Revista LUGARES Nro. 92
Pág. 62 - 65
Texto y Fotos: Carolina Aldao
REVISTA LUGARES
VALLE FERTIL A CABALLO
"Las bestias no están", me dice don Ignacio Chávez muy tranquilo. Bestias?, me pregunto intrigada... Hasta que por la tranquera entran, a paso lento y casi bostezando, las mulas. ¡A mí nadie me habló de una cabalgata en mula! Sin delatar mi espanto, me acerco a don Ignacio para saber dónde puedo conseguir un caballo, y el hombre, con todo respeto, me alcanza las riendas del suyo.
Estamos listos: mulas cargueras, burros y pingos con sus jinetes. Enfilamos por la Quebrada de Astica, dejando atrás las últimas casas. La quebrada se angosta poco a poco, hasta que el camino se hace sendero entre arbustos y espinillos, en una mezcla de sierra cordobesa y puntana con monte chaqueño. Flanqueamos un río cuesta arriba hasta la Quebrada del Tigre, donde acampamos.
Comemos deliciosos bifes a la criolla con pan casero y vino tinto, y cuando ya estamos maliciándonos la siesta, de la boca de Dante -el guía- sale la fatídica palabra: trekking. La caminata hasta la cascada de Las Golondrinas vale la pena e incluso la disfrutamos.
Despunta un nuevo día. Mientras avanzamos entre quebradas, nos cruzamos con vecinos que, sobre silleros de montar, elegantes, van de visita a Astica; las mujeres en sus burros llevan flores a la Virgen; otros bajan para abastecerse. Esta especie de "autopista" es la única vía de comunicación que hay entre las pequeñas comunidades y los puestos serranos. Dejamos la Quebrada Honda y trepamos la cuesta del Arco Bola, hacia el santuario de la Virgen del Valle.
Acá aflojamos las cinchas porque la subida es muy brava. Llegamos al puesto de Alcira, parada obligatoria si las hay: sus mates con chinchil (yuyo aromático) y las sopaipillas (tortas fritas) saben a gloria.
Seguimos hasta la cima del Portezuelo Colorado, en las Sierras de Elizondo, que alcanzamos con el sol perdiéndose entre las crestas del oeste. Es noche cerrada cuando nos detenemos en el puesto Chávez; la casa, iluminada a batería, es un brillo tenue en la oscuridad. El agua hierve en unos tachos sobre las brasas; al rato estamos devorando pastas con charqui, el más rico que probé en mi vida. Hoy, ni fogón ni charla. Caemos desmayados. Algunos ni se percatan de que las camas tienen sábanas. Emerson es joven y baquiano.
Sin perder de vista el arreo de los pingos que bajan por una lomada, me habla del recelo que el turismo rural le suscita. Sin embargo no duda en abrirnos su casa y nos muestra su mundo. En él despierto al otro día, tranquila y descansada.
Voy en busca de mi caballo y no lo encuentro. Sí mi montura sobre otro cuadrúpedo: una mula. Oh oh. Admito mi prejuicio, y apenas puedo consolarme con que si el 95% de los lugareños las usan, es por algo.
La "bestia" me separa del grupo a paso rápido y cortón; me pierdo por una huella tortuosa que desaparece o se abre en varios ramales, y llego, sin querer, frente a la abrupta bajada de Sierra de Rivero. Cautelosa, la mula tantea primero con una pata delantera, después la otra, y recién ahí, donde puso aquélla, arrima la trasera. Genial. La piedra va ganando terreno y mi nueva amiga -la difícil bajada bastó para reconciliamos- toma curvas cerradas, frena o acelera. Sin dudar, su instinto la lleva a destino conmigo a cuestas.
Por la tarde llegamos a la comunidad de Sierra de Rivero, cinco casas de adobe con sus huertas, la capilla y una escuela. Mientras arman las carpas, salgo a buscar unos quesillos de cabra y algún vino; no tardo en volver triunfante. El fogón ya está ardiendo, el agua borbotea, el mate inicia su ronda. El hechizo del fuego nos iguala y abre el camino para la conversación, los chistes, la risa.
Es el último día y hay que darle duro hasta la Quebrada de las Vacas. Derrapamos sierra abajo; la vegetación cambia del pasto corto y los molles al monte tupido de arbustos y espinillos.
Emerson me da una clase de lujo sobre hierbas curativas, y me entero de que las ñañas del hígado se curan con té frío de menta peluda, hoja de durazno y azúcar tostada. Que la tos se va con infusión bien caliente de salvia muy dulce. Que contra el dolor de muelas no hay como una decocción amarga de orégano y carqueja; se bebe frío con un poco de pimienta, o se hacen buches porque adormece.
Cuatro horas de traqueteo más tarde, aparece el rancho de doña Elena, bendita visión. Hay casas en la loma sobre la que derrama sombra un inmenso algarrobo. Me fascina este lugar, la disposición inevitable a la que están sujetas las cosas: los elementos de trabajo y los de cocina, los cueros y las matras, los jamones suspendidos y los quesillos al oreo... Todo es tan natural como las empanadas de matambre y mondongo con que iniciamos el almuerzo bajo la parra.
La larga bajada a Astica cierra esta atípica cabalgata. No sólo por los parajes, verdes hasta la coronilla; también por su gente, que no tiene una moneda en el bolsillo pero que genera, orgullosa, sus propios recursos en el lugar de pertenencia. Y así viven, enteros por dentro.
Abiertos a recibir a quien quiera conocerlos en el este inaccesible de San Juan.