, muy cerca de Las Juntas. Era como estar en un valle verde, alfombrado de pasto punilla, un césped parecido a una multitud de minúsculos helechos.

Esa es la característica geográfica de los dos cañones del Ambato, una zona húmeda de mucha vegetación con pasto muy bajo, como si alguien lo hubiera cortado. Ante el paisaje, Andrés Carrillo repetía: "Parece Suiza. Parece Suiza."
El lugar es un gran centro de atracción para el turismo de aventura, ya que se puede subir a caballo o a pie. Otra alternativa sería visitar pintorescos pueblos como Los Varelas y Las Pirquitas. Siempre por la ruta 4.

Bajo el volcán

El último tramo de la expedición fue ascender a la cordillera, haciendo noche en la hostería de Fiambalá. Temprano comenzamos a trepar cuestas hacia el noroeste. A más de una hora de auto pasamos por Las Estancias, un centro de producción de papa vigilado de cerca por el cerro Acqnquija, de 5.500 metros de altura. Estábamos en la ruta provincial, sobre la cuesta de la Chilcas, por el oeste del Ambato. De a ratos, la vegetación se hacía selva. Parecía increíble que del otro lado hubiera un salar, el Pipanco.

Sus habitantes mantenían -no hace tanto tiempo-costumbres netamente indígenas. A medida que ganábamos altura, el camino se volvía más ensortijado y el paisaje, más espectacular. Pero el rápido ascenso me obligó a permanecer buena parte del viaje recostada en el asiento de atrás. Si el programa lo permite, mejor tomarse el tiempo necesario para atenuar los demoledores efectos de la altura y vivir a pleno estos paisajes únicos.

Mirador Del otro lado, una depresión y, desde allí, a Andalgalá, ciudad conocida por tener en sus cercanías los yacimientos mineros más importantes de Sudamérica, como Bajo de la Alumbrera, en plena producción de oro y cobre, y Agua Rica. Andalgalá, pequeño poblado en medio de la aridez, tiene entre los lugareños un alias minero: "la Perla del Oeste". Allí tuvimos un almuerzo frugal, ya que empezábamos a ganar altura y es recomendable que el cuerpo esté lo más liviano posible, para guardar la mayor cantidad de oxígeno.

La segunda parada fue Belén, capital del poncho (dicen que los auténticos se venden allí, en los cerros), y con fuerte influencia precolombina, representada en su museo arqueológico. Estábamos ya a 1.240 metros de altitud.

Pasamos por Londres, Catamarca -cuyo nombre inevitablemente me recordó a París, Texas-, varias veces fundada y destruida por los indios. Se supone que las vecinas ruinas de El Shinkal fueron alguna vez un centro administrativo del imperio incaico.

De esta zona -donde los nogales y los olivos son una constante- salimos por la ruta 60 para empalmar a Tinogasta, un sitio imperdible para los amantes de las culturas indígenas. Recomiendo visitar el museo arqueológico y el bosque petrificado de los alrededores. Saliendo a la ruta, en San Pedro, a las puertas de Fiambalá, hay una capillita lindísima, construida en el siglo XVIII.

Fiambalá es el último poblado importante del valle: un pueblo modesto cuya mayor atracción son las termas, a cuyas aguas se adjudica un gran poder curativo y la vista del volcán más grande del mundo y segunda cumbre de América: Ojos del Salado, de 6.864 metros.

Las Termas de Fiambalá Las termas están en una árida quebrada rojiza, a dos mil metros de altura. Varias piletas de piedra suben hacia la montaña. Se comienza con un baño en la de 25 grados y se trepa paulatinamente hasta la de 50. Fue un placer meternos en esa calidez por la noche, con la luna reflejada en el agua. Un rumor folklórico -que no pude corroborar- afirma que Luciano Pavarotti, alquila el sitio una vez por año para uso exclusivo de su comitiva.

La zona de Fiambalá, que abastece de uva a Tinogasta, localidad productora de vino torrontés-, es una invitación al turismo de aventura: hacia el norte hay altísimos médanos donde los más jóvenes practican sandboard, safaris en 4x4 y en motos enduro. Hay cabalgatas y ascensos al monte Pissis y al Ojos del Salado. Incahuasi, Mula Muerta y San Francisco, de menor altura, son otros de los cerros a los que se puede ascender.

La hostería de Fiambalá tiene dos estrellas y 20 cuartos; allí pasamos la noche, luego de una sopa de verduras riquísima. A juzgar por los cuatro platos que se tomó al hilo Carolina, una de las mejores de su vida.

Viento blanco

Viento Blanco Al día siguiente tomamos el camino hacia Chile por el Paso de San Francisco, dignamente asfaltado. Ascendimos por la ruta 60, a la altura de Pastos Largos, hasta Las Coipas. Estábamos en plena cordillera y era una excelente oportunidad para conocer de cerca esas desoladas y gigantescas extensiones.

Pero nos tocó una gran nevada y el viento blanco -que suele alcanzar los 100 km por hora- era demasiado fuerte. La nieve se mueve como médanos de arena, volviéndose realmente peligrosa. Las condiciones climáticas nos obligaron a bajar. Por otro lado, habíamos superado los 4 mil metros de altura y comenzábamos a sentir síntomas de apunamiento. Yo apenas bajé del auto: el viento era fortísimo y helado.

De todas maneras, pudimos suspirar ante las grandes alturas de cerros minerales con colores muy especiales: colorados por el hierro, verdes por el cobre y amarillos con negro por el oro. Colonias de guanacos se escondían en los pajonales y los burros salvajes buscaban refugio en las laderas.

No pudimos llegar al Paso de San Francisco -una de nuestras pocas salidas al Pacífico- que nos llevaría hacia la chilena Copiapó, donde se ven junto a la cordillera diferentes tipos de paisaje. Allí la vegetación baja hasta el desierto total. Una vez pasado el límite, a 5 km de la frontera, está la laguna verde, de aguas color esmeralda por el alto contenido de azufre, donde pasean flamencos rosados. También allí se encuentran salares y grutas de aguas termales.

Bajando por la 60 empalmamos con la ruta 38 para emprender la vuelta a la ciudad de Catamarca. Nos faltaban más de 200 kilómetros. Me acomodé como pude en el asiento de atrás y me decidí a terminar el viaje como lo había empezado: entre sueños.



 

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