Revista LUGARES Nro. 91
Pág. 50 - 53
Por: Ana Schlimovich
REVISTA LUGARES
VIZCACHERAS - Entre Ríos.
En pleno litoral entrerriano, entre Santa Elena y La Paz, la costa del río Paraná despliega toda la belleza de sus barrancas y playas doradas, y los campos prolijamente sembrados parecen un muestrario de todos los verdes posibles. El cuadro lo vemos desde el aire, a bordo del Tomahawk de Adolfo (sí, el fotógrafo de LUGARES), un avión biplaza con el que despegamos del aeropuerto de San Fernando para aterrizar, luego de un viaje sin igual, en la pista de Santa Elena.
Teresa Malenchini y Patricia Giustinian nos esperan al lado del hangar, listas para llevamos a Vizcacheras, la estancia que la familia Malenchini compró 25 años atrás. Pero su historia se remonta a un tiempo mucho más lejano. Hay que situarse en el 1900 y partir de la figura de John Lawson Johnston, quien compró el matadero de Santa Elena y miles de hectáreas de campo alrededor -incluida la estancia- para instalar su compañía Bovril Ltd., con sede central en Londres. El proyecto era fabricar un invento de su autoría, el célebre extracto de came Bovril, producto rápidamente reconocido en el mundo entero, marcando un antes y un después en la industria del procesamiento de carne.
Durante años, el frigorífico de Santa Elena proveyó al mercado internacional de corned-beef, extractos y otros productos a base de carne. En 1970, el nieto del fundador, Lord Luke, asiduo visitante de Vizcacheras -su retrato cuelga de la pared, en "la salita de Bovril", como la bautizó Teresa- decidió vender la compañía. Hoy en día, esa marca es famosa entre coleccionistas, quienes llegan a pagar sumas exorbitantes por una lámina auténtica de las campañas publicitarias de aquel entonces. Luego del afectuoso recibimiento de Lucas, el labrador de Teresa, nos acomodamos en nuestras habitaciones con vista al campo ondulado. Una salamandra encendida acompaña el ambiente, que ya es cálido de por sí. No puedo ocultar la alegría al ver las dimensiones de la antigua tina -pintada a mano por Teresa- en el gigantesco baño en suite que me toca en suerte.
Hace apenas un año, la casa fue remodelada para recibir; así es que sumaron baños para que cada una de las cinco habitaciones tenga el suyo. También se construyó un deck en el jardín, debajo de un frondoso e inspirador gomero, ya sea para sentarse a degustar exquisiteces caseras a resguardo del sol, o para celebrar comidas bajo las estrellas a la tenue luz de los farolitos de papel que adornan el árbol. Amplias galerías rodean la casa; hay hamacas, cómodos sillones por doquier, y detalles criollos que conviven armónicamente con el estilo colonial inglés del casco. Nos aguardan con mesa puesta al aire libre, quesos ahumados y paté casero para untar sobre el pan fresco.
Al sol, rodeados de lomadas infinitas, cantos de teros, chincheros y venteveos, nos entregamos al aperitivo. Lucas pone carita irresistible para que le convidemos. Al rato llega desde la cocina el aroma del lomo, acompañado de batatas, ensalada y chutney de ciruela, aderezo inglés de memoria india que es costumbre irrenunciable en la mesa de Vizcacheras. Almorzamos largo y tendido para no violentar el ritmo cadencioso con que el tiempo transcurre en suelo entrerriano.
A la tarde, salimos a caminar por el monte hasta llegar a una de las playas del río Alcaráz, límite natural de la estancia, que luego se junta con el Feliciano para desembocar juntos en el caudaloso Paraná. La arena pálida y el agua cristalina dan ganas de que sea verano. Lucas materializa nuestros deseos y se zambulle en la corriente sin dudar. El paraje, desolado en cualquier estación del año, invita a disfrutar de una siesta debajo de algún chañar o pasar la tarde pescando dorados, pez que abunda entre octubre y abril.
Los curiosos de las actividades ganaderas y agrícolas tienen en esta estancia entretenimiento para rato, y los inquietos disponen de dos mil hectáreas para patear a gusto, con posibilidades de encontrar carpinchos, vizcachas -por supuesto-, ciervos, garzas, cigüeñas, y hasta boas y yacarés, aunque estos últimos sólo en los criaderos que montaron a lo largo del camino de entrada al campo. Cabalgar es otro placer aconsejable. Los caballos, todos de la zona, domados sin violencia, saben andar suave o con un ligero galope amortiguado por la blandura de la tierra. La noche cae temprano y la mesa del comedor principal está vestida de lujo para la cena. La leña cruje en el hogar.
Llegan humeantes unos platos de sopa Bovril -verduras y extracto de came- deliciosa. Tanto, que decidimos abrir uno de los frascos de esa síntesis vacuna -que ahora se importan de Inglaterra- para desparramar sobre el pan. Crépes de espinaca con salsa de hongos y un flan de naranja completan la velada, y una sobremesa de lo más charlada se extiende hasta una hora que decidimos no verificar.
En Vizcacheras se confirma que el tiempo es relativo, y el único apuro puede consistir en meterse en la bañera, a tope de espuma y agua bien caliente, antes de dejarse envolver con urgencia por la suavidad de las sábanas y el acolchado de piel de guanaco.