Revista LUGARES Nro. 44
Pág. 63 - 65
Por: Soledad Gil
REVISTA LUGARES
TUPUNGATO
Julie hizo las fotos, así que yo tengo derecho a comenzar el relato, y hacerles a los lectores un par de aclaraciones para salvar mi honor: ella cruzó dos veces los Andes a caballo, en cinco y seis días respectivamente, según consta en LUGARES 22. Pasó el Año Nuevo en la cordillera de Ansilta (San Juan) y debutó como jinete a los siete años.
Para cuando yo llegué a Tupungato, mi sacrificio vocacional sólo había sumado a los mateos del zoológico, unas cuantas horas en la Patagonia, otras pocas en Córdoba y una tarde en Sierra de la Ventana. Qué les puedo decir?. Mis dotes como amazona están por verse, pero mientras al pingo no le dé por galopar, yo me las arreglo para gozar del entorno y registrar impresiones (mentalmente, obvio: a quién se le ocurre tomar notas arriba de un caballo.... Y ni hablar de sacar fotos...). Para sacar fotos está Julie, que no sé cómo hace, pero también fuma y hasta habla mientras monta...
-No sigas porque muestro las fotos tuyas que secuestré por decoro. Tengo una de cuando te bajaste de Andariega al final del tercer día, tirada en el pasto medio moribunda, que es mundial.
-No me podía mover.
-No me digas. No me había dado cuenta. Y encima estabas como los que van a esquiar por primera vez y vuelven con la marca de los anteojos y la cara pelada... igual.
-Es verdad. Pero, bueno, no me caí nunca y no arrugué en las subidas y bajadas empinadas que, reconozco que me dieron un poco de taquicardia, pero estaban buenísimas. (Les recomiendo a los inexpertos como yo que recuerden la máxima de "el caballo tiene menos interés en caerse que uno". Funciona).
-Además, los caballos de Rómulo Nieto son excelentes. Está todo super organizado. Pensá que éramos cinco (nosotras dos, Camilo Aldao de San Rafael y dos holandeses, Johann y Theo) ; acompañados por Rómulo hijo, tres peones y cuatro pilcheros (dos caballos y dos mulas). ¡En total 13! ; Es un batallón!
-Yo no podía creer todo lo que cargaban para dos noches. Pensé que me llevaban engañada con intenciones de quedarnos a vivir en la cordillera.
-Pero bien que no sobró nada. Y no me digas que no valoraste las carpas montadas cuando se largó a llover...
-Totalmente.
-La organización era extraordinaria. De lo mejorcito que he visto en mis días de carpa & pingo. Los peones se adelantaron, prepararon el terreno y armaron las carpas, la mesa, los banquitos, pusieron a enfriar las bebidas en el arroyo...
-Servicio de primera bajo la luz de las estrellas.
-Me encanta. El lugar donde acampamos, así de lejano e inaccesible, en la unión del arroyo La Yesera y el río Las Tunas, con su rumor constante, a un paso de la frontera con Chile... Las montañas ahí, ese color amarillo, y el inmenso Tupungato, el segundo más alto después del Aconcagua, tan cerca... Los cuentos de los andinistas... Parecía todo calculado.
-Sí, estaban preparados hasta para el imprevisto diluvio bíblico que se largó y paró recién al día siguiente. Decí que en la carpa-comedor cabíamos todos y que los muchachos produjeron no sé cómo un proverbial "asado bajo el agua". Delicioso y con doble mérito. Y la picada de antes, con pan casero... Lástima que nos quedamos cortos con los descorches.
-Es que fallamos en el ataque a la bodega del puesto El Cóndor.
-No vino mal porque el segundo día es el peor. Me dolía todo: la espalda, la cintura, la cola, las piernas. Así es imposible andar derecha como me aconsejaban Camilo y vos todo el tiempo. Hasta salir de la bolsa de dormir fue un suplicio.
-Ay, qué exagerada. Nada que me guste más que levantarme, abrir el cierre de la carpa y respirar ese aire fresco, lavarme la cara en el arroyito…
-¡Gélido, el arroyito! Gracias que me lavé los dientes con agua de botella. Me salvó el desayuno que tenía de todo. ¡Hasta dulce de leche! Pero después ahí estaba Andariega, ensillada y lista para continuar la marcha. Aunque reconozco que valió la pena. Aún con mis limitaciones, me encanta de los caballos esa lenta forma de avanzar dentro del entorno, la perspectiva que se tiene desde picadas abruptas y altas cumbres.
Esos instantes en que descubrís que tu mente se abstrae, el caballo sigue su marcha y el paisaje es una imagen que se escurre en la larga fila que formamos todos en silencio. Y ahí apareció el primer cóndor, ¿te acordás? Y después apareció otro y otro; y águilas moras y a medida que subíamos la vegetación cambió. Apareció ese pasto verde fosforescente de altura que se llama yareta. ¿Viste como yo también aprendo de vida al aire libre?
-Sí, pero te perdiste los dos guanacos que vimos en el Real de los Italianos, cerca del Portezuelo del Fraile, por donde se pasa para llegar al Tupungato.
-Ah, pero la siesta que me dormí en el "alojo" -refugio natural- Casa del Cura fue gloriosa.
-Y la otra, la que dormiste en la carpa cuando volvimos, mientras Camilo y los holandeses pescaban...
-Johann era la primera vez que pescaba en su vida. Estaba fascinado con la trucha que sacó. Pero la más grande fue la de Camilo. Y nosotras, para seguir con la tónica, nos las comimos a la noche junto con la picada. Creo que si seguíamos comiendo a ese ritmo, los pobres caballos iban a acabar naufragando en el cruce del río Las Tunas, que atravesamos como cinco o seis veces...
-Te gustó esa parte.
-Era emocionante. El río es bastante correntoso, pero los caballos no se equivocan nunca.
-En el fondo, no sé qué tanto hablás si la pasaste bomba.
-Ahora que puedo volver a sentarme, no lo difundas mucho, pero sí: me encantó y ya me estoy anotando para la próxima.