Revista LUGARES Nro. 92
Pág. 46 - 50
Por: Rossana Acquasanta
REVISTA LUGARES
VIVIR EN UN VIÑEDO - Mendoza
A 100 km de Mendoza, ciudad y con vista al Cordón del Plata, la Posada Saientein despunta en un orden de viñas y silencio. Salidas a caballo, caminatas sin apuro y horas de plácida nada se enriquecen con sabor a vino excelso.
Sé habían puesto casi todas coloradas. Ardían las hojas de morado o rojo fuego, y las más rezagadas, que ya transitaban el amarillo intenso, eran pura luz bajo el cielo encapotado. Fue en ese instante que dejamos de lamentar el mal tiempo, el paisaje devorado por una bruma plomiza y uniforme impidiéndonos apreciar los matices de su naturaleza áspera.
Desde que habíamos salido de Mendoza ciudad con destino a Tupungato, el rumbo de la conversación se había desviado una y otra vez hacia el factor climático. Ni qué decir cuando nos perdimos de ver Los Cerrillos, uno de los parajes más atractivos del trayecto... Pero fue llegar y los "qué macana el día che", "mirá vos, con todo el sol mendocino que hay y justo hoy...", quedaron aniquilados por el embeleso qué sólo el vegetal es capaz de suscitar en otoño. Mil hojas que eran cada cual una brasita prendida de su rama; y el viñedo entero llameaba.
Habíamos llegado hasta aquí para verlo y vivirlo en el momento perfecto, cuando el follaje exhala su último aliento en un crepúsculo soberbio de colores. A los pocos días, ya se sabe, esa furia de pámpanos se deshoja en una caída lánguida sin rumores, mientras en el corazón de la bodega acontece un tumulto vital de mostos fermentando. Es el milagro que los hombres renuevan en forma de vino, mandato inquebrantable.
La entrada a este dominio vitivinícola se ubica a mil metros de altura y el camino largo que se abre tranqueras adentro, traza una huella en el terreno pedregoso que llega a la precordillera, hasta alcanzar los 1.700 metros. De un tirón, del valle de Uco a la montaña, sin ceder una vara.
Fascinante provocación: a uno se lo dicen y ahí nomás se le despiertan las ganas de unir el llano con las primeras estribaciones andinas sin quitar el pie del acelerador, o a todo galope, o en una caminata interminable... Pero no es tan sencillo. Primero hay que ser ciego para ignorar esta riqueza de viñedos donde arraigan, en una superficie de 350 hectáreas, cepas de uvas Malbec, Cabernet Sauvignon, Syrah, Merlot, Chardonnay...
Cepas que crecen en espaldera y beben la transparencia impoluta del agua de deshielo, sea por goteo sea por melga, esto es, anegando el terreno canalón sí canalón no. El reloj pasa al olvido en compañía del ingeniero agrónomo Marcelo Casazza, caminando por la viña -de un señor que ni se llama Salentein ni le interesa que se lo nombre- y aprender, por ejemplo, que cada una de las variedades anticipa la muerte de sus hojas con una nota de color diferente, única razón de tantos rojos. Y pensar que en primavera todas son iguales de verdes. También aparentan tener la misma forma, y sin embargo, no. Pero éste es otro tema que por ahora quedará guardado, de lo contrario, jamás saldremos del viñedo.
Después, a ver quién se anima a seguir de largo de la posada, si aquí es adonde queríamos llegar justamente. Nada presumida, despojada de cualquier efectismo, aparece en un claro entre arboledas añosas. Acá fue que descubrí unas piñas chatas y redondas, empeñadas en parecerse demasiado a una flor; preciosas las piñitas, así que con el debido permiso de mis anfitriones recogí algunas del suelo, no más llegar, para llevarlas a mi cuarto. Aquí estoy y de aquí no me muevo, me dije.
Porque habitar junto a las viñas y las crestas nevadas del Cordón del Plata más allá del horizonte de álamos, es una bendición. Basta con instalarse en el respiro de la galería, libro en mano, para que la lectura cobre otro significado.
De sobria ambientación, por dentro la posada tiene la virtud de ser lo que parece: una casa de campo comodísima al mango. Nada hay que sobre y mucho menos que falte. Los baños son espaciosos y están bien equipados; las habitaciones tienen buenas y abrigadas camas, lo único importante para coinciliar un sueño que en este remanso mendocino tiende a ser deliciosamente perdurable. Como para no, si las noches derraman quietud.
La chimenea del living convoca al atardecer, porque no hay ser humano capaz de resistir la tregua hipnótica que el fuego propone. La leña crepita y arde, la copa de vino se vacía una y otra vez, la conversación fluye, y el alma levita en un nirvana capaz de disolver cualquier preocupación. A meros pasos, la mesa del comedor puesta a todo mantel propone "el sacrificio" de abandonar los sillones y sentarse cada cual en el lugar que más plazca. Comimos como lo hacen todos los viajeros que hasta este refugio llegan: con gusto a ricos platos caseros que prepara Marita, la mujer de Hugo, quien, además de ser muy atento, esgrime artes de buen panadero.
El vino tinto de la casa no es ninguno de los que comercializa la bodega, sino un coupage especialmente elaborado para servir a los huéspedes. Lamenté no poder comprar una sola botella, porque resulta que ese vino está muy bien. Habrá que volver, no queda otra.
Fueron dos días dichosos en los que no faltaron los paseos por un increíble bosque de castaños, ni la escapada hasta un arroyo claro que fluye por la propiedad, ni la salida a caballo pisando las sombras largas que proyecta una alameda exagerada. Ni, huelga decirlo, la visita a la espectacular bodega, que por dentro tiene forma de cruz. Escenográfico por donde se mire -10 tanques y más tanques de acero inoxidable, barricas de roble francés y americano, una mega sala de degustación, paredes altísimas, una iluminación que sume en estudiada penumbra los beiges y grises dominantes-, este templo del vino deja al que lo visita con la mandíbula por el piso.
Al final de mi tránsito por esta realidad aparte, no tuve más que ponderaciones para todos los que se preocuparon en hacernos la vida tan fácil. El enólogo Laureano Gómez por el apreciable vin de la maison. La joven ingeniera agrónoma Gabriela Zabala Curado por habernos acompañado en el recorrido de la bodega.
El diestro Jesús Córdoba por habernos preparado unos caballos de ley y acompañarnos en la cabalgata. Los encargados Marita y Hugo por las atenciones prodigadas en la casa. Y Caroline Fuller, por ser 10 que no puede dejar de ser: una anfitriona excepcional.
Gracias a ella, el regreso al aeropuerto de Mendoza se consagró con desvío a Tunuyán para almorzar en La Posada del Jamón, restaurante pegado a la ruta donde comer es un rito plagado de excelencias locales. Entre ellas, un pernil serrano (obvio) que el propio dueño, don Cairo, se toma el trabajo de estacionar. Costó un triunfo que el fotógrafo de LUGARES no cargara con uno entero para zampárselo en Buenos Aires.