Revista LUGARES Nro. 80
Pág. 38 - 66
Por: Soledad Gil
REVISTA LUGARES
ULTIMA ESTACION CATARATAS
Los Laureles
Podríamos haber ido por la autopista hasta Santa Fe y luego cruzar el túnel subfluvial, como dicta el sentido común, pero el plan original era ensalzarnos en Entre Ríos desde el principio.
Queríamos entrar en la bonita Victoria, dar una vuelta por Paraná y llegar al atardecer a Cerrito, durmiendo en Los Laureles. Al final salimos tarde y no hicimos nada de todo eso.
Enfilamos derecho hacia la estancia donde nos esperaba la deliciosa cena de Rosemarie Von Dem Busche. Estuvimos vivos: a ese tipo de compromisos no se falla.
Y aunque no traíamos cañas de pescar, ni presas de caza, como la mayor parte de los huéspedes del lugar, igual nos sentimos comodísimos apenas pusimos un pie en el casco y nos recibió el muy simpático Aldo Machín. Junto al hogar encendido y saboreando un copetín con vino de la bodega Salentein -el grupo holandés que es propietario de la estancia-, Aldo nos contó todo lo que se puede hacer en las 1.500 hectáreas del campo. Hay caballos, cuatriciclos, salidas de pesca en el Paraná -que está a menos de 2 km-, animales y cultivos varios para que los chicos se entretengan hasta gastar la cuerda.
Si la idea es descansar y sólo descansar, las cinco habitaciones de Los Laureles se prestan como espléndido cuartel para ejercer prolongada fiaca y alternan su comodidad con la agradable vista de la galería, que llega a través del parque hasta el mismo río. Por caminos interiores, hay bajada propia al Paraná donde se pescan dorados y surubíes y los atardeceres enrojecen las barrancas.
Esquina y sus estancias
El próximo alto quedaba a 200 km, en la bella Esquina correntina. Es decir, nada, apenas un tranco para la X5 3.0d que, BMW nos prestó para cumplir con la empresa de llegar hasta allá arriba. Les voy a contar la verdad: casi hubo piñas cuando tuvimos que elegir fotógrafo. Los muchachos no estaban motivados con el paisaje sino con la camioneta. "Con tal de manejar eso yo voy a cualquier lado", decían. Y fue subirse y comprenderlo. La X5 es como la primera de los aviones. Tal cual. Y en realidad, no corre, Vuela.
Así fue que después de cruzar el río Guayquiraró -límite natural con la provincia de Corrientes- aterrizamos en Esquina. El pueblo está como fuera del tiempo, hecho de casas sin ochava, plantas que crecen entre los viejos ladrillos, claveles del aire en los cables, chicos de a caballo que exclamaban "guauuu" al vernos pasar en nuestra nave.
Ahí, al borde del río Corriente, se percibe mejor la esencia fluvial de la Mesopotamia, la cohesión de un territorio que es como una gran isla y así -aislado- permaneció durante años. Y aunque ahora las distancias sean breves, del otro lado de los puentes, hay algo que atrasa, que rehúsa la velocidad del asfalto. Es tierra de búfalos, de mate, de gauchos en patas, con sombrero chato y polainas guardamontes.
Los Rohner son cuatro hermanos, casi todos dedicados al turismo, nacidos y criados en la zona. Todavía se acuerdan cuando iban a Buenos Aires en barco, ya sea el Berna o el Bruselas, que eran a pala como los del Mississippi; o el Washington y el Ciudad de Corrientes, a hélice. "En los años '30 eran de la empresa de Mihanovich, que se transformó en la Compañía Argentina de Navegación (de Dodero) hasta que con Perón, los tomó el Estado" nos contó Chungui Rohner de La Pelada. Fue cuando empezó a circular la balsa, antes de que hicieran el túnel subfluvial (Paraná -Santa Fe) y mucho antes del puente Zárate- Brazo Largo.
En aquellos tiempos, los barcos que pasaban por Esquina eran los que iban a Asunción dos veces por semana y demoraban cuatro días en ir y volver. Entonces, el puerto hervía ya que no había líneas aéreas ni caminos. Ahora, un par de perros vagabundos, un camalote errante y un casino semiabandonado son vestigios ensombrecidos de esa actividad perdida.
Una cosa hay que decir sin embargo, y es que tanto en Goya como en Esquina, la pesca es ley. Dorado, pacú y surubí son la trinidad vigente, y una buena parte de la identidad de estos pueblos donde botes, cañas, y reels son como la zapa y el arado de la pampa; dónde el pique es como la cosecha, la tierra, o el pan, solo que aquí es agua la nuestra de cada día.
A uno se le ocurren estas cosas instalado en Hambaré, de Meme y Arnoldo Rohner. Está tan cerca del río que ese tipo de devaneos aparece con sólo mirar por la ventana. El pasto acaba, pluf, sobre la orilla del Corriente, tributario del Paraná, haciendo de ésta una auténtica hostería "fish in-fish out" para entrar y salir por la gran puerta trasera, caña en mano, sin buscar siquiera puerto.
Meme y Arnoldo conocen bien el paño. Por eso tienen dos tipos de habitaciones: las más vistosas en la casa principal y otras pensadas para grupos en un sector vecino al salón donde se sirven las comidas. Hay además, dos cabañas ideales para familias o grupos de pescadores que prefieran hacer "rancho aparte" y toda la infraestructura para salir con guía, licencia, carnada y hasta buenísimas recetas si regresa con piezas que merezcan pasar por las ollas con un poco de gastronomía ilustrada.
Sin embargo, como está tan cerca de Esquina, Hambaré también es alternativa ideal para quienes no quieren perder de vista el río pero tampoco el pueblo.
Si en cambio, prefiere tener la paz del Corriente en exclusiva, las estancias de la zona deparan relax a toda hora. Los Rohner son como un multimedio: además de Hambaré, Arnoldo y Meme también están a cargo de Santa Elena; Chungui tiene La Pelada y Sara, Buena Vista. Y aunque son diferentes, las tres llevan el sello de quien disfruta de recibir en casa.
Santa Elena fue la casa grande de los hermanos Rohner y se nota. Es la que tiene el parque más añoso, el jardín con pérgolas y senderos que conducen entre sombras frondosas hasta la orilla del río, la casa con los cuartos de baño enormes y la escalera de madera que cruje y se despacha con un recuerdo al avanzar cada escalón.
Entre los ambientes íntimos de la planta baja, se destaca especialmente el jardín de invierno donde se sirven los tragos por la tarde, al regresar de un día glorioso, como lo son casi todos en la costanera. En Santa Elena el río es un secreto oculto entre el verde profuso de la arboleda, menos evidente que en los demás campos de la familia, más interior, como el estilo del lugar en sí.
Sobre la misma ruta de tierra, pero un poco más allá, La Pelada fue una de las primeras estancias en abrir sus puertas al turismo, hace 17 años, cuando más o menos lo hicieron La Bamba en San Antonio de Areco y Santa Cándida en Entre Ríos. El casco, sin embargo, tiene sus particularidades. "Lo que pasa es que es relativamente moderno" -explica Chungui- "porque a mí me tocó un campo sin casa y por eso los peones le pusieron La Pelada".
Por ser más nueva, la construcción ganó en comodidad: los espacios son muy amplios, con inmensos ventanales en el living, los cuartos cómodos y las galerías extensas, para aprovechar a la sombra la pasmosa vista del Corriente. En primavera y verano, la pileta parece una extensión natural del río, sólo que rectangular y sin camalotes, rodeada de sombrillas donde es un verdadero placer pasar la tarde.
Desde La Pelada también se puede salir a pescar y Chungui conoce al dedillo los rincones con más pique de su porción de río.
Buena Vista, la estancia de Sara Rohner y Klaus Liebig, es la más alejada de Esquina pero donde más pueden percibirse las características propias del auténtico campo correntino. Allí los gauchos andan con sus polainas de colores y no para impresionar a los turistas. Es que hace años que Sara y Klaus decidieron combinar las tareas agropecuarias con las comodidades de su casa, más antigua aún que la de Santa Elena. La fusión es perfecta: habitaciones impecables dentro y un sinfín de actividades fuera. En Buena Vista hay costa de río, pero también escuela, bañados, granja con gallinas, pavos y hasta ahumadero del que está saliendo un excelso lomito de cerdo y hasta un dorado ahumado que conquista a todo aquel que lo prueba.
Esquina y sus estancias son en fin, para detenerse y sopesar las circunstancias. Hay mucho para ver. No tiene sentido pasar de largo ni apurado. Mejor quedarse que lamentar. Combinar la vida rural con esa inédita forma de ser antiguo que tiene el pueblo, lleno de signos de su vieja estirpe pero sin pizca de abandono.
Hasta Goya son sólo 105 km en buen estado. Por aquí sí pasamos de largo, no sin antes descubrir que está casi lista la reforma de la encantadora Posada del Sauce, muy buena alternativa para pasar la noche y complemento excelente de las milanesas de surubí que se sirven en el Club Náutico de la ciudad.
De allí a Corrientes hay 231 km que recorrimos con mucho cuidado, sobre todo a la salida de Goya, donde la gente anda en bicicleta sin demasiadas precauciones. Esté atento.
La capital correntina nos recibió con una cortina lluvia y así, mojados, nos animamos con sus señas particulares: las hamburguesas de los carritos de la costanera, todo un sello de la ciudad, y el desayuno que hace enroque de la ortodoxa medialuna por el local chipá. "Café y chipá" pedía la gente en las correrías del centro a la mañana. Y así hicimos.
Por lo demás, el temporal nos espantó de los otros encantos urbanos. Ni cruzamos los 5,5 km de largo que separan la ciudad de la capital chaqueña, ni nos asomamos a las siete puntas de piedra que le dieron el nombre original de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. La Costanera es sin embargo un eje fundamental y lugar de encuentro de los correntinos. Nosotros preferimos seguir hasta Ituzaingó, la villa veraniega donde los locales pasan las tardes tórridas a la sombra de los "chapeus", árboles bien tropicales de hojas gigantescas y con mucha savia, que decoran las veredas.
Ni siquiera esas copas gruesas nos salvaron de la mojadura. Así que decidimos seguir derecho hacia Posadas.
Posadas x 2
Nos lo deberíamos haber esperado de Celeste Barreyro. Cuando nos contó que había armado un bungalow privado con los viejos paneles de madera que se estaban muriendo de risa en un galpón -los que vinieron el siglo pasado de Europa y forman parte de la casa principal de Los Yatay-, tendríamos que haber supuesto que iba a hacerlo con todo, como ella sabe. Pero no había manera de imaginar tanto.
El "ranchito" como le dice ella con cariño, es una mezcla de refugio fantástico escapado de una revista de decoración con escenario de película romántica en donde el protagonista es uno. O dos, mejor dicho, porque es para eso: para ir en pareja. Equipado con sauna, bañera rectangular a nivel del piso integrada al dormitorio (sin paredes), techo vidriado por donde asoman los árboles de la selva y hasta mini cocina, no hay motivos para asomar la nariz.
Eso sí, tanta magia tiene sus requisitos: es preciso reservar con bastante anticipación. Primero porque la capacidad se reduce al uno y sólo uno bungalow existente y segundo porque la ubicación no es nada obvia, no hay carteles y ni los misioneros lo conocen. Exclusivo, que le dicen. En Santa Inés, en cambio, el lujo proviene del linaje de los Núñez, especialmente Don Pedro Núñez, abuelo de Nanny, dulcísima anfitriona. Todo en la estancia remite a la historia de Misiones.
Basta entrar para toparse con los cuatro pisos del secadero de yerba -que nunca funcionó porque fue diseñado, por craso error, para secar té-, la capilla propia donde se casaron los padres de Nanny (Julio, autor del notable libro Iviraretá, y Camucha, una especie de enciclopedia abierta acerca de los vericuetos familiares).
En la larga mesa del comedor de Santa Inés, relamiendo hasta las espinas de un suculento pacú a la parrilla acompañado con mandioca frita preparado por Ricardo, el hermano de Nanny, nos dejamos embobar con las anécdotas de Camucha sobre su suegro.
Don Pedro vino de Burgos en 1888, montó un astillero en sociedad con Lázaro Gibaja a comienzos del siglo XX, y más tarde convirtió a Santa Inés en pujante establecimiento yerbatero. Llegaron a vivir 300 familias (1.700 personas en el censo de 1947).
El casco de puro estilo inglés, como los constructores de los ferrocarriles, es punto de partida ideal para recorrer la provincia con conocimiento de causa: después de explorar las dos mil hectáreas de yerbales, conocer la mega pileta de piedra tacurú la misma de las misiones jesuíticas-, el cañaveral donde se mezclan los distintos tipos de tacuara (tacuapí, tacuarazú y tacuarembó), uno se pierde menos en la vasta y profusa cultura del monte.
Mientras tomábamos el té en esa gran galería que es como la "casa de afuera" -tan linda como la de adentro- Nanny nos habló, por ejemplo, del desconocido vocabulario del recuadro, del desmonte de la selva, que cuando empieza a crecer de nuevo se llama capuera, y de cómo los rollos (troncos) bajaban por los ríos sueltos o en balsas llamadas jangadas. Y así un poco más doctos y bastante más curiosos, dejamos Posadas rumbo al norte.
Catarata & Yacutinga
De Posadas a Iguazú, la ruta 12 es como la Autopista del Sol, sólo que un auto y un camión pasan justito, justito. Una bicicleta y ¡socorro!, aunque los accidentes no son tan frecuentes. El problema es que la 12 es angosta pero importante: a ella dan las ruinas jesuíticas y poblaciones como Montecarlo, Eldorado e Iguazú. Además, como la madera ya no baja por el río, las rutas se han visto cargadas con largos acoplados que van y vienen del monte a los puertos. Pero el asfalto está en buen estado, de modo que no es cuestión de entrar en pánico: tenga precaución en curvas y lomadas, sobre todo si llueve. Definitivamente, Misiones es otra cosa. De pronto, el camino se vuelve quebrado, las calles se llaman en alemán y es eso: uno entra en la dimensión desconocida.
La lluvia es parte del paisaje, o mejor dicho, el paraguas de la indumentaria. Los locales no se amilanan, e igual circulan por la banquina, de invariable tierra colorada, que se vuelve barro del más rojo en cuanto caen dos gotas.
Entramos en Montecarlo para recorrer su célebre laberinto, almorzamos en la ruta y antes de que pudiéramos absorber tantas impresiones, llegamos a las cataratas. Una vez más fuimos derecho al Sheraton. Algunos nos llamarán elitistas, otros dirán "ah qué vivos", pero si es el mejor lugar, ¿para qué andar con vueltas? Solo que desde que el tren a gas es el único medio de transporte permitido, hay que tener reservas para que lo dejen pasar con el vehículo. Los huéspedes del hotel pagan una sola vez el ingreso al Parque que les da derecho a usar el tren todas las veces que quieran, y llegar hasta sus dos estaciones: Circuitos y la espectacular Garganta del Diablo.
El nuevo trazado de la pasarela hasta ese punto agregó un nuevo ángulo del fenómeno, igual de fabuloso por donde lo mire. Los vencejos arrojándose a los torrentes que caen a raudales sin interrupción: rrrrr, el rugido del agua; rrrr, el bendito helicóptero brasileño; y después de la flotada en el gomón de Jungle Explorer ¡brrrrr!, aunque es más la adrenalina que el frío de la mojadura.
Como sea, una escala en las cataratas siempre surte sus efectos, y otra vez partí rumiando la sensación de estupor ante los milagros naturales que provoca una simple falla geológica en un espacio tan pequeño.
Justo estaba leyendo el libro del padre de Nanny Núñez, donde cuenta que hacia 1918, el baqueano Vicente Matiauda, desesperado porque la lluvia hacia intransitable la picada por donde debía salir la madera que había cortado, decidió largar 1.200 rollos de cedro por la Garganta del Diablo. La hazaña fue además un éxito, puesto que en el camino se perdieron sólo nueve. Matiauda trabajaba en el obraje de la firma Arrayagaray y Cía, que explotó entre 1907 y 1920 los montes que son hoy Parque Nacional.
Su empresa bajaba mensualmente jangadas de 1.200 y 1.400 vigas de lapacho, peterebí, incienso y cañafisto, guiadas por un remolcador hasta el puerto de Campana. En el libro, esos episodios se mezclan con tremendas historias de peleas con los tigres (en realidad, yaguaretés), ataques de yacarés, picaduras de víboras... Y uno que se conmueve por el vuelo de un tucán...
Eso pensé después, cuando dejamos la BMW para subirnos al camión del Yacutinga Lodge y andar unos 60 km por la selva, desde Puesto Tigre hasta el Puerto de Bahía La Blanquita. Los pocos ejemplares de palo rosa que cruzamos y los comentarios de la guía acerca de lo que tarda en crecer la palmera del palmito, me pusieron más blando el costado ecológico.
En el puerto embarcamos hacia el lodge, a donde llegamos después de una hora de agradable navegación. Yacutinga es un "rainforest lodge" como no había en la Argentina pero sí hay en otras selvas del mundo. Charly Sandoval sabía que era exactamente eso lo que quería y anduvo de la Ceca a la Meca hasta que lo montó aquí junto con Micki, su mujer. El resultado son cinco módulos de cuatro habitaciones cada uno -20 en total-, distribuidos en medio de esta Reserva Natural de Vida Silvestre.
Construidos con madera, adobe y botellas de vidrio de colores, la sensación de verde salvaje es total. Los días están bien planificados: empiezan muy temprano, ya sea para navegar hasta el Iguazú, recorrer los senderos de observación de flora y fauna, subir al mangrullo desde donde se divisa toda el área, o plantar un árbol autóctono como parte del plan de recuperación de la selva nativa que llevan a cabo desde que inauguraron en enero de 2000. Por las noches, locales y gringos -huéspedes frecuentes- se encuentran en el fogón donde valen las largas charlas acompañadas de mate, tinto, cerveza o gaseosa. Todo sirve a la hora de hacer amigos.
Nos despedimos de Yacutinga y volvimos vía barco y camión, como llegamos. La pausa nos hizo bien al espíritu, y retomamos la ruta mucho más relajados. Nos esperaban varios kilómetros de muy mal camino, aunque fueron de los más lindos del viaje. Desde Wanda tomamos la ruta 19 hacia Bernardo de Irigoyen, atravesando el Parque Provincial Urugua-í, hacia nuestra próxima escala, los Saltos del Moconá.
Los Saltos del Moconá
Yo quedo aquí" nos dijo el baqueano que levantamos haciendo dedo en la ruta 19, mezclando castellano con el "ficar" del portugués. En realidad era de familia alemana, hablaba su dialecto, negociaba en reales y protestaba en argentino porque hace más de un año que no les pagan el Fondo del Tabaco, con el que contaban para vivir. Desde que se descalabró la economía, para él y sus colegas ya no tiene sentido plantar tabaco, con todo el trabajo que da y el riesgo que implica.
"Mejor va a ser dedicarse al maíz y venderlo en Brasil, que paga bien y a la vista" ("en efectivo", también en portugués).
Los chicos se ponen más rubios, los ojos más celestes, la tierra bermeja, la selva cerrada y profunda, los carros de bueyes y las iglesias evangelistas. Cada tanto, un galpón de madera sin paredes que apenas cubren las hojas de pindó señala que allí todavía secan tabaco. De pronto aparece el primer alambrado donde penden las esponjas vegetales, que me vine a enterar aquí, son un zapallo no comestible, pariente del melón, el pepino y la sandía. Cucurbitáceas miles que acá se consiguen por centavos y se venden en Buenos Aires por pesos varios.
Al avanzar encontramos algunos rozados (terrenos incendiados para dedicar el campo a la agricultura) con citronela, lemongrass, menta o espartillo, todas plantas de las que se extraen esencias. Tardamos horas en llegar a Bernardo de Irigoyen, la única frontera seca que Misiones tiene con Brasil. La cantidad de lajas filosas en la ruta hizo que circuláramos muy despacio, con miedo de reventar cubierta en el medio de la nada. Valió la pena, pero llegamos hartos de la tierra y con muchas ganas de subirnos al pavimento. Además, se estaba haciendo de noche, y queríamos encontrar alojamiento para encarar al día siguiente el complicado acceso a los Saltos.
Dormimos en San Pedro, desde donde la gente del Moconá opera las reservas de su refugio. Así nos enteramos de que los saltos estaban a pleno. ¡Bingo! Todavía no había llegado la crecida de Brasil que los tapa todos los años.
Hacía un montón que los saltos no salían en LUGARES. No es fácil coincidir con ellos, ni explotar un recurso esquivo, que depende de las crecidas y las lluvias. El problema es ese; que como se trata de unos 14 metros de caída máxima, de un día para el otro pueden cubrirse sin previo aviso.
Y hasta que los Harriet -familia propietaria de las tierras, que donó las 999 hectáreas para la formación de la Reserva Moconá en 1967- empezaron a dedicarse al turismo hace unos cuatro años, había que llegar a San Pedro o hacer los 80 km de la ruta 21 desde el paraje Paraíso -cuyo estado deja bastante que desearpara enterarse recién allá de que las aguas lo tapaban todo. Eso, si conseguía cruzar el río Pepirí Miní (el de la foto de apertura), un escollo grande en el camino.
Por suerte ahora, Juan Carlos Barquinero atiende en San Pedro y lleva a quienes no cuentan con vehículo propio, o no lo quieren someter al trance de pozos, piedras y barro. Según él, la ruta 21 no es un camino para autos, sino para camionetas (aunque no sean doble tracción), y quienes quieran hacerlo en auto deberán ir por la 2 vía El Soberbio, en mejor estado. De todas maneras, siempre será aconsejable averiguar el nivel del río antes de partir, y saber que son caminos para fanáticos del volante y no muy tiquismiquis.
Con todo, si los saltos reciben, el mejor consejo es no faltar a la cita. Se trata de un gran escalón que se prolonga por más de 3 km de largo -el doble que las cataratas-, por donde caen las aguas del río Uruguay formando espuma y armando remolinos que golpean en la otra orilla, que ya es Brasil, a poquísimos metros de nuestro frontera. Por lo angosto del río, la única forma de apreciarlos es desde el agua y si bien parece fácil, nos contaron allí que cruzarlo a nado es híper peligroso.
Los remolinos son traicioneros y más de un contrabandista ha llegado al más allá tratando de pasar del otro lado. Carlos Yunis recorre el Uruguay desde hace más de 10 años, llevando turistas cuando el espectáculo se deja ver. Vive en El Soberbio y aunque puede hacer el viaje por agua desde allí, es más fácil hacerlo desde Piedra Bugre, en tierras de los Harriet, donde comienzan los saltos. Por eso, es preciso contactarse antes de ir y establecer si la lancha está o no en la zona. Después de hacer el paseo pusimos nuestro voto a favor de la teoría de que Moconá deriva de la voz guaraní "mocombá", que quiere decir "el que todo lo traga", mucho más que la que apela al "Mojón A" de los límites entre Brasil y Argentina.
La acción nos abrió el apetito y cuando llegamos al refugio, Javier y Carlos Báez tenían listo el asado. Conocimos las instalaciones, los nuevos baños de mujeres, los cuartos con cuchetas y seguimos viaje hacia El Soberbio. Fueron los últimos 80 km del mismo difícil, bello, rojo, zigzagueante camino misionero.
La vuelta
Deberíamos haber seguido por la ruta costera -que aquí en Misiones también se llama ruta 2- hacia Alba Posse, pero ya teníamos prisa por volver. Basta observar el recuadro del viaje día por día, para darse de que fue un poco ambicioso y que diez días no alcanzan para abarcar tanta cuchilla, campo, bañado, monte, catarata y selva. Así que en El Soberbio tomamos la ruta 14 hasta San José y Apóstoles, con intenciones de no dejar ya el pavimento... si se le puede decir pavimento al tramo que va de Azara a Santo Tomé que es un gran y mancomunado agujero...
Felizmente después mejora y así llegamos temprano a Yapeyú, donde está lacasa-que-alberga-a-la-casa donde nació San Martín: una cáscara lujosa, construida en 1938, para proteger los pocos restos del ilustre rancho de nuestro prócer. En 1998, llegaron los restos de los padres -doña Gregoria Matorras y Don Juan de San Martín- y aparentemente De La Rua prometió en esa ocasión que pronto llegarían los del mismísimo general. Para no herir susceptibilidades, no hice preguntas fútiles porque placas de bronce hay cientos, pero de los restos, ni pistas.
Igual Yapeyú es bonito por sus farolas antiguas, las calles sin ochava, la costa del río. Entre tanta historia, se destaca el moderno arco trunco que está en el centro de la plaza. "Es nuestro monumento a las Malvinas: cuando nos las devuelvan lo vamos a completar", me explicaron. Ajá, dije yo. Y seguimos.
Sobre la ruta 14 tomamos velocidad hasta llegar a Entre Ríos. Entramos en El Palmar con un día radiante, que destacaba la silueta de las palmeras sobre el cielo azul. Fuimos al río, donde nos encontramos con Toquito que propone divertidos programas en bicicleta por los senderos para peatones, no habilitados para autos. Designado en 1966, el Palmar es el Parque más conocido de Entre Ríos, y fue el único de la provincia hasta que en 1992 nombraron otro sobre el Paraná, conocido como Predelta.
El Palmar, se sabe, protege la monocorde extensión de palmeras yatay, que son endémicas del lugar, y ciertas zonas de Brasil, Uruguay y Paraguay. En total, son 8.500 hectáreas de soberanía vegetal que atraen a varios tipos de aves, zorros, vizcachas y carpinchos.
La costa del río nos dio ganas de tirarnos a hacer un picnic al sol, pero seguimos porque nos esperaban a tomar el té en El Vigilante. Eso sí, pasamos por delante del desvío a San José y no pudimos dejar de entrar en el Palacio de Urquiza. Por fin entendí por qué es tan famoso: porque lo merece. Entre los aposentos, la historia y el gran parque, el Museo da para pasar tranquilamente una tarde entera. Lamentamos no haber coincidido con una de las visitas guiadas, pues hubiéramos aprovechado más la nuestra.
La pescamos justo el final, en la habitación donde lo mataron, cuando la guía recitaba "en esta habitación fue asesinado por López Jordán mi malogrado esposo, el capitán General justo José de Urquiza, a la edad de 69 años, el día 11/4/1870, a las siete y media de la noche. Su amante esposa le dedica este pequeño recuerdo".
El museo de Urquiza es típico programa de puertas afuera de los muchos que pueden hacerse en El Vigilante. A las comodidades del casco de Stella y Lorenzo Moras, muy bien entreverado con los sembradíos cercanos, se suman los paseos en sulky, a caballo, la pileta y una visita a la agradable ciudad de Concepción del Uruguay.
El Vigilante era una sección de la estancia El Sauce de los Unzué, que el papá de Lorenzo, Eduardo Bernabé Moras; compró cuando fue administrador del campo.
La casa principal tiene tres dormitorios con un baño, que se complementan con una simpática casita de huéspedes, de dos dormitorios con baño privado.
De allí a Buenos Aires es un tris, más aún en la BMW. Sin darnos cuenta cruzamos el puente de Zárate y al rato estábamos de vuelta en casa. Tierra firme otra vez. Sin balsas, ni arrozales, ni dorados, ni búfalos. Sin pacús, ni chipá, ni yerba. Sin ruinas jesuíticas, ni tucanes, ni cataratas. Sin la Mesopotamia. O, mejor dicho, con la falta de toda ella.