Revista LUGARES Nro. 75
Pág. 93-103
Por: Rosana Acquasanta
Fotos: Ariel Gutraich
REVISTA LUGARES
VICTORIA - Entre Ríos
La primera carpa que se vio en Victoria la planté con una amiga hace muuuuuchos años. No voy a relatar ese episodio -que tuvo efectos de gran conmoción- pero sí diré que instalamos campamento en la loma de un campo privado, colindante con los terrenos de la abadía.
Sin saberlo, nos habíamos situado en lo que decididamente fue, y sigue siendo, un pulso vital de esa ciudad. Los victorienses son muy religiosos y a los padres benedictinos se le deben muchas gracias, pero esto también es otra historia.
Volví, después de tanto tiempo, y ahora no sólo hay un camping a pocos metros de aquel primer asentamiento, con terracitas y todo junto al arroyo El Ceibo, sino que hasta el edificio del viejo molino harinero (1873) que entonces era nada, fue reconvertido en bienvenido hospedaje para jóvenes. Victoria tiene sus sorpresas.
Los que llegan desde Buenos Aires tienen la ventaja de transitar una ruta que, amén de estar en buen estado, es atractiva. Después del cruce del puente Zárate-Brazo Largo y de llegar a Ceibas, el recorrido va ganando en belleza.
Y a partir de Gualeguay es impagable, ondulándose en las llamadas cuchillas entrerrianas, mientras a los costados de la ruta, con arboledas cada tanto, se extiende el ilimitado orden de los cultivos. No es una exageración si digo que este camino es uno de los más lindos de Argentina y además es muy evocador de otros parajes, los de la campiña provenzal.
Esta vez no llegué con ánimo de hacer camping en Victoria, pero sí de buscar sosiego en sus estancias. La que más cerca está de la ciudad es El Cerrito, nombre que le confirió la inigualable ubicación del casco. Sobre una elevación verde, donde la fresca sopla puntualmente al atardecer, destaca la casona de principios del siglo pasado, en estilo colonial, con su perímetro de galerías anchas.
Está rodeada de tres hectáreas; en el parque se desparraman árboles y arbustos, y en un claro se dibuja el celeste agua de la pileta. Desde este punto la mirada puede perderse en libertad hasta donde cielo y tierra se juntan por un lado, y por el otro es la meditación del riacho Victoria -vasto preámbulo del Paraná- el que se añade al paisaje.
Así que sólo hay que instalarse a la vera de la piscina, cómodamente desparramado en los bancos que adrede fueron puestos, y suspirar en paz ante tanto remanso de verde y río. Aquí decidí pasar mis días y no me arrepiento en lo más mínimo: tan cerca de Victoria y tan lejana que se antoja.
Mesa y tertulia se comparten, si el huésped no se opone, con los dueños de casa, Alicia A. de Reggiardo y Rubén, su marido. Ambos son dados al trato coloquial y nada más fácil que deshilvanar las horas con relatos y anécdotas de cualquier índole. Alicia tiene puesto parte de su corazón en las botánicas -de ahí las esplendideces circundantes- y en la cocina, donde no faltan los dulces caseros, ni las hortalizas que gusta comprar en la huerta de la abadía, ni las pastas por ella elaboradas.
Claro que si el recién llegado sólo busca soledad y privacidad en extremo, incluso durante las comidas, entonces puede satisfacer su deseo instalándose en la casita de Flores que está junto al molino, la ex vivienda de un puestero de la estancia (llamado Flores), pulcramente acondicionada. Hasta la cocina está equipada como para sentir que de verdad se es dueño del sitio. Cuando Alicia me sugirió esta variable de vivir a mis anchas, agarré viaje enseguida. 
Llegaba el desayuno y yo lo disfrutaba en pantuflas y camisón, un rito que prolongaba, libro en mano y el jugo de naranja, en un recoleto patio de la casita, bajo un manto de bignonias y con vista a las vacas. Después aprontaban el sulky y yo me dejaba llevar por el campo, al trote amable, entre soja y más soja. Por fin, y no sin esfuerzo, me decidía a abandonar este retiro casi espiritual para hacer el obligado reconocimiento de los alrededores.
Justo frente al camino de tierra que conduce a la casa de los Reggiardo, está la entrada al golf, del otro lado de la ruta 11. Una charla distendida con Alejandro Ruiz, su dueño, me ilustró -termo bajo el brazo y mate, que no convidó- sobre el origen del emprendimiento, surgido hace diez años.
Alejandro, locuaz personaje de 41 años, cambió la actividad agrícola de su estancia La Chiquita, de 430 hectáreas, por el golf; destinó una parte a la cancha y el resto lo loteó con miras a convertir el lugar en un country club. El campo de golf está divinamente ubicado en un alto, con una excelente vista, y hasta el presente este club ya lleva capitalizados 53 socios.
La segunda estancia que visité es El Garbón, la que más alejada está de Victoria, a unos 40 km y bien tierra adentro. Llegar no es nada obvio y para no ir a parar a cualquier parte, aconsejo seguir al pie de la letra las instrucciones. Yo descuidé sin querer un detalle y así me fue. No lo lamento de todas formas; anduve por caminos impensados en los que nada encontré, salvo la imagen fugaz de algún zorro, el correteo apretado de los cuises, liebres a la carrera, vida animal en estado puro.
Reina en tan magnífica estancia una mujer que se intuye maravillosa, Ellen Ross, casada con Pancho Calderón. Mujer de campo y fibra si las hay, empezó a recibir hace 20 años, primero con americanos que nada más querían andar a caballo y luego hubo un tropel de gente de todas partes. Correntina descendiente de escoceses, Ellen vivió en San Mateo -una estancia de Chajarí, en el norte de Entre Ríos-, estudió enfermería en el Británico de Buenos Aires y en el Parkland de Dallas (donde murió JFK), y después se casó. El mismo día de la ceremonia se vino para la estancia. "No tuve viaje de bodas", admitió con total naturalidad, "acá había que trabajar lo mismo porque el campo no espera, preparar la comida para los peones, atender la casa, y había que hacer todo a pulmón, no teníamos ni luz eléctrica."
Quién lo diría hoy, viendo en lo que se convirtió la casa. La construyeron alrededor de un antiguo puesto de la estancia Don Andrés, de su suegro, en una propiedad de 700 hectáreas. Además de la producción agrícola, en El Garbón se aplican a la cría de caballos para deporte y de novillos
con "trazabilidad", esto es: compran un animal chico, se le traza la vida hasta que llega al frigorífico, alimentándolo sólo a pasto -y si come grano es del establecimiento, que a su vez tiene que estar libre de pesticidas- para lograr así una carne cien por ciento ecológica.
Es carne de exportación que producen desde hace cuatro años; fue todo un tema encarar esta tarea porque hubo que hacer análisis hasta de agua; los animales no reciben hormonas, ni pueden estar golpeados. Antes este producto especial iba a Holanda y ahora lo mandan a Alemania con la etiqueta de "Estancia San Andrés". Así que el día que ande por los pagos teutones y en un ataque de nostalgia reclame un bife argentino y se encuentre con esta identificación, ya sabrá de dónde procede.
Estábamos a punto de encarar recorrida por el campo cuando aparecieron los negros nubarrones
-¿La camioneta de ustedes es una 4x4? -preguntó Ellen. No -dijimos- es la Hilux de Toyota, una 4x2.
Ellen empalideció. -Entonces váyanse ya mismo, ya ya, porque si se larga a llover antes de que lleguen a la ruta, de acá no salen más. Esa tarde zafamos pero al día siguiente el aguacero nos agarró campo adentro. La tierra arcillosa se convirtió en segundos en un mazacote de barro jabonoso. Hubo eses y patinazos múltiples. Banquina y al demonio. Llovía a cántaros. Nos acordamos de Ellen, pero le dimos con fe y logramos salir aun sin 4x4.
A Las Margaritas, la otra estancia agrícola-ganadera (203 hectáreas) de Victoria donde se propone también hacer vida de campo a tope, fui con intención de decir hola y terminé quedándome horas.
Manena Reggiardo es su propietaria, encargada personalmente de recibir y atender a sus huéspedes. La casa es muy grande, llena de espacios con objetos que no fueron puestos por casualidad, y se nota la mano de Manena, que logró hacer de esta morada un muestrario digno de una revista de decoración.
No hay rincón que no sorprenda por su bien calculada ambientación; las habitaciones, todas distintas, tienen cada una su personalidad.
No le faltan galerías a la casa y lo cierto es que comer ahí afuera es una dicha. Charla va charla viene, con Manena comimos, después se ensillaron caballos para trotar en las cercanías de la casa, y de despedida, no sin antes chequear el punto del dulce de leche que se estaba consolidando en la cocina, nos fuimos a hacer una rápida recorrida por los alrededores a visitar lugareños. Un mundo aparte, fascinante, para explorar con más tiempo.
A la ciudad fui esporádicamente, alguna que otra tarde. La recordaba como es, aunque sin tanto cablerío cruzando de calle a calle, ni esas antiguas casonas señoriales pintadas en chillones violeta o naranja. La plaza San Martín es la que era, con su retreta donde la banda municipal sigue tocando a la hora de ídem jueves y domingo. Alrededor, el palacio municipal de estilo neoclásico (1902) con la fachada bastante venida a menos, la iglesia de Nuestra Señora de Aránzazu (1875), el nombre aparentemente que la villa tuvo en sus orígenes; el club social y otros edificios cuyas arquitecturas -de fuerte impronta italiana- ilustran el pasado de próspera actividad que acá hubo, y que se debió a la producción de cal.
Si le gusta visitar iglesias, entre a la de Victoria y podrá apreciar un interior con paredes engalanadas de frescos que quedaron inexplicablemente inconclusos.
Ahora bien, esta imagen del pasado victoriense no es sino la que corresponde a su segunda fundación, cuando la trazaron dividida en cuatro cuarteles. Hay un quinto cuartel que es, al contrario de lo que se pueda creer, el barrio más antiguo, el que echó piedras fundamentales junto al riacho Victoria, a tiro de las islas. El merodeo, aunque breve, no tiene desperdicio.
Calles de tierra anchísimas y un puñado de casonas inmensas y edificios entre los que no falta ni el banco donde se imprimía moneda propia. La maleza fue ganando las veredas en este otrora promisorio núcleo urbano del que sólo perdura la solidez de piedra, envuelta en un silencio de décadas y musgo.
La villa tampoco se llamó Victoria de entrada. En 1784 ya había una parroquia cristiana (por eso lo del nombre de la Virgen de Aránzazu), y en las primeras décadas del siglo XVIII fue La Matanza. Porque matar mataron. Llegaron colonos españoles de Santa Fe, Buenos Aires y Corrientes para desplazar de estas tierras a sus nativos chanás, charrúas y minuanes; éstos fueron persuadidos a muerte, y salvo unos pocos que lograron escaparse a las islas, los demás se dejaron el pellejo y algunos incluso terminaron como esclavos. De este cruento capítulo pocos parecen tener conocimiento; los habitantes -unos 30 mil- de esta ciudad orillera sólo saben que viven en Victoria, un eufemismo con el que el gobernador Solá reemplazó aquel tremendo nombre, en 1829.
Victoria no es Roma, pero igual se la conoce como la ciudad de las siete colinas. Presume y con razón de una de herrería magnífica que aún señorea en muchas casas de época y aquí sí le pega que se la llame "la ciudad de las rejas". Hay pocos bares acá y ninguno extiende sus fueros a la vereda, pero en cambio lo hacen en la calle, así nomás: delimitan territorio sobre el asfalto y lo llenan de mesitas. Por otra parte, los victorienses siguen cultivando un festejo carnavalero como nunca dejaron de hacerlo, con un corso de disfrazados al viejo estilo suelto por las calles, bien casero. Y se lo pasan bomba.
La costanera arbolada tiene su tránsito de parroquianos haciendo footing o deambulando panchamente, gente mayor que matea y conversa de auto a auto, un saludo por aquí, otro por allá.
El paseo costero lleva hacia el club de pescadores y el puerto del que parten lanchas a Rosario.
Con la conclusión del puente que ya une ambas ciudades, lo que hasta hoy insume horas de travesía de costa a costa del Paraná con lancha colectiva, se reducirá a 45 minutos en auto.
Cerré mi vuelta por Victoria con una aproximación a programa de aventura de la mano de Chulengo Nuñez, veterano en esta labor de asistir a los turistas. Con él probé las bondades del Jeep Gator que acaba de incorporar a su mini flota de cuatriciclos, e hicimos un recorrido por los aguajes del riacho navegando entre interminables extensiones de camalotes en flor. El delta entrerriano da para perderse siglos, así que nos prometimos mutuamente que en un próximo, cercano reencuentro, no perdonaríamos la pesca. Quiero verlo capturar sábalos con el chuzo, arte en el que a Chulengo se lo reconoce imbatible.