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Revista LUGARES Nro. 81
Pág. 54 - 59
Por: Soledad Gil
REVISTA LUGARES
TUCUMAN TAFI DEL VALLE
Hemos llegado a Tafí del Valle desde Cafayate
por la ruta 307 que atraviesa el Abra del Infiernillo entre pastos amarillos y grandes pozos. "¿Qué parece?", le he dicho al paisano que encontramos allí, a 3.042 metros de altura, haciendo gala de
mi vocabulario norteño.
"Aquí estamos", me ha dicho, sin creerme demasiado y con toda la razón del mundo. Sólo los porteños 100% venimos a estas latitudes a hacer la dieta del folklore y la empanada, que por puro excesiva
deja de ser auténtica como lo es en ellos, tucumanos de ley.
Daniel Carrazano -"Cayazano"- es uno. Tafinisto y guía. Puntual nos ha esperado en La Rosada para contarnos todo lo que se puede hacer en Tafí. Pero era tanto que hemos decidido dejarlo para la
hora de la cena en Lunahuana. Después de visitar el hotel y detenernos en varias de las artesanías locales que lo decoran con tanto encanto, hemos empezado a trabajar.
Daniel se ha encontrado con el empresario agricultor José Manuel Paz y lo ha invitado a nuestra mesa. En cinco minutos, nos hemos enterado de que el valle produce 1.500 kilos de lechuga, otro montón
de frutillas -en la contratemporada con San Miguel del Tucumán-, una formidable papa semilla, además del queso de la estancia El Churqui, y la nueva lombricultura del santafesino Roberto Zonca,
en Campo del Molino. Quién lo diría.
Nosotros de Tafí conocíamos el museo jesuítico de La Banda y los Menhires, monolitos de piedra tallados por los indios, gran atracción turística que Bussi reunió frente al Dique La Angostura en el '77.
Como quien no quiere la cosa, hemos preguntado por ellos y todos se han mirado. Fue como poner el dedo en la llaga. Entre las noticias de la zona está también la de la mudanza de los menhires, con la
que no están muy satisfechos. Ya no tienen la vista panorámica del Dique, sino que están en la vecina localidad de El Mollar, amontonados
en una plaza pública que los protege del vandalismo, pero ...
Hemos resuelto cambiar de tema. Preguntamos "¿y personajes?". Todos han vuelto a mirarse, esta vez con una sonrisa. "Está Roier", es decir Roger Hamburg, el suizo que llegó hace 19 años con su mochila y hoy es el artesano que mejor trabaja la plata en el lugar; Don Panta, chamán de 85 años que cura personas y animales desde hace más de seis décadas; Hugo Chaile, simpático juglar tafinisto, y
Juan Carlos Yapura, fundador del museo Tesoros del Tafí. A nosotros, una conversación con nuestro anfitrión en La Rosada, Miguel Angel Torres, nos ha bastado para incluirlo también en la lista.
Con ellos dos, Miguel y Juan Carlos, hemos desayunado al otro día en la galería de arcadas rosas que le dan nombre a la posada y que mira plácida a los cerros del valle. Así nos hemos enterado del
pasado de escuela del hotel hacia 1987. Antes de eso, no sólo no había mucho turismo, sino que no había secundario tampoco. "Tafí explotó hace unos diez años, y sin embargo, todavía hay gente que
viene de pasada a Cafayate y se arrepiente cuando se da cuenta de que en un día no conoce nada", nos ha explicado ciertamente Miguel Angel.
Tafí es también el refugio de los tucumanos de la capital que se refrescan aquí de la húmeda canícula urbana. Por eso, hay unos cinco mil habitantes estables durante todo el año y más del doble en enero, cuando en El Mollar abren entre cinco y seis boliches de agitada vida nocturna, y todo muta en el tranquilo valle.
Juan Carlos no parece muy convencido con ese ajetreo. Como nacido y criado en Tafí, lamenta que su tierra haya perdido su historia y sus raíces. Pero no se resigna. Por eso desde los 12 años junta "cositas" -como él llama a su significativa colección de piezas
arqueológicas- "para que los chicos no suban a la montaña a excavar y acaben cambiando las ollitas o cacharritos por un par de zapatillas". El último 1º de agosto ha celebrado la fiesta de la Pachamama con
los únicos cuatro turistas alemanes que se han mostrado interesados después de conocer su Museo y taller de artesanías, donde también esculpe menhires y hace vasijas como las de sus antepasados.
El lugar de Yapura está al lado de Castillo de Piedra, una encantadora casa de bloques de granito, rodeada por un bosque de nogales, bien
de frente a Tafí. Tiene cinco habitaciones, todas diferentes, de las que nos ha conquistado la "Calas", en el primer piso. Al Castillo también se puede ir a comer la cocina regional de Soraya Gutiérrez,
que ha bregado por los productos de la zona -vinos y quesos especialmente- hasta armar una ruta gourmet que une Tucumán, Catamarca y Salta.
Tanto hablar de comida nos ha dado hambre y hemos ido al centro para seguir la jornada junto al actual director de turismo, Martín Silva. Martín ha sido -y esguía experto, por lo que conoce bien
las necesidades del sector. También sabe, damos fe, dónde comer bien y por eso nos ha llevado a El Mangrullo, cuyas empanadas y tamales resultaron una gloria. Hemos cambiado la siesta por una vuelta en el camino que llegará a Montero por la Quebrada del Portugués. Vale la pena meterse aunque conduzca a ninguna parte: la roca viva sobre el amarillo y el efecto ceniciento del otoño alcanzan y sobran
para justificar el desvío.
Al regresar a la ruta, hemos alcanzado justo a tiempo para llegar a las 17 al segundo ordeñe diario en la estancia Las Carreras. Tiene 20 mil hectáreas y una producción de 70 quesos tafinistos por día.
Unas ráfagas de viento Norte, viento del caliente que cuartea los quesos como sólo aquí, nos ha terminado de explicar las razones de esta delicia local. A esa hora, el "five o clock tea" se transforma en puntual mate cocido con queso, que los turistas pueden disfrutar por módicos $5 y sin hacer reserva.
Nosotros hemos guardado apetito para ir a tomar el té a El Blanquito, la casa de té vecina al río homónimo, donde además se venden los souvenirs oficiales de Tafí: alfajores La Quebradita, una perdición
en tamaño chico.
Para la cena también ha habido novedades. La Hostería del ACA de Tafí -como la de Cachi- también ha pasado por el quirófano y luce radiante. Ha quedado pipi-cucú, decorada con gusto, sobria pero
nada fría, baños a nuevo, ubicación inmejorable, y, a la brevedad, ¡la única piscina climatizada del pueblo! Para tener en cuenta.
La última noche, la hemos pasado en Las Tacanas. La estancia de Marcela Peña acaba de abrir sus puertas, y promete ser un referente tafinisto en poco tiempo. Tiene historia, como que fue una de las
cuatro grandes estancias jesuíticas en las que se dividió Tafí cuando expulsaron a los jesuitas; adquirida por Nicolás Valerio Laguna y heredada por su sobrina, la bisabuela de Marcela, Doña Mercedes
Zavalía. En Las Tacanas está la cama de Laguna, traída desde la Casa Histórica de San Miguel y donde hoy pueden dormir los huéspedes, subiéndose a un banquito ¡porque es altísima!
Las Tacanas -el palo con el que se muele en el mortero- fue pasando por sucesivas divisiones y donaciones (a la iglesia, al hospital, a la plaza), y así el casco quedó separado de las tierras y requetecéntrico. Lejos de ser un inconveniente, es más bien todo lo contrario. Especialmente porque en esos gruesos muros de adobe parece correr otro tiempo. El que tenían las estancias a fines del 1700, o la cultura Tafí cuando hizo sus menhires, o... Tafí está cerca pero no está de paso.
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